Esos locos del balón ovalado

Sabido es que el rugby tiene tanto de deporte como filosofía vital, y Pucela es el abanderado de una manera de entender la vida

Esos locos del balón ovalado
VICENTE ÁLVAREZ

Corría el año 1995. Mundial de Rugby en Sudáfrica. Todo el mundo recuerda a Nelson Mandela alzando los brazos mientras François Pienaar recibía la copa de campeones. Fue el año en que el añorado Madiba consiguió que el rugby, un deporte que simbolizaba en Sudafrica la supremacía blanca, uniera a toda la población. Clint Eastwood, en «Invictus», narró el milagro de aquel cuento real en el que el rugby ayudó decisivamente a olvidar el racismo. «Yo soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma», tal y como rezaba el poema de William Ernest Henley que sirvió de inspiración a Mandela durante su encarcelamiento y que se convirtió en el padrenuestro de apoyo a los Springboks para alzarse con el título. Lo que uno recuerda más de aquel mundial, sin embargo, es la deslumbrante irrupción de la primera gran estrella mediática del rugby, la aparición estelar de un alma inconquistable, de un auténtico portento de la naturaleza. Jonah Lomu, con apenas 20 años, se convirtió en aquel momento y ya para siempre en la imagen de un deporte único. Una incontestable leyenda que contribuyó decisivamente al despegue profesional del rugby. Los que tuvimos ocasión de verle nunca olvidaremos sus portentosos ensayos. Los que le conocieron, hablan de un tipo entrañable y, a pesar de ser una estrella, la primera gran superestrella del rugby, todo el mundo coincide en destacar su personalidad cercana y humilde. El puma Diego Albanese cuenta que tras un partido se le aproximó y le dijo: «Buen partido, Diego». Albanese no daba crédito. Era la estrella quien se acercaba a él, ¡quien conocía incluso su nombre! El puma recuerda que antes de los partidos siempre tenían el dilema de cómo pararlo: «Si íbamos abajo, él podía saltarnos; si lo buscábamos en la cintura, él topeteaba, y si intentábamos arriba, el riesgo era un hand-off que nos desplazara cinco metros. La técnica no contaba tanto, porque él pasaba por arriba. Yo trataba de anticiparme, o bajar la cabeza e inmolarme. Quería que por lo menos se tropezara». Pero ni siquiera así. Ni haciéndole tropezar le podían parar. ¿Cómo hacerlo ante un tipo de casi dos metros, 120 kilos de peso y que era capaz de correr los 100 metros en 10.8 segundos? ¿Cómo parar a una locomotora humana? ¿Cómo detener a alguien con la fuerza de un oso y la velocidad de un guepardo? Desgraciadamente, la eclosión del mito fue fugaz. Lo que nadie había podido hacer, detener al big man, lo hizo una extraña enfermedad genética que le obligó a retirarse prematuramente. Tuvo que someterse a un trasplante de riñón y aunque pudo haber tenido trato de favor (el rugby en Nueva Zelanda es más que una religión) se negó a ello. Entró en la lista de espera y finalmente fue operado. Los médicos le comunicaron que seguramente no volvería a caminar pero Lomu se sobrepuso a ello y llegó incluso a regresar a las canchas, aunque ya nunca volvió a ser el mismo. Se dedicó a pasear su estrella por todo el mundo, a dar charlas a los más pequeños, a inculcar el amor por el rugby y a enseñar cómo realizar el tradicional haka neozelandés. Su cuerpo, finalmente, rechazó el trasplante en 2011 y acabó falleciendo a los 40 años, dejándonos la estela gloriosa y memorable de un deportista único, alguien que de haber nacido en otra época habría protagonizado centenares de poemas épicos.

De la leyenda a los recuerdos

En Pucela tenemos nuestros particulares locos del balón ovalado, nuestras pequeñas estrellas, nuestros modestos poemas épicos. Por eso a uno, con la final de la Liga Heineken entre los dos equipos vallisoletanos, el VRAC Quesos Entrepinares y el SilverStorm El Salvador, le asaltan de repente un sinfín de recuerdos:

Me acuerdo de un equipo imbatible, del primer título, del comienzo del sueño del rugby en Valladolid, me acuerdo de Lavín, de Pirulo Álvarez, de los Candau, de Mazariegos, de Carlos de la Viuda y de los argentinos Marcos Baeck y Marcelo Mascaro. Me acuerdo del frío de Pepe Rojo. Me acuerdo de que gracias al rugby muchos hemos puesto en el mapa a Fiyi, a Tonga o a Samoa. Me acuerdo de las meriendas en los descansos de los partidos, de los cachis, del tercer tiempo. Me acuerdo de que en las fiestas de carnaval muchos niños disfrazados saltaban al campo y se fotografiaban con sus ídolos. Me acuerdo de una fotografía de un pequeño Batman sin dientes junto a Alberto Reiriz. Me acuerdo de una tangana y de la gente gritándole al árbitro («Árbitro, ¿no has visto nada?») y el árbitro contestando en voz alta «algo he oído«, ante el cachondeo generalizado. Me acuerdo de las madres de los jugadores animando en las gradas del Pepe Rojo con auténtica pasión y en esas mismas gradas al Canas dando consignas voz en grito. Me acuerdo del silencio respetuoso en los golpes de castigo, del ruido del choque en la melé, de algún que otro dedo dislocado y de muchas cabezas vendadas a lo D'Annunzio. Me acuerdo del Newcastle Falcons y de los Harlequins jugando en Pepe Rojo en un fin de semana mítico. Me acuerdo de un buen puñado de anécdotas que corrían por las gradas de Pepe Rojo, como aquella que hablaba de la llegada del autobús del Ciencias de Sevilla una gélida noche de invierno con niebla cerrada, y de uno de los jugadores sevillanos bajando muerto de frío y preguntando a un tipo: «Oiga, ¿pero aquí vive gente?»; o aquella otra famosa anécdota con un jugador dirigiéndose al árbitro antes de sacar una touche («Señor, ¿puedo cambiar de balón? Es que este tiene vaselina») y al talonador respondiendo: «Sí, mejor cámbiaselo, que le trae malos recuerdos». Me acuerdo, en fin, del estadio Zorrilla lleno con 26.000 personas (Borbón incluido) en la Final de la Copa del Rey de Rugby 2016 y de ningún alma moviéndose del asiento mientras caía sobre nosotros una lluvia torrencial. Aquel día Valladolid honró al rugby y dio una lección ante toda España. Los jugadores del Chami y los del Quesos dando ejemplo y abriendo una vía impensable en el mundo del rugby español. Sin ir más lejos, este mismo mes, se han disputado en Bilbao, en el legendario San Mamés, la Challenge Cup y la Champions Cup, con la asistencia de cien mil aficionados. Hasta 120.000 litros de cerveza se bebieron ese fin de semana y no hubo ningún problema, ningún altercado. La gente del rugby es de otra pasta. El rugby no sólo es un deporte. El rugby es una filosofía vital. Es una religión. Una forma de entender la vida con normas no escritas que funcionan como las tablas de Moisés. Así, la tradición de que el equipo ganador haga el pasillo y aplauda al perdedor antes de que los derrotados hagan lo propio con los vencedores; o la fiesta de hermanamiento del tercer tiempo en la que el equipo local agasaja al visitante y a los árbitros con comida y cerveza. Pero, por encima de todo, la sagrada máxima del respeto. El respeto a uno mismo, a las reglas, al árbitro, a los rivales, a la afición. Por eso es difícil ver a algún jugador fingir una lesión, intentar engañar al árbitro o protestar sus decisiones. Cuando un jugador se dispone a patear a palos el silencio es total en el estadio y si a alguien se le ocurre amagar un simple silbido inmediatamente es acallado. No hace mucho, la organización del mundial sugirió separar a las aficiones en los estadios por motivos de seguridad. Aquello se consideró poco menos que un insulto pues no se puede dudar de la buena conducta de los aficionados al rugby. Así que con todas estas máximas de la liturgia del oval, estamos listos para ser testigos, una vez más, de un acontecimiento único en Pucela. Lo haremos con Alhambra Nievas, la mejor árbitro del mundo, y otra vez con los escoceses y los chamizos enfrentados en el campo de batalla para dilucidar quién gana finalmente la Liga de Rugby. Será, sin duda, una memorable fiesta protagonizada por esos locos pucelanos del balón ovalado. En todos los deportes, Madrid y Barcelona acaparan los focos. En el rugby tenemos la suerte de que Valladolid ostenta el trono. Y lo hacemos no solo con un equipo. El rugby español se escribe desde hace años con dos nombres. Y los dos son vallisoletanos. Algo, desde luego, que debería enorgullecernos y que deberíamos enarbolar con alborozo. Con la cabeza ensangrentada pero erguida, sin miedo ante los años amenazantes, con el alma inconquistable por bandolera, los amos de nuestro destino, los capitanes de nuestras almas.

 

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