Imanol Arias: «El amor y la dignidad no dan de comer pero sirven para vivir»

Imanol Arias en un pasaje de la obra. /El Norte
Imanol Arias en un pasaje de la obra. / El Norte

Protagoniza este sábado en el Teatro Carrión la adaptación escénica de la obra de García Márquez 'El coronel no tiene quien le escriba'

Jesús Bombín
JESÚS BOMBÍNValladolid

Entre platós y rodajes, el teatro estira el horario laboral de Imanol Arias (Riaño, 1956) hasta los fines de semana. Acaba de estrenarse la película 'Sordo' en la que participa y se encuentra metido de lleno en la grabación de la 21 temporada de 'Cuéntame', que cumplirá 19 años en antena. Cada viernes coge el mapa para viajar y subirse a un escenario de cualquier ciudad de España con 'El coronel no tiene quien le escriba', un montaje de Carlos Saura basado en la novela de Gabriel García Márquez. Este sábado a las 19;00 horas (23 euros la entrada) descorre el telón del Teatro Carrión. «Uno tiene mucho respeto al público de Valladolid. Sobre todo uno que no es Concha Velasco...», bromea esgrimiendo una carcajada al estilo del más genuino Antonio Alcántara, el personaje de 'Cuéntame' del que, asegura, «más que representarlo me pongo el traje y ya está».

–¿De dónde saca tiempo y energía para manejarse en tres proyectos a la vez?

–Estar ocupado en tantas cosas me ayuda a vivir la profesión no como una carga, sino estando contento intentando hacerlo bien, cuidándome entre medias para disfrutar en el trabajo, sobre todo ahora en el teatro, una posibilidad hermosa de actuar en directo, levantar la función...

–¿Qué le lleva a sus 63 años a mantener este ritmo?

–Llevo dos años frenéticos, con un horario de trabajo intenso pero aprovecho mucho los descansos para estar con los míos y hacer lo que me gusta. Hasta ahora el teatro es como ir de fin de semana a una ciudad; cuando uno está reventado de trabajar durante la semana en la oficina o la fábrica y llega el sábado, te levantas, desayunas, paseas por la ciudad, te echas la siesta como los toreros antiguos y después te subes al escenario. No tengo miedo al trabajo, ni el compromiso de ser el mejor ni nada de eso, estoy disfrutando muchísimo de mi edad, del oficio, de la posibilidad de trabajar.

–¿Qué reto le plantea el papel del coronel en esta obra de teatro?

–Era el personaje favorito de García Márquez, lo adoraba. Lo instala como uno de los personajes con más dignidad de la historia de la literatura, liberándolo de todo fatalismo. La obra habla de un coronel que no recibe su pensión después de haber defendido a su país en varias guerras y vive en la miseria junto a su mujer enferma. Asesinaron a su único hijo y malviven alimentando a un gallo de pelea, su única forma de supervivencia. Pero llega un momento en que tienen que decidir dar de comer al gallo o alimentarse ellos. Habla de la violencia interior que puede provocar la injusticia o la soledad. El amor y la dignidad no dan de comer, pero sirven para vivir, te pueden dignificar como persona en momentos de olvido, penuria, vejez...

–¿Qué acomodo tiene esa idea de dignidad en estos tiempos?

–El mensaje de la dignidad no tiene fecha de caducidad. Vivimos una época en la que hay mucho rebote en torno a la verdad y la no verdad, las historias ahora se confunden tanto que solo nos preguntamos por el resultado, quién es el culpable, casi nunca quién es el héroe. Y al olvidarte de la historia nos olvidamos de quién ha tenido dignidad. Todos, en algún momento, nos encontramos en la necesidad de ser dignos. A lo mejor por mera existencia.

–Después de 21 temporadas de la serie 'Cuéntame' cuesta verle en otro papel que no sea el de Antonio Alcántara.

–De alguna manera el personaje tiene expresiones que le he puesto yo y que me resultan sencillas porque las utilizo en la vida. Siempre fue mi padre y ahora va a ser el padre de mis hijos. Tiene que costar verme en la piel de otros personajes que no sean él porque sigo siendo el mismo trozo de cecina haciendo el sargento Castillo en 'Sordo' o el coronel en la obra de García Márquez.

–¿Por qué resiste tantos años 'Cuéntame' en la pantalla en un tiempo de ficciones de recuerdo efímero?

–No tenemos ni idea. Nadie del equipo lo sabe. Es mejor reconocer que no lo sabemos. La serie tiene una buena conexión con el público, en 18 años hemos tenido momentos buenos, capítulos que no salieron tan bien, aciertos increíbles... ha habido de todo. Con el tiempo la pirámide de trabajo se va convirtiendo en una lasaña, se fusiona, se mezcla todo y cada cosa está en su sitio, pero ninguna encima de otra.

–¿Teme que los guionistas le 'maten' en la serie, como ha sucedido con otros personajes?

–No les veo cara de ganas, pero en estos 18 años Antonio Alcántara ha vivido el tercer equipo de guionistas. Y lo que más admiro del actual grupo es su capacidad para dinamitar las historias, son muy valientes, hacen que la serie no sea nunca una balsa de aceite y transforman los personajes desde otras perspectivas.

–¿Cómo es su relación con el éxito y el fracaso?

–La popularidad me llegó de muy joven y con ella todas las angustias que pasé entonces. Ganaba premios en festivales en los que no había un jurado de mi profesión, sino que eran la mayoría galardones que otorgaba el público y lo pasaba mal hasta que aprendí que eso es lo normal. Y aprendí también a perder intimidad en la calle, a asumir que te vas convirtiendo en un personaje y que para no montar escándalos te vas haciendo anodino, perdiendo la iniciativa.

–¿Siente que su imagen se haya resentido a raíz del contencioso con Hacienda?

–Uno tiene que estar mucho tiempo limpiando cualquier asunto incluso antes de que se demuestre todo. Habrá gente que piense muchas cosas, otros que se sientan indignados y hacen comentarios... Hay que pasar eso.

–¿Qué querría hacer y no puede?

–Tener un viaje experimental de tres o cuatro meses a otro país. Me inquieta mucho Australia. Y me produce curiosidad el Machu Pichu, el mundo del chamanismo, la altura...Y me gustaría ir a los juegos olímpicos de Japón. Y en el presente, pienso en esta obra que voy a representar como leonés que va a Pucela con muchas ganas. A ver si sale una función redonda, fesquita. Y luego, a tomar unos vinos.