La conciencia desgarrada de Clara Campoamor

Clara Campoamor/
Clara Campoamor

Cronista clarividente del deterioro democrático de la II República, la impulsora del voto femenino recibió en vida más desprecio que admiración

Vidal Arranz
VIDAL ARRANZ

Si todavía hoy alguien estuviera tentado de teorizar sobre las flaquezas del sexo femenino bastaría recordarle el ejemplo de Clara Campoamor para sacarle de su error. Y es que pocos personajes públicos de la historia reciente de España han dado un ejemplo más cabal, coherente, e incluso dramático, de honestidad, autoexigencia y doloroso compromiso con la verdad.

Impulsora infatigable del derecho de la mujer al voto, contra el viento y la marea de las infinitas contradicciones de los partidos republicanos de su tiempo, tuvo que afrontar el mal trago de que las nuevas votantes femeninas no la eligieran en la hora de las urnas. Masona y agnóstica, fue siempre respetuosa con los sentimientos religiosos de los demás, y se cuenta entre las pocas personalidades que clamaron a tiempo contra la represión del clero desatada por las milicias y los radicales. Finalmente, ella, que era republicana sin desmayo y hasta la médula, fue también la que mejor diagnosticó la fatal deriva radical de la II República.

Con una clarividencia al alcance de pocos, le bastaron dos meses de Guerra Civil a Clara Campoamor para vaticinar que sería larga y que no tendría final feliz. Detectó los males que, a la postre, conducirían a la derrota militar del Gobierno y fue incluso capaz de intuir que Madrid protagonizaría una resistencia numantina, como ocurrió. Estremece leer hoy 'La revolución española vista por una republicana'. Cualquier idealización de la II República, cualquier mitificación de la Guerra Civil se desvanece ante la evidencia de que el fanatismo y el odio galopaban en ambos bandos.

En palabras de Luis Español, «Clara representa la tercera España, ni roja ni azul, descuartizada por las poderosas fuerzas contrarias de la revolución y de la reacción». Ella misma se consideraba liberal y enemiga de todo extremismo, como atestiguan sus escritos, sus posicionamientos políticos y su propia existencia.

De su vida sabemos que no fue fácil. Procedía de una familia modesta, con un padre, que era empleado de periódico, al que admiraba, pero del que disfrutó muy poco. El desastre del 98 tuvo para Campoamor una connotación muy personal, pues en esa fecha, a los diez años, falleció. Las urgencias del día a día familiar la obligan a dejar los estudios a los 13 años para trabajar primero como modista y luego como dependienta. A los 25 años, en 1913, obtiene una plaza como profesora de taquigrafía y empieza a colaborar como secretaria en el periódico 'La Tribuna'. Y tiene que esperar hasta 1923, con 35 años, para obtener el título de Bachillerato que le permite matricularse en Derecho, carrera que termina en tiempo récord. «En menos de tres años una secretaria sin Bachillerato se ha convertido en jurista», resume Español. A partir de ahí su vida se acelera (despacho, Ateneo, asociacionismo…) hasta desembocar en la política, primero en Acción Republicana y luego en el partido de Lerroux.

Traductora

En todo ese tiempo, y aún en medio de las peores dificultades, nunca abandonó su pasión por la lectura, de la que da cuenta una reciente publicación 'Del amor y otras pasiones' (Fundación Santander, 2018), que recoge los escritos sobre poesía que publicó en Argentina en sus primeros años de exilio, en los que sobrevivió en gran medida ejerciendo de traductora. Otra obra de este mismo año, 'La mujer quiere alas y otros ensayos' (Renacimiento), hace lo propio con sus escritos políticos. Entre las dos novedades ofrecen nuevas luces sobre su figura.

El primero de ellos nos desvela una faceta muy poco conocida de Clara Campoamor: su amor por la poesía clásica y sus muchas lecturas. Entre sus afinidades literarias, muy plurales, destacan creadores tan próximos a Castilla y León como Fray Luis de León, Garcilaso de la Vega, San Juan de la Cruz, Cristóbal de Castillejo, o el marqués de Santillana. Pero, sobre todos, José Zorrilla, del que escribe en dos ocasiones (por la leyenda de 'A buen juez, mejor testigo' y por su obra más célebre, el Tenorio).

Campoamor no duda al afirmar que el don Juan del dramaturgo y poeta vallisoletano es «el más atractivo» de los españoles, superior al de Tirso de Molina y aún al de Espronceda ('El estudiante de Salamanca'). A su juicio, el Tenorio, «más que engañar, seduce, enamora», pues ninguna mujer podría ignorar su condición de mujeriego, que él proclama allá por donde va. «La que después de eso se dejaba engañar, puede decirse que era porque le agradaba el engaño», afirma con una mirada muy poco victimista. Campoamor reconoce también que «el drama de Zorrilla descubrió el secreto de llegar a la entraña popular». Pero sobre todo valora su personaje de doña Inés. «Esta es una de las superioridades del Don Juan de Zorrilla: ser la única de las obras análogas en que surge un tipo noble y simpático de mujer».

Otro vallisoletano desfila por sus breves ensayos, Gaspar Núñez de Arce, al que describe, de un modo que hoy no superaría los filtros de la corrección política, como «un gigante del espíritu encerrado en el cuerpo mezquino y raquítico de un hombre deformado». Campoamor admira al poeta vallisoletano, del que dice que «es austero, valiente y castizo tanto en la expresión como en el sentimiento», pero no deja de lamentar una y otra vez su «figura frustrada». «Era un tanto místico, pero lleno de brío, de ritmo y de fuerza», opina. Para añadir: «El necesita la fe. ¿Qué poeta no la ansía, la busca y la mima? La fe, en cualquiera de sus manifestaciones, es la materia prima de la alada queja poética».

Una fe que ella nunca perdió en su batalla por incluir el derecho al voto de la mujer en la Constitución republicana, lo que logró en 1931, no sin denodados esfuerzos y gracias a una insólita alianza de facto entre parte de los socialistas, las derechas y parte de los diputados republicanos. Enfrente, enérgicamente, el Partido Radical, su propia formación, la figura de Indalecio Prieto en la sombra, y también de la diputada Victoria Kent, partidarios de aplazar la medida, temerosos de que las mujeres, a su juicio dependientes en exceso de las sacristías, votaran a las derechas y eso fuera nada menos que el fin de la II República.

En su libro 'Mi pecado mortal. El voto femenino y yo', escrito poco antes de que estallara la Guerra Civil, Clara Campoamor da buena muestra de la fogosidad e inteligencia con las que logró sacar adelante una medida que todos querían en teoría, pero muy pocos en la práctica, llenos de temores y desconfianzas hacia lo que sería el comportamiento electoral femenino. Las intervenciones de la diputada, cargadas de ironía y de razón, sacuden los prejuicios y la hipocresía de sus pares. «Poneos de acuerdo, señores, antes de definir de una vez a favor de quien va a votar la mujer; pero no condicionéis su voto con la esperanza de que lo emita a favor vuestro. (…) pónganse de acuerdo los que dicen que votará a la derecha, con los que dicen que votará con la izquierda; pónganse de acuerdo los que dicen que votará con el marido con los que dicen que llevará la perturbación a los hogares (…) Dejad que la mujer se manifieste como es para conocerla y para juzgarla». Campoamor se saldría con la suya, pero no sin un desgarrador coste personal, medible en críticas y desprecios, que llegó al punto de que Izquierda Republicana, el partido de Azaña, votara y rechazara su solicitud de ingresar en sus filas cuando ella decidió abandonar, decepcionada, a Lerroux.

Con todo, el desgarro mayor es el que expresa en 'La revolución española vista por una republicana' (Espuela de plata), ensayo de urgencia escrito a orillas del lago Lemán, en Suiza, desde el exilio, y publicado en noviembre de 1936, dos meses después de huir del país con su madre y una sobrina. Clara Campoamor escapa del caos que reina, sin control ni freno, en el Madrid republicano, y que ella describe con tintes sombríos y terribles, muy alejados de cualquier idealización: «Madrid ofrecía un aspecto asombroso (…) toda una invasión de fealdad y de miseria moral, más que material, de gente que pedía humildemente permiso para vivir».

«Al principio se persiguió a los elementos fascistas. Luego la distinción se hizo borrosa. Se detenía y fusilaba a personas pertenecientes a la derecha, luego a sus simpatizantes, más tarde a los miembros del partido radical del señor Lerroux y luego se incluyó a personas de la izquierda republicana». La autoría de las ejecuciones correspondía a unas milicias que el propio Gobierno había armado y que no era capaz de controlar. «Los muros y tapias de la Casa de Campo, cuartel general de las milicias pudieron sentir, apretados contra ellos, los míseros y trémulos cuerpos de gente aterrorizada». Allí los llevaban «a dar un paseo», frase que se convertiría en común sinónimo de la muerte en las dos Españas que combatían entre sí en esas fechas. Campoamor se molestó en patearse la ciudad en busca de los nuevos muertos de cada día y por ello es capaz de estimar que en aquellos meses fueron ejecutadas cien personas diarias.

¿Fascismo contra democracia?

«No, la cuestión no es tan sencilla», opina Clara Campoamor en relación a lo que está en juego en la Guerra Civil Española. Ella no tiene ninguna duda de que sea cual sea el vencedor de la contienda el resultado será un régimen sin libertades: ya sea una dictadura del proletariado o una dictadura militar. Respecto de lo primero afirma: «Todos aquellos que no quieren ver España convertida en una sucursal de los soviéticos se separan del Gobierno». Y respecto de lo segundo advierte con tino: «La dictadura militar es una forma de gobierno fácil de imponer, pero es muy difícil salir de ella». No era optimista no, Clara Campoamor. Era completamente ajena al entusiasmo de un Eduardo Zamacois ('El asedio de Madrid') por citar un ejemplo. Pero cómo él era consciente de que el estallido de la guerra había desatado un proceso revolucionario, y casi con seguridad irreversible, en el bando republicano. La democracia liberal agonizaba atrapada entre dos furores y ella no quiso quedarse a ver cómo se cumplían sus trágicos vaticinios.

La diputada es muy crítica en el análisis de los errores de la República, muy especialmente su entreguismo a las facciones más radicales de la izquierda, durante el mandato del Frente Popular, y con su incapacidad para evitar que el país se encaminara hacia el caos. Del periodo previo al golpe de Franco afirma: «Con pueriles pretextos se organizaron matanzas de personas pertenecientes a la derecha», explica en relación al periodo previo al alzamiento. Y recuerda que una falsa acusación de que los curas envenenaban a los niños con caramelos desató la furia. «Un ataque de locura colectiva se apoderó de los barrios populares y se incendiaron iglesias, se mataron sacerdotes y hasta vendedoras de caramelos en las calles». Los sucesos se denunciaron en el parlamento y gracias a ello consta en el Diario de Sesiones que entre febrero y mayo de 1936 los radicales saquearon 178 edificios públicos o privados, incendiaron 178 monumentos, establecimientos e iglesias y atentaron contra 712 personas, causando 74 muertes. «He aquí la situación en la que se encontraba España tres meses después del triunfo del Frente Popular», explica Campoamor, con un gobierno que «no podía tomar medidas sin dislocar» la alianza electoral que lo sostenía. Un caos que, a su entender, minaba el apoyo de la gente normal, amante de la estabilidad, al proyecto republicano y que explica el apoyo que lograron los sublevados en su golpe del 18 de julio.

Con todo, la mayor pesadumbre le llega a Clara Campoamor al constatar que la Guerra de España no es una Guerra de buenos y malos, y que el virus del totalitarismo anida en ambos bandos. «España está hoy entregada al furor y los excesos de dos locuras», escribe. La primera la conoció bien, de primera mano, sin que nadie tuviera que contársela. De la otra obtuvo un pequeño indicio en el barco italiano en el que huía de España cuando 5 pasajeros falangistas quisieron lanzarla por la borda.