Dibujar la música para que toquen otros

Andrew Gourlay comenta la partitura con Irene Tamayo. /El Norte
Andrew Gourlay comenta la partitura con Irene Tamayo. / El Norte

Cinco alumnas y un alumno de dirección orquestal del Conservatorio Superior de Salamanca se suben al podio en una clase magistral de Andrew Gourlay en el auditorio Miguel Delibes

Victoria M. Niño
VICTORIA M. NIÑOValladolid

«Mueve los brazos, algo sucederá», fue el consejo del maestro Votto (escuela de Toscanini)a su entonces discípulo Ricardo Mutti, afamado director de orquesta. Seis alumnos del Conservatorio Superior de Castilla y León, cinco mujeres y un hombre, se subieron ayer al podio en el auditorio Miguel Delibes, a dirigir a sus compañeros instrumentistas, bajo el magisterio de Andrew Gourlay. El titular de la OSCyL impartió la primera clase magistral y demostró lo poco azaroso y muy decisivo que es el movimiento de los brazos de un director. Humor de Votto.

Por el podio de la sala de cámara pasaron seis alumnos que cursan la asignatura optativa de dirección y durante 25 minutos cada uno aparcaron su condición de instrumentistas para dirigir a sus compañeros. Patricia Gil rompió el hielo y fue la primera en afrontar la 'Historia de un soldado', de Stravinsky. Delante de ella, siete músicos. Sus brazos, al comienzo rígidos pegados al cuerpo, fueron conquistando espacio y seguridad. Andrew le animó a imprimir el carácter de su versión de la obra en los tres primeros compases y eso pasaba también por marcar la respiración, la de ella antes que la de los músicos, todo encaminado a dominar el segundo de retardo. «Me gusta este tipo de música que nos deja bailar, pero es difícil», le apuntó el maestro. Y le enseñó a dibujar triángulos con su mano derecha, sugirió el matiz que puede dar con la izquierda y le aconsejó buscar un aliado, en este caso el invariable bajo continuo del contrabajo. Una última aportación a Patricia, que es clarinetista, las marcas en la partitura. «Mira la mía, tengo señales muy claras, tus números son muy pequeños. Esta pieza no la dirijo desde 2010, pero mi partitura tiene las señales suficientes para que con una lectura rápida pueda refrescarla entera», le explicó Andrew.

Entre los músicos estaba su profesor en Salamanca, Javier Castro. «Esta práctica sirve para que músicos de orquesta tengan la experiencia de la dirección y los pianistas también se acostumbren al sonido de orquestal.Es un lujo trabajar con alguien como el maestro Gourlay. Ojalá se pueda hacer regularmente». Tras Patricia, ocupó el podio Irene Tamayo, música vallisoletana que estudia la especialidad de composición. Sus brazos parecían más libres que los de Patricia, la ventaja del segundo. Primer intento, sancionado con la aprobación de Andrew. «Me he perdido pero me he reenganchado», se disculpó la joven. El maestro le animó a transmitir entusiasmo, a liderar el ánimo de sus músicos «porque eso se contagia», a tener clara la orden que va dar antes de mover los brazos, a trazar como quiera el cambio de compás pero con una claridad inteligible para los músicos y «no los mires a los ojos, te distrae y le distrae. Basta con la sutileza de los gestos». A Stravinsky le siguió Tchaikovsky –'Serenata para cuerdas'–, y a Tamayo, el violinista Enrique Payo, la chelista Nuria Díaz y as pianistas María Argüenzo y Belén Castillo.