Baloncesto femenino

En nombre de todas las pioneras

Carmen Fraile posa en el pabellón del Filipenses. /Antonio Quintero
Carmen Fraile posa en el pabellón del Filipenses. / Antonio Quintero

Carmen Fraile vivió el despertar del baloncesto femenino en España y dio el salto desde el Filipenses hasta la selección

LÍA Z. LORENZOPalencia

Antes de que los americanos revolucionaran para siempre el juego europeo en los 80, España vivió una transformación mucho más importante, la del nacimiento del baloncesto femenino en los 70. Y Palencia jugó un papel destacado en aquella historia gracias a Carmen Fraile 'Carmenchu', una de las pioneras que construyó el exitoso presente de la selección nacional. La palentina jugó en equipos como el RC Celta de Vigo, el Mataró, el Íntima, el Comansi, el Betania, el Sabor d´Abans o el Caixa Tarragona para ganar ligas, enfrentarse a las mejores jugadoras europeas de la época y vestir hasta en 42 ocasiones la camiseta de una selección femenina que empezaba a desperezarse. Pero sobre todo para crear los pilares sobre los que hoy se sustentan las medallas internacionales del baloncesto nacional. Ahora que es normal ver a la selección ganar una y otra vez y que las jugadoras españolas acaparan portadas a los dos lados del charco, es el momento de recordar a las pioneras que lo empezaron todo en unos años en los que el baloncesto se despertaba en España.

«Eran los 70 y vivíamos los inicios del baloncesto femenino. En Palencia apenas se conocía este deporte hasta que llegó la Madre Dolores, una monja con una gran afición. Fue ella la que consiguió que se formara el primer equipo femenino en el Filipenses. Ella venía de colegios madrileños donde las chicas sí que jugaban y sentía pasión por el baloncesto. Así que contrató a un entrenador, Álvarez Tarradillos, y ahí empezó todo. Yo era muy alta para la época y enseguida me convencieron para que me apuntara al equipo. Fuimos el primer club femenino en Palencia», recuerda una Carmenchu que a sus 63 años presume de un físico envidiable. Su manera de andar dentro y fuera de la pista dejan destellos de la jugadora que fue, una interior reconvertida en alero que no se imaginaba cómo iba a cambiar su vida cuando solo tenía 16 años.

«Mi familia era de Vigo y todos los veranos pasábamos un mes allí y yo no tenía nada que hacer. Con 16 años me aburría muchísimo hasta que un tío mío me dijo que me presentara a los entrenamientos del Celta femenino para entrenar con ellas. Ni corta ni perezosa, me fui para allá y estuve con ellas todo el mes. Cuando me iba a ir, el entrenador me dijo que quería hablar con mis padres y el resto es historia. De repente me vi jugando en Primera y en Europa con las mejores jugadoras del continente», recuerda la palentina que ahora disfruta en Cervera de Pisuerga, localidad en la que nacieron sus padres. Carmenchu jugó en Vigo con algunas de las jugadoras que forman parte de la historia del baloncesto nacional, como Maribel Lozano y Susana García. Y desde tierras gallegas llegó su gran salto, la selección.

Internacional

«También intervino la casualidad. Fuimos a jugar a Barcelona y vino el seleccionador a vernos, que entonces era José María Solá. Todas mis compañeras se pusieron nerviosas y yo como soy muy tranquila fui la que más destaqué. Muchas veces el éxito consiste en estar en el sitio adecuado. Al acabar el partido ya me dijeron que me iba a llamar para la selección júnior porque entonces yo solo tenía 17 años. Y así empezó mi aventura con el equipo nacional», rememora Carmenchu, que estaba a punto de ser protagonista en el primer Europeo que jugó la selección.

«Fue en 1974 y aquello era otro mundo. Veo a las jugadoras de ahora, que han quedado campeonas y recuerdo todo lo que vivimos nosotras, la superioridad de la URSS, que era un equipo increíble. Siento que nosotras empezamos todo lo que está pasando ahora. Tuvimos muy poco que hacer porque la diferencia física era impresionante, nos sacaban varias cabezas y su envergadura era espectacular. Pero peleamos todos los partidos». Ya entonces la selección contaba con ese factor extra, ese plus que ahora ha llevado a España a querer mirar cara a cara a EEUU. Entonces empezaron los viajes por Europa junto a los chicos. Se alojaban en los mejores hoteles y viajaban siempre en avión. Pero había una diferencia. «A nosotras no nos pagaban nada por jugar. A veces íbamos con ellos en las concentraciones y ellos cobraban dietas por cada día que estaban allí y nosotras no. Se entendía que a nosotras no nos correspondía», afirma Carmenchu, que también recuerda cuando dio un paso adelante para que eso cambiara. «Jugaba en el Tortosa y estaba pensando en retirarme así que decidí que era el momento de plantarme. Les dije 'o me pagáis o no juego'. Aceptaron enseguida y fue cuando dije 'tenía que haberlo pedido antes'. A partir de ahí lo demandaron todas y ahora las chicas pueden vivir del baloncesto». Ella pertenece a una generación que tuvo que renunciar a su vida privada para poder jugar a cambio de nada. Su vida se resumía en estudiar, trabajar, entrenar y viajar los fines de semana. «Vivíamos una locura. Trabajábamos todo el día, luego entrenábamos de 21:00 a 23:00 y llegábamos agotadas a casa. Tuve que renunciar al Europeo porque necesitaba descansar. No tiene que ver nada con el baloncesto femenino de ahora, mucho más profesional». Esa es la palabra clave que aparece de forma periódica en la boca de Carmen Fraile, el salto que supuso para las mujeres saber que iban a cobrar por su trabajo, la pelea porque su deporte se acercara al de los hombres. «Cuando yo empecé a jugar con el Celta se televisaban partidos de liga y de la selección en La 2. El baloncesto masculino estaba ganando aficionados en toda España y eso nos empujó a nosotras, aunque siempre un poco por detrás». Una atención que ha ido en aumento en los últimos años.

Evolución

«Ese cambio lo viví yo. El seleccionador nacional me fichó para el Mataró y me convenció para que empezara INEF en Barcelona. Era el año 1975 y allí estaban a años luz en el mundo del deporte femenino. Dábamos los primeros pasos para que el deporte se profesionalizara. Soy consciente de que es muy complicado que superemos al baloncesto masculino, pero cuando veo al equipo nacional y todo lo que consiguen sé que estamos un poco más cerca».

Ella sabe de lo que habla. Renunció a su vida privada para que el deporte creciera y sabe lo importante que es que las mujeres puedan vivir del baloncesto. «Si algo es una profesión, te lo tomas en serio. Ahora ves a las jugadoras y es increíble el físico que tienen. Se cuidan y han crecido enormemente en los últimos años. En el mundo del deporte, cuando mejoras físicamente lo hace tu técnica y tu lanzamiento. Recuerdo que hace algunos años nos llamaron de Vigo para que fuéramos a jugar una exhibición con la selección femenina que estaba allí concentrada. Yo aluciné. Ellas pertenecen a otra generación, están muy preparadas. No dejaban de correr ni de saltar, no podíamos seguirlas», asegura Carmen mientras deja escapar una risa entrecortada. La experiencia que acumuló en sus años como jugadora le han dejado una opinión muy clara sobre cómo deben manejar las mujeres su futuro deportivo. «Tienen que irse a equipos grandes, que les ofrezcan la oportunidad de crecer. A veces te dicen que te marchas y abandonas el equipo en el que has crecido, pero es lo que tienes que hacer. Ahora veo que las chicas se van a EEUU a buscarse la vida. Y me siento orgullosa». Orgullo intergeneracional de una exjugadora ante los éxitos de las deportistas de hoy. «Creo que un equipo como el Filipenses debería ser cantera, formar a chicas para luego dejar que se vayan a equipos mejores», analiza. Y tras los éxitos deportivos llegó la hora de tomar la temida decisión, la retirada. «Cuando lo dejé estuve de preparadora física del Tortosa. Y ese año ganamos la liga. Me costó despedirme de ese mundo, pero tuve que dejarlo porque ya estaba muy cansada de no descansar, de viajar todos los fines de semana y trabajar entre semana. Estuve de profesora del INEF en León y crearon un equipo universitario y me liaron para que jugara con las alumnas la Liga Universitaria. Fue una experiencia muy enriquecedora». Aquella fue su última experiencia en las pistas. Luego llegó la vida. La palentina siguió un camino que la ha llevado a Cervera de Pisuerga, de regreso a sus orígenes. Ella y toda su generación escribieron la historia del baloncesto femenino para que ahora otras ganen en su nombre y en el de todas las pioneras.