Love of Lesbian; la paradoja del indie popular

Concierto en el Carrión de Love of Lesbian./Henar Sastre
Concierto en el Carrión de Love of Lesbian. / Henar Sastre

El conjunto musical apela a las emociones más íntimas en su concierto del Carrión

Samuel Regueira
SAMUEL REGUEIRAValladolid

Si hacemos caso a las tesis de Víctor Lenore (la mayoría de ellas resumidas en su libro ensayístico 'Indies, hipsters y gafapastas. Crónica de una dominación cultural'), el indie, como antes que él el frikismo, ha muerto. O, al menos, su carácter inherentemente marginal, en beneficio de un lavado de cara orientado al 'mainstream', a lo popular, que brinda notables éxitos de crítica y de público y, a la postre, fenomenales rendimientos económicos. De otra manera no se explica que una banda como Love of Lesbian, que celebró ayer un espectáculo melódico en el Teatro Carrión, concitara un lleno absoluto en el recinto. El público de Valladolid respondió con entusiasmo, pese a la madrugada que aguardaba a la mañana siguiente y a que una impertinente lluvia hiciera de las suyas para dificultar las ganas de abandonar el calor del hogar, a la llamada de su música; una colección de fans mucho más diversa que aquel perfil medio de la ropa a cuadros, lentes de negra montura y franja de edad cercana a la treintena que cabe achacar al incondicional estándar de este conjunto indie.

«Por si alguien no nos conoce, nos llamamos Love of Lesbian», ironizó Santi Balmes al comienzo del espectáculo, haciendo hincapié en la evidente paradoja que descansa en el éxito masivo del indie. Habían sonado ya 'Nada', 'Contraespionaje' y 'Cuestiones de familia', la tríada encargada de abrir el concierto del Carrión, enmarcado dentro de su gira 'Espejos y espejismos'. Balmes, que celebraba además su cuadragésimo octavo cumpleaños anoche mismo, quiso saludar desde el escenario a un ilustre asistente a este espectáculo; el escritor César Pérez Gellida, quien a su vez les reserva los títulos de los capítulos de su primera trilogía criminal.

Después de un instante de complicidad entre un auditorio que le entonó los últimos compases del 'Cumpleaños Feliz', y tras diversas bromas («El que haya venido aquí con el Spotify estudiado, con el ánimo de a ver si se acuesta con alguien esta noche, se va a llevar una decepción»), el grupo reanudó su lacónico estado emocional habitual, a través de temas como 'En busca del mago' y 'Voy a romper las ventanas' (donde se lució el piano). Más tarde, un interludio explicativo y humorístico (a costa de la política, las redes sociales o la religión), brindaron un popurrí de fragmentos de 'Niña imantada', 'Noches reversibles', 'Si salimos de esta' y 'Mi primera combustión', que terminaron de implicar (y rendir) a unos acólitos que volvieron a arrancarse con el 'Cumpleaños Feliz', dos veces más, mientras el equipo traía tarta y champán para el agasajado.

'Carta a todas tus catástrofes' pareció dar carpetazo a la fiesta y proseguir un show que engarzó 'Océanos de sed', 'Wio, antenas y pijamas' (donde el humo resultó un tanto excesivo), 'Los días no vividos' y 'La noche eterna', que subió enteros de energía emocional.

«'Espejos y espejismos' es un corpus de recuerdos y deseos, entre lo vivido y lo deseado», compendió Balmes, a propósito de un concierto en el que se pudo oír 'Planeador', 'Segundo asalto', 'El poeta Halley', 'Oniria e Insomnia', entre otros temas reconocibles.

 

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