Una emigrante de la generación Z

Elisa Martínez posa en la parte baja del Postigo, junto al Acueducto de Segovia./Óscar Costa
Elisa Martínez posa en la parte baja del Postigo, junto al Acueducto de Segovia. / Óscar Costa

Elisa Martínez arrancó en baloncesto con chicos y afronta su segundo año en Liga Femenina 2 con el León

Luis Javier González
LUIS JAVIER GONZÁLEZSegovia

En sus inicios, Elisa Martínez tenía un vestuario para ella sola porque era la única chica de su equipo en el Basket 34. Sin ella, sería masculino, no mixto. Un verso libre con el que sus compañeros no rimaban, hasta que su entrenadora, Alicia Alonso, hacia sonar su pito: «Esta es Elisa, no es nueva, la podéis pasar el balón. No hace falta que se ponga unas luces». A sus 19 años, es embajadora de la generación Z –los nacidos a partir del año 2000– del baloncesto segoviano; una pequeña emigrante que se ha curtido en Valladolid y que busca con humildad su hueco en la categoría de plata con el Aros-Patatas Hijolusa de León. Es el reto de una chica acostumbrada a las barreras, incluso de los padres de otros chicos, por ser la «marimacho» del patio. «De pequeña me daban 'caldo', sí que me insultaban alguna vez en los partidos. Esa gente sobra en los pabellones».

Elisa se inició en el baloncesto como comparsa de su hermano Néstor, cuatro años mayor. «Él hacia un deporte y yo le seguía. Igual sacábamos una cuerda y jugábamos a la raqueta, al baloncesto o al fútbol. En mi calle jugaban todos los vecinos, pero yo salía a hacer lo que hacía él. ¡Ha tenido mucha paciencia conmigo!» Sus primeras canastas fueron las del colegio Elena Fortún y el Frontón Segovia. Empezó en 'babys' y le gustaba hacer mates. Su abuela le regaló una pulsera, con la fecha de su cumpleaños grabada; llegó el día en que el vaticinio de su madre se cumplió y la destrozó tras un mate. «Allí estuvimos buscando los cachos después del partido».

Rumbo a Pucela

Como la física la alejó del aro, Elisa se convirtió con los años en una escolta tiradora. Jugaba en equipos mixtos, pero era la única chica hasta que llegó una segunda a los 11 años. «No te la pasan mucho, pero se va haciendo uno. Yo estaba a gusto, tenía mi vestuario para mí sola, y cuando me llegaba el balón me buscaba la vida». Hiperactiva, volvía a casa tras entrenar una hora y se iba a jugar con los vecinos.

En su segundo año de infantil –cursaba segundo de ESO– le surgió la opción de ir a Ponce, una de las mejores canteras femeninas de España. Ya jugaba en un equipo femenino y el nivel no era muy allá. Fue Alicia Alonso, que había jugado allí, quien le empujó. Recuerda el viaje antes de la primera prueba, con sus padres. «Iba nerviosísima... ¡que no me van a coger». Superado el primer entrenamiento, le dijeron que volviera al lunes siguiente. Iba y volvía tres días a la semana en tren –unos 90 euros semanales– y activaba todo un protocolo: su madre la dejaba en la estación, otro familiar le recogía en Valladolid y su entrenador la llevaba en moto tras el entrenamiento para que le diera tiempo a coger el tren de vuelta.

Al año siguiente, con 14 años, se fue allí a vivir. «Eso sí que te hace madurar mucho». Los resultados acompañaban: Ponce ganó el Campeonato de España y la selección regional fue tercera. Cuando le dieron la beca para la residencia, no tuvo dudas. «Nada más saberlo dije, 'sí sí, yo voy'. Le costó bastante más a mi madre que a mí. Yo lo dejé todo por ir a jugar allí». Tenía un tutor del equipo, pero le costó buscarse la vida. «Con esa edad tampoco estás espabilada para buscar pabellones en Google Maps. Así que nada, pedía ayuda a los autobuseros». En el centro de alto rendimiento Rio Esgueva convivía con un centenar de deportistas de atletismo, tiro con arco, natación o fútbol de todas la región.

Compaginar la canasta con lo estudios no siempre fue fácil, con viajes a Galicia o Cataluña mientras cursaba primero de Bachillerato. Debutó en Liga Femenina 2 en su primer año junior, con 16 años. Fue ante Sant Adrià; con el partido perdido, dijeron su nombre. «Me vinieron los calores... Quedaba muy poco, me acuerdo de estar botando el balón por el medio del campo». La transición de una júnior a un primer equipo es compleja. «Éramos niñas jugando contra mujeres. Es otro cuerpo, otra intensidad. Te da un poco de miedo al principio». ¿Cómo se supera? «Con mucho contacto». Había seis júniors que jugaban lo justo pero completaban entrenamientos. «Es complicado jugar a mi edad, imagínate con 16 años».

Un tobillo mal curado

Fue la propia Elisa la que buscó el teléfono de la entrenadora del Aros leonés para presentarse porque quería estudiar Ciencia y Tecnología de los Alimentos allí. La segoviana se consolidó en la rotación de un equipo que ha disputado la fase de ascenso a la máxima categoría gracias a un bloque joven, descarado y talentoso. Su temporada se vio frenada por un esguince de tobillo mal curado del que se está recuperando ahora. «Jugaba con dolor, me lo seguía torciendo... Ya me tuve que poner una tobillera para la fase de ascenso». Fue en Tenerife, con ocho equipos en busca de dos plazas. «Como nos eliminaron, pues de vacaciones», sonríe. «Playa, piscina... lo que pillamos». La convivencia es muy buena tanto en el equipo –varias comparten piso– como en la categoría. Por ejemplo, en la integración LGTBI ganan claramente a los hombres. «Es mucho más natural, lo comprendemos más. Estamos más adelantadas de mente. En el masculino, si sale alguien del armario, está mal visto».

La segoviana pone en valor la creciente consideración social del baloncesto femenino con éxitos como el oro en el último Europeo. «Cada vez se va teniendo más en cuenta en todas las ciudades. Queda mucho por hacer, los salarios de Segunda femenina y masculina no tienen nada que ver». Su diagnóstico sobre el baloncesto segoviano no es falta de efectivos. Acudió el mes pasado en Valverde a una jornada de tecnificación. «Hay muchos niños, lo que falta es nivel en el baloncesto base para entrenarles. Muchos no aprenden a botar bien, entrar a canasta...»

Ella repetirá este año en León con los estudios como prioridad. «El baloncesto no me va a dar para vivir, pero no sé si podría dejarlo». Desde la simple desconexión. «En Bachillerato me permitía soltar toda esa presión que nos metían». Ya no corre tras su hermano, pero ven vídeos de Stephen Curry. Sigue el vínculo fraternal.