Julia Navajo y su sueño americano

Julia Navajo, en la pista de El Sotillo donde empezó a jugar al tenis. /Antonio Tanarro
Julia Navajo, en la pista de El Sotillo donde empezó a jugar al tenis. / Antonio Tanarro

La tenista, que brilló en la adolescencia y se marchó becada a jugar en las universidades de EE UU, relata su experiencia

LUIS JAVIER GONZÁLEZSegovia

Julia Navajo Meléndez llegó al mundo en el tiempo de descuento, el 31 de diciembre de 1997. La tenista que jamás ha roto una raqueta ha lidiado con ese hándicap, siempre compitiendo ante gente mayor que ella. Y remando contra la hegemonía de los chicos, que copaban los premios mientras ellas se iban con las manos vacías. Quizás en otras circunstancias Julia habría sido tenista profesional, pero su decisión no fue vivir para el tenis sino valerse del tenis para vivir. Ha sido su pasaporte a una aventura privilegiada por las universidades de EE UU, con un grupo multicultural y la competición como filosofía. Y un consejo de veterana: «Lo mejor que pude hacer es salir de mi zona de confort».

Cogió su primera raqueta con cuatro años. «A mi madre le gustaba el tenis. Recuerdo jugar con ella sin dar prácticamente a la bola. Yo quería fútbol, pero no me apuntaba porque decía que era un deporte de chicos». Y fútbol fue . Se destapó como delantera de nivel en un equipo mixto hasta que llegó la edad en que la normativa obligaba a formar uno de chicas, que no había. Así que colgó las botas. «No me sentó mal porque estaba acostumbrada y sabía que iba a pasar». La descubrió entonces su entrenador de toda la vida, Iñaki Manzanas, que la incluyó en un grupo con su hermano, tres años mayor que ella, y otros dos chicos. «Lo que más me gustaba era ser la más pequeña y ganar a los mayores. Siempre con chicos. Y me encantaba picarles». Se pasó un verano entrenando en una pista de El Sotillo y su preparador dio la noticia: «Esta chica puede competir».

Con 12 años jugó su primer torneo, en Madrona, y quedó segunda. Venció en su debut a Fuencisla Sombría (6-4) limitándose a no arriesgar. Y se clasificó para su primer autonómico, donde fue vapuleada por Helena Rodríguez, su némesis adolescente hasta que logró derrotarla. «Ya en el instituto entrenaba cuatro o cinco días a la semana un par de horas. Lo que peor llevaba era viajar porque perdía casi seis horas». Cuando jugó su primer partido en tierra, resbalaba cual pato. «Era gracioso, pero también era decir, estoy haciendo un poco el ridículo», sonríe. Siendo cadete jugaba torneos absolutos contra gente de más de 20 años y se proclamó campeona de Castilla y León junior en 2015. Cuando Adrian Mannarino buscó alguien para entrenar en semifinales de El Espinar, le pusieron a la Julia cadete. Y cuando se metió en la final, pidió repetir compañera.

Entonces llegó el techo de cristal. «Yo empecé a notar muy poco apoyo entre los 16 y los 18 años, que es cuando la mayoría se va. Torneos en los que chicos y chicas juegan lo mismo; premio metálico para ellos y una mierda para ellas. Había torneos donde daban 3.000 euros para premios y deciden repartirlo en categoría masculina. Y eso ha pasado en Segovia. Las escuelas de tenis, con grupos del mismo nivel, apoyaban más a los chicos. Eso quema mucho». Así que con 17 años lo que parecía un cuento chino se hizo real. «Entrenaba muy poco, centrada en Selectividad, y fue en uno de los últimos torneos. Un señor me dijo, ¿no te vas a EE UU? Yo no me creía que te lo pagaran todo, algo malo tenía que tener. Y me convenció mi madre». Lo prepararon a toda prisa y aprobó por los pelos los exámenes de inglés. Una empresa intermediaria le ofreció ir a St. Nicholls, una universidad de Louisiana a 30 minutos de Nueva Orleáns. Reservó el vuelo dos días antes de partir.

Tras un año allí, se fue a Texas State, en la ciudad de San Marcos, cerca de Austin, la capital del estado. «Es como la Segovia tejana», compara. «En España, las primeras rondas eran facilitas, pero allí son las mejores chicas de cada país. Lo que más noté fue la mentalidad de no rendirse nunca. Al final es lo más difícil, en el tenis un 85% cabeza. Y te lo inculcan mucho porque la universidad te está pagando todo. Si no estás al cien por cien te dan un toque y casa. Esto mucha gente no lo entiende, pero para sacar un alto rendimiento de un jugador hay que meterle presión. No es deporte escolar». Cuando Julia emigró, estaba en torno al número 90 del ranking nacional y calcula que solo el top-10 vivía del tenis. «Las chichas que estábamos entre el 30 y el 100 nos hemos ido a EE UU».

Está en un equipo con ocho chicas de Colombia, Bolivia, Ecuador, Inglaterra y Singapur. Ha jugado ante universidades de Miami, Nueva York o California. «Al final todas estamos en la misma situación y es como una familia». El primer trimestre son partidos individuales; el segundo es en equipo al mejor de siete partidos y juegan seis; Julia siempre ha sido titular. Rechaza ser profesional pero quiere que su vida siga dialogando con la red. «Me gustaría ser entrenadora, sacar a alguien de competición, por lo que he vivido yo. O ser asistente universitaria, enseñar mentalidad a la gente». Y seguir en EE UU, aunque eche de menos la paella de su madre.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos