Antonio Baciero, el arte de bordear la emoción

Antonio Baciero, Celso Almuiña y Javier Burrieza. /Henar Sastre
Antonio Baciero, Celso Almuiña y Javier Burrieza. / Henar Sastre

El Ateneo de Valladolid homenajea al pianista burgalés en el Aula Triste del Palacio de Santa Cruz

Victoria M. Niño
VICTORIA M. NIÑOValladolid

Los hechos tienen la elocuencia de la acción, comprobable, asible, objetivable. A ellos anudó su discurso el historiador Javier Burrieza en su 'laudatio' a Antonio Baciero, el pianista burgalés que lleva medio siglo partiendo hacia el mundo desde Valladolid y al que el Ateneo de esta ciudad rindió ayer homenaje. Ocurrió en el Aula Triste, en el Colegio de Santa Cruz, tan querido para quien siendo colegial de honor decidió lucir la medalla que lo acredita sobre su sobrio atuendo.

Burrieza, «biógrafo oficial» del músico, recorrió la infancia arandina del mayor de cuatro hermanos nacido al comienzo de la guerra que envió a su padre dentista al frente. Los de su madre fueron los primeros dedos que conoció al teclado. La severidad paterna, el intento de conducir la vida de Antonio por el mundo de la medicina, el paso del colegio familiar burgalés a los escolapios navarros –«la rama pobre de la enseñanza contrarreformista»–, fueron sucediéndose en la semblanza de Burrieza.

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Los encuentros con distintos profesores de piano fueron allanando el camino del también musicólogo hacia el premio final de carrera, hacia la beca del Instituto Príncipe de Viana y hacia su fogueo internacional. A los 19 años Baciero amanecía en la Viena de posguerra, y a pesar de todo, «la ciudad de la alegría», recuerda el virtuoso. Allí siguió el estudio, en apartamentos alejados de la catedral de San Esteban, del lado brillante de la carrera que esperaba conocer en algún momento. «Uno de los conciertos más emocionantes para mí fue uno de los últimos que dirigió Bruno Walter, ya muy mayor, un programa de Mahler. Me colé con una entrada falsa, eso sí, del mismo color», recordaba Baciero, probablemente en el único acto 'delictivo' de su vida.

La estrella de los Magos

Burrieza desgranó el primer concurso ganado, la suma de amigos como el historiador Manuel Fernández Álvarez, el arquitecto Rafael Moneo, el inspirador de su amor por el estudio de la historia y las mentalidades que rodeaban cada partitura, Fernando Remacha, el apoyo del mentor, Félix Huarte Goñi, la lista de conciertos y conmemoraciones en las que el arte del pianista se manifestó y su labor musicológica en torno a Antonio de Cabezón –de quien grabó la integral en quince discos–, con Kastner, y con la música guardada en ultramar. El historiador hizo su labor, se ciñó a lo que puede comprobarse.

El referido tomó la palabra, agradeciendo todas esas «verdades», solo achacables a su condición de «privilegiado». Porque Antonio considera que lo principal en la vida es tener «una vocación, una luz que te guía, como la estrella de los Magos».

Medio alemán de lengua y corazón, Baciero intentó avanzar por el pasamanos seguro de los datos. Picoteó en su biografía parándose en los instrumentos, porque un pianista profesional toca siempre de prestado y no digamos si, como es el caso, además es organista. Por eso el lugar es tan determinante y celebró el placer de «estudiar» en catedrales como las de Burgos, la de Toledo o Salamanca, en museos como el del Prado, el MoMA o el de Escultura, ante teclados como el virginal de la reina Isabel de Inglaterra. Ese hombre que vivió todo eso habita en una casa a apenas 100 metros del Palacio de Santa Cruz, en un piso de techos altos y suelos conquistados por su colección de instrumentos, por los relojes de antiguas maquinarias que midieron su tiempo en Viena y el de otros muchos antes. Ese músico que siempre afrontó su tarea como la «fusión de la historia y la música» es un ávido lector que hace poco se quedó viudo. Premios y honores cubren su currículum, son hechos reales que se deshacen en cuanto le viene el recuerdo de Mari Nati, esa mujer que con su hermana inoculó en cientos de niños vallisoletanos el amor por la música. Y Baciero, que había intentado bordear la emoción, de repente tiene que hacer un esfuerzo sobrehumano para mencionarla y seguir hablando. Intenta volver a la sala de Halle, a la de Los Inválidos, y echa mano de la ironía para comparar lo que siente un francés cuando escucha la 'Marsellesa' con lo que siente un español con el himno nacional. Sobrepuesto pide perdón por extenderse, por abrumar al respetable, y agradece todo.

El presidente del Ateneo, Celso Almuiña propuso la creación de una fundación que custodie las colecciones de Baciero y a él no le pareció mal. Aplausos y un pequeño busto de 'palas atenea' serán el recuerdo de esa tarde en la que la historia no fue suficiente para explicar una vida.

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