Horas de júbilo, tiempo en serie

Kit Harington y Emilia Clarke, en 'Juego de tronos'. /El Norte
Kit Harington y Emilia Clarke, en 'Juego de tronos'. / El Norte

Las nuevas ficciones televisivas y de las plataformas digitales consumen nuestro ocio y condicionan nuestra relación con la cultura narrativa: son breves, cómodas y de calidad

Samuel Regueira
SAMUEL REGUEIRAValladolid

Que el consumo de series televisivas sea ahora la principal fuente de ocio o de socialización para un rango de edad generoso con la cultura audiovisual es algo fuera de todo debate. Las maneras en las que ha llegado a consolidarse lo que antes era un entretenimiento, un producto de la 'caja tonta' que se proyectaba un día concreto en una franja determinada y hoy ha llegado a condicionar las conversaciones, las percepciones sociales de diferentes grupos y tendencias o los contenidos informativos resulta ya objeto de análisis, estudios y encuestas de toda laya, que llegan incluso a preguntarse si esta sobreabundancia de oferta (y una demanda no mucho más inferior) puede conseguir acabar con el cine o con las librerías. En otras palabras, que nuestra relación con las ficciones como forma de cultura no se entienda, de aquí a unos años, sin términos como 'temporada', 'procedimental', 'episodio botella', 'spoiler' o 'cliffhanger'.

Toneladas de páginas y larguísimos vídeos en Internet se han ido acumulando, agolpándose y entorpeciéndose para esforzarse por explicar atropelladamente uno de los fenómenos más representativos de los últimos veinte años: las series. Uno de los más certeros ha sido Daniel Tubau en 'El guion del siglo XXI', que identifica el derribo de tabúes no solo en la superficie de los argumentos, que no escatiman en sexo y violencia en determinadas producciones, también a niveles meramente narrativos que ponen en cuestión los otrora incontestables dogmas del 'viaje del héroe' de Campbell o la estructura convencional en tres actos.

En el plano más teórico parece razonable; sin embargo, ¿realmente nos condicionan tanto estos nuevos modelos? Para Lucía Salvador, doctorando en Historia y ficción televisiva y autora de 'La representación del pasado en series históricas producidas en el siglo XXI', sí que se pueden retroalimentar los contextos culturales y los hábitos de consumo: «Si hay hoy una tendencia de desmitificación, llega un momento en el que el contexto cultural se ve invadido, y toda la ficción que leemos y vemos tiene que ver con una mirada pesimista y descreída». Para Salvador, es cuestión de tiempo que esta respuesta se torne en moda cultural, que dictamina los gustos y las ofertas en entretenimiento brindadas por los mercados que nos lleva al punto de que «hacer lo contrario sería tan extraño como si hoy tuviera éxito en los círculos críticos una serie en la línea de 'Aquellos maravillosos años'». Es por ello definitorio el mensaje que sobre nuestro momento histórico y sociocultural se desprende de las series, desde los productos nacionales marca Javier Olivares que abogan por una reconciliación, en distintos términos, de las dos Españas; hasta la mirada de fin de la historia post 11S que impone el supremacismo cultural estadounidense, a través de los éxitos rotundos de crítica y público que componen su 'edad dorada de la televisión'. En líneas similares se expresa Javier Gómez, doctor en Sociología de la Universidad de Valladolid: pese a que el dominio norteamericano es claro, en comparación con otras tentativas europeas o latinoamericanas, son «formas de narración muy interesantes antes que subproductos de consumo rápido» que también influyen en nuestro comportamiento grupal: «Como aquella frase sobre el teatro, que si era bueno daba para hablar, pero si era malo daba para hablar aún más». Gómez considera que la proliferación de cadenas, después de la forzada unidad que supuso el nulo abanico de elección con la primera televisión española, había devenido en una atomización de las pautas de consumo, dispersión ante la cual las series se plantan para, de alguna forma, revertir: «Ahora se crean subgrupos, es una afición que se transmite, que se recomienda, que crea conjuntos con aficiones u opiniones». Las redes sociales y sus dinámicas terminan por brindar el espacio de debate a la vez caótico y, si se quiere, debidamente tamizado: comentar el episodio es parte inseparable ya del mero ritual de verlo, y el perder un solo capítulo o llegar tarde puede llevarnos incluso a una desconexión total para evitar el temido destripe, o 'spoiler', que nos ague las sorpresas derivadas del último giro de guion o que resuelva el penúltimo final abierto ('cliffhanger') del episodio previo.

Úrsula Corberó, en 'La casa de papel'.
Úrsula Corberó, en 'La casa de papel'. / El Norte

Libros frente a las series

¿Una ficción televisiva nos puede disuadir de abrir una novela? Estrella García, librera en Oletvm, se ve convencida: «Las series quitan tiempo, cuando vemos que bajan las ventas pensamos que sea uno de los motivos, no necesariamente el único». También identifica alguno de los patrones que favorece ese enganche, esa maratón que propicia los atracones de series en detrimento de la lectura reposada de libros: «Si la serie es buena te pica, y no exige un esfuerzo o una concentración que sí te pide el leer». García también aplaude el lado social de muchos de estos productos, aunque critica que, a la larga, se estiren demasiado: «Hay series como, por ejemplo, 'El cuento de la criada', que la primera temporada es muy buena. Creo que van por la tercera, pero yo ya no necesito ver más: ya no sigue el libro, no entiendo por qué tiene que haber tantas. Yo haría una y ya está».

Para el sociólogo Gómez, «es la misma lógica por la que uno puede estar dos horas en un documento hipertextual pero no se ve con fuerzas para leer un Word de quince paginas». Este identifica que el formato breve, gracias al estímulo rápido, tiene gancho y resulta «cómodo». Es la palabra más repetida por las distintas personas entrevistadas: todas destacan, en distintos momentos, la comodidad como un valor (positivo o negativo) intrínseco al hecho de ver series.

«Las plataformas contribuyen también a que sea más fácil verlas en buenas condiciones (esto es, sin estar sometido a la esclavitud de la parrilla y la franja horaria características del pasado siglo), el tipo de consumo audiovisual premia a las series», apunta Salvador, quien identifica otra tendencia en la poca prodigalidad de las series autoconclusivas, «cada vez menos habituales», en favor de otro concepto más cercano al de la novela auténtica, donde cada capítulo termina sin una conclusión real: «Lo audiovisual facilita la pasividad, resulta más cómodo tener al alcance una serie que engancha, mientras que una novela requiere más esfuerzo» .

Pero hay quien ve oportunidad donde a primera vista solo parece haber confrontación. Es el caso de otra librera en Valladolid, Clara Guerrero, de La Otra, para quien «muchas series han hecho que la gente se interese por el libro que adaptan», como ha podido suceder con 'El cuento de la criada', los diarios de Anne Lister o los análisis de Nerea Barjola en torno al caso Alcásser. También Victoria Kuzminska, activa usuaria de librerías y destacada seriéfila, que aunque coincide en que «ver series es más fácil y adictivo mientras que un libro requiere concentración y lucidez», no cree que la causa de que se lea menos pase por una confrontación de los hábitos, sino que es fruto de unas dinámicas de trabajo agotadoras, signo también de estos tiempos y esta generación, las cuales «impiden que cuando se llega a casa apetezca algo distinto a ver una serie».

Cinefilia en peligro

Dos rasgos más del consumo de series resultan también notables en el cómputo global de los hábitos de ocio: las maratonianas jornadas que estimulan directamente al centro de placer y al aumento de niveles de dopamina, por un lado, y el eterno retorno a aquellas por las que se tiene una especial querencia, usualmente comedias con episodios en torno a los veinte minutos, cuyos personajes son como una segunda familia y cuyas frases pegadizas terminan por adherirse a nuestra habla cotidiana: «Las historias conocidas tienen la virtud de no generar ansiedad ni nerviosismo, nos aporta una cierta sensación de control», señala Gómez.

Estas dinámicas chocan frontalmente con la cinefilia tradicional, que siempre ha optado tanto por el visionado desde el reposo como por la dispersión en géneros, épocas, corrientes y fronteras. Jaime Alonso de Linaje, coordinador en el Festival Internacional de Cine de Valladolid, también se sirve del término 'comodidad' cuando reflexiona sobre la aparente confrontación entre el séptimo arte y las nuevas propuestas audiovisuales: «Ver series es muy cómodo: cuando ves películas, tienes que entrar en cada una, en el mundo que te está construyendo; la serie solo te demanda los dos primeros capítulos y es más sencillo seguir a continuación, porque sabes qué te vas a encontrar en cada episodio, ya tienes una referencia previa en tono y piensas menos».

De Linaje, que como uno de los soportes responsables de la Seminci no es ajeno a la polémica de dejar entrar a las plataformas en festivales, también ha meditado a fondo la relación entre el cine y las series: «No creo que estas hayan superado a las películas, y dejar de ver unas por otras sería un error», afirma. «Un aspecto interesante es que la naturaleza de la serie pasa por estar en marcha, mantenerse en temporadas hasta que dejen de ser rentables o de tener audiencia, y nunca se cierran todas las tramas para mantener enganchado al espectador y asegurarse la renovación». Pero si llega la cancelación, el regusto amargo de decepción es inevitable: «Su narración nunca deja de estar terminada, mientras que un largometraje siempre es más completo y satisfactorio para el espectador».

Pero incluso esta tendencia está cambiando: no solo las series adquieren cada vez más factura técnica y argumental de largometraje, también las películas se 'serializan' a base de universos que aglutinan y fidelizan al público en torno a grandes fenómenos culturales, basados con frecuencia en soportes literarios (incluidos, claro, el cómic y la novela gráfica) o sustentados por la nostalgia de sagas cinematográficas de culto del pasado reiniciadas para los nuevos tiempos. Las series no pueden, en definitiva, acabar con el cine ni mucho menos con la literatura, pues muchos de sus éxitos son la base sobre la que se sostienen (con muy honrosas excepciones) y, si de algo cabe alarmarse, es de la inmensa oferta cultural de la que podemos disponer, en cualquier momento, lugar y formato, como nunca antes habíamos conocido. Sentémonos a disfrutar.