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Bertrand Sourdais defiende los rosados históricos elaborados con selección de uvas tintas y blancas

Beltrand Sourdais y Miguel Ángel Benito, director del III Congreso Internacional de Rosados. /EL NORTE
Beltrand Sourdais y Miguel Ángel Benito, director del III Congreso Internacional de Rosados. / EL NORTE

El tercer Congreso Internacional de Rosados arranca en Fuensaldaña

Nieves Caballero
NIEVES CABALLEROFuensaldaña (Valladolid)

Si muchos de los que elaboran ahora rosados buscan emular a los vinos provenzales más tecnológicos y modernos, deberían escuchar los mensajes del bodeguero francés Bertrand Sourdais. El autor de vinos como Roselito y Le Rosé, algunos de los más cotizados en el mercado, se encargó de inaugurar el tercer Congreso Internacional de Rosados en Fuensaldaña, donde defendió «una agricultura inspirada en la sensatez, el sentido común y la experiencia» para elaborar claretes como los mejores cru franceses. «Los 6.000 años de viticultura y enología no se pueden echar por tierra», afirmó antes de rechazar «una agricultura científica de los últimos 50 años, que está dominada por el dinero».

Desde su punto de vista, la tan denostada mezcla de uvas es precisamente la panacea, eso sí hay que elegir las variedades adecuadas. Así, abogó por la fusión y el matrimonio entre las castas tinta tempranillo y la blanca albillo para denominaciones de origen como Ribera del Duero y Cigales. Esas son las variedades que utiliza el francés en su bodega Antídoto, de San Esteban de Gormaz (Soria), para producir sus valorados vinos rosados. «Un viñedo mezclado de 100 años que se ha ido perfeccionando con los años» es la mejor opción para Sourdais, por lo que «hay que proteger las viñas viejas, no hay que arrancar ni una sola cepa, porque es nuestro capital genético». En este sentido, afirmó que «en Francia nos hemos cargado el viñedo, solo tenemos tres clones».

Bertrand Sourdais explicó que para elaborar sus vinos gran cru buscó en Ribera del Duero suelos calcáreos y los diseñó desde el viñedo. El objetivo era producir vinos equilibrados entre la acidez y el azúcar, sin confundir con la falta de madurez. Quería poco color, como en Provenza, por lo que optó para sus rosados Roselito de mezclar el 70% de tempranillo o tinto fino y 30% de albillo y sus rosados Le Rosé con el 50% de tinto fino y el 50% de albillo, que fermenta en barrica de roble francés. Los primeros se venden a 10 euros y los segundos a 55 euros.

Tras la cata de sus vinos, el enólogo y bodeguero se mostró convencido de que «el vino rosado es una gran vía para ganar la confianza del consumidor y ganar mercados entre los jóvenes y el resto de la población». Eso sí, advirtió que hoy en día uno de los frenos a la hora del consumo de vino está en la necesidad de rebajar el grado alcohólico.