Un silbato para urgencias musicales

La obsesión por los aviones ha convertido a Mirek en un «piloto virtual». /
La obsesión por los aviones ha convertido a Mirek en un «piloto virtual».

Miroslav Kasperek, solista de contrabajos de la Sinfónica de Castilla y León

VICTORIA M. NIÑO

De niño la música le golpeó, literalmente. El acordeón del padre estaba sobre un mueble alto, y el entonces pequeño Mirek tiraba de la cuerda para que la gravedad hiciera el resto. Aquella máquina de sonidos fue el primer instrumento con el que jugó el hoy solista de los contrabajos de la Sinfónica de Castilla y León. También frecuentaba el balcón y el tejado de la casa cuando pasaba la banda por las calles de su pueblo, Wegierka Górka, a 72 kilómetros de Katowice, en la Polonia colindante con Eslovaquia. Así que el progenitor tomó nota de la afición y Miroslaw Kasperek comenzó a aprender en aquella banda.

Hoy defiende el contrabajo, su versatilidad, contra todo prejuicio, pero reconoce que la mitad de su corazón está con los vientos. El primer instrumento que le entregaron fue un clarinete. «Durante dos años salí con hombres mayores en la banda, yo era un chavalín. Íbamos el 1 de mayo a tocar a las fábricas, en todas las fiestas socialistas. Progresé bastante y mi padre me apuntó a la escuela de música. Allí no había plaza de clarinete y seguí con el saxofón. Estudié el grado medio hasta que algo pasó con el aparato de los dientes, seguir tocando era peligroso. Tuve que cambiar y solo había sitio en la clase de contrabajo», explica Mirek. Y en ese aula de heterogéneo alumnado residual topó con «el profesor que trazó la trayectoria de mi vida. Era un músico de la escuela alemana, muy bueno, y excelente maestro. Se llamaba Nacka y era tan excepcional que todos nos enamoramos del contrabajo. Buena parte de sus alumnos están hoy en las mejores orquestas del mundo. Nos enseñó a amar y tener seguridad con el contrabajo». Y eso que es el instrumento del «doble de todo; doble grave, doble de pesado, doble de difícil. Pero también es verdad que sirve para cualquier género, se puede hacer de todo con él».

Nacido en un pueblo de montaña, la música que inauguró los oídos de Mirek y a la que nunca ha dejado de volver es el folk. «Es el género básico, toda la clásica está llena de sus citas. Es una música que viene del pueblo y le sirve, si es demasiado elocuente o intelectual, no llega a todo el mundo». También comenzó a tocar en una formación folk. «Nunca lo he dejado. Me encantó la música klezmer, las chardas del Este de Europa. Luego descubrí la irlandesa, después la latina. Cuando me canso de una, ensayo otra para volver a la clásica. También el jazz y el blues, permiten otra relación de grupo y de improvisación, son muy creativas, intervienes con tus arreglos».

Las bromas con el tamaño

Después de la escuela de su pueblo, se trasladó a la de Bielsko Biala. «Desde los 14 años vivo fuera de casa». Y luego a Cracovia. «Allí estuve diez años. Como estudiantes teníamos nuestros primeros trabajos, primeras giras con otros músicos europeos». Les dirigió Rostropovich, que era la autoridad de referencia en las Mozart Academies, especializadas en música de cámara. Mirek también trabajó con otros dos nombres mayúsculos del elenco polaco del siglo XX, Penderecki y Krystian Zimerman. El primero dirigía la Sinfonietta Cracovia, «su nombre es como una marca, salimos mucho, organizaba festivales como el Puerto Rico y allí fuimos. Zimerman quería celebrar el aniversario de Chopin, organizó una gira por las mejores salas europeas y estadounidenses. Examinó a muchos músicos, es curioso tocar cada día con una personalidad así».

La vida de un músico en la Cracovia de los noventa era «por la mañana filarmónica y por la tarde, al barrio judío a tocar música klezmer en las tabernas y ganar un dinerito. Había muchos turistas y lo pasábamos bien». Aunque nunca pensó en dejar su país, «y eso que era el objetivo de todos mis compañeros», comenzó a aburrirse. «La Orquesta era buena pero no teníamos muchas conciertos por falta de buena gestión. Por casualidad me enteré de las pruebas aquí y vine con dos amigos, Renata y Michal». Tres músicos, con sus tres instrumentos en coche. Treinta horas de travesía sin paradas. «Aprobamos los tres. Decidí probar un año y sigo probando», ríe.

A los seis meses vinieron su mujer y sus dos niños. «España me parecía exótico. Hay muchos polacos que han emigrado, todos tenemos vecinos que han vivido en Alemania, Gran Bretaña o Estados Unidos, pero no conocía a nadie que hubiera vivido aquí, no teníamos ese relato directo. Nunca pensé que me acostumbraría al clima y al paisaje de Castilla, y ahora no puedo pasar sin él. Me gusta el verano y el invierno». Mirek prefiere la máquina al caballo. «La moto es más gobernable, hace lo que la digo yo». Aquí se puede tener ese contacto cercano con la naturaleza, puedes llegar lejos sin asfalto. En Polonia es más difícil, llueve mucho». Aprendió español y a sobrellevar las bromas cuando le ven con el contrabajo al hombro. «He oído de todo, desde el que te dice mira el pobre estudiante con la cama al hombro a el típico haber elegido la flauta». Precisamente ese es el instrumento de viento que lleva en el bolsillo, un tin whistle irlandés, el que le ha acompañado en una larga baja por un susto del cuerpo felizmente superado y con el que ha amenizado al personal sanitario del Hospital Río Hortega, al que se siente inmensamente agradecido «desde la persona que limpia la habitación hasta el médico, todos hacen un gran trabajo».

Está volviendo ahora a su vida anterior, a los simuladores de vuelo «me encantan los aviones, aprendí las instrucciones de vuelo de los Boeing 737, casi podría despegar, me he convertido en un piloto virtual» a Klezmática, el grupo de la música judía de los guetos polacos que fundó al poco de llegar a Valladolid, a la escuela de música del centro cristiano La Roca y a su Orquesta. «Es una criatura fascinante, que 80 personas hagan algo juntas, cada una en su papel y que suene bien, eso es solo posible porque se someten a la autoridad y a la disciplina. Es un ejemplo de sociedad perfecta, aunque haya democracia todos nos sometemos a la interpretación que propone el director estemos o no de acuerdo, escondiendo el ego, todos con el mismo compromiso».

La última lección aprendida: «siempre valoré el bienestar físico, pero ahora más. Cada día es un regalo que no se puede desperdiciar, cada momento tengo presente qué pinto yo aquí e intento servir y sacarle provecho».