Literatura

Acendramiento y simbolismo

Álvaro Valverde. /Solete Casado
Álvaro Valverde. / Solete Casado

Álvaro Valverde exhibe en 'El cuarto del Siroco' una inusual estética de desnudez que culmina en profunda depuración

YOLANDA IZARDValladolid

El poeta Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) está sentado contemplando el mundo en el interior de un cuarto, metáfora del refugio del poeta ante las adversidades del mundo; fuera, sopla el siroco. El poeta medita y su meditación le permite zambullirse en el alma de la naturaleza, en los seres amados, algunos ya desaparecidos, y en sí mismo, pero simultáneamente delinea una poética; una poética explícita en algunos poemas, pero también implícita en sus referencias a poetas o artistas. Estas pueden ser, grosso modo, las líneas esenciales de su última entrega poética, 'El cuarto del siroco', un libro distinto a los nueve anteriores, no por el sentido ni por las recurrencias simbólicas, que siguen formando parte de su mundo poético y de su forma de mirar y de su intelección, sino por una inusual estética de desnudez que culmina en una profunda depuración. Sorprende en la primera lectura este acendramiento expresivo, esta voluntad de alejarse de lo complejo incidiendo en una sencillez a veces extrema, y una claridad emparentada con cierta premeditada obviedad, que huye de lo imaginativo, lo oscuro, lo retórico e incluso de cualquier afán de originalidad. Pero la belleza de algunos de estos poemas despojados, meditativos y de recurrencias tan personales exige una segunda lectura. Entonces se entiende la férrea voluntad de deconstruir la escritura pero continuar siendo quien se es en todo lo demás.

Álvaro Valverde, en efecto, rehace aquí su propio mundo partiendo de unas premisas distintas a las que configuraron sus anteriores libros, pues este despojamiento sereno y la invisibilidad del estilo a que ha llegado con 'El cuarto del siroco' obedecen sin duda a la lógica de la madurez (tomo las palabras de Pedro Ugarte para hablar de este interesante proceso de aparente desaparición del estilo, que en realidad «sigue estando ahí, respirando y haciendo respirar»). Álvaro Valverde cree llegada la hora de presentarse solo ante su realidad; armado únicamente de recuerdos y melancolía, con palabras concretas, pero que han pacido en los campos de la abstracción metafórica, y con sus amados símbolos: las casas y ciudades que no envejecen tan rápido como el hombre y que encierran «algún secreto / que me cuesta encontrar»; los jardines, los amigos muertos (Ángel Campos, por ejemplo, aparece de manera directa o indirecta en bastantes de los setenta y cinco poemas que conforman el poemario) y sus seres queridos; y la contemplación serena, reflexiva, de una naturaleza celebrada desde el presente ya maduro y proyectada hacia el pasado melancólico: principalmente el agua y los pájaros («El breve son / del pájaro / en la rama: / la escueta, / intensa levedad / del aforismo»).

El cuarto del siroco parte, en efecto, de una labor de esencialización y de claridad que su melancólica labor meditativa propicia, como ocurre en este poema, 'Hacia dentro', que podría considerarse una poética y un excelente resumen temático del libro: «Mi vida es interior. / Vivo hacia dentro /…/ A solas y en silencio / me paro a contemplar / lo que me pasa /… / Desde ese sitio escucho / la vida que a lo lejos / se me va para siempre». Sus meditaciones inciden con frecuencia en temas y preocupaciones universales, como la conciencia del paso del tiempo y la observación de la naturaleza, y su mundo se refiere, salvo en el caso de las ciudades y los seres queridos, a hiperónimos más que a elementos concretos, lo que agudiza la sensación de estar ante símbolos míticos: aguas, pájaros y jardines, por ejemplo. Y en lógica armonía con este trabajo de decantación se desprende la comunión con la vida sencilla y contemplativa y con la naturaleza: un paseo por el campo, un libro entre las manos, la ciudad y la casa y el jardín, el agua, la luz y el cielo. Sin retórica: apenas algunas sencillas metáforas o símiles, unos ramitos de anáforas; versos de metro breve con abundancia de heptasílabos, que aportan tanta ligereza. Pero bajo esa concreción a la que aspira hay siempre una labor simbólica, pues todo está encadenado en el alma del poeta, nada es solo en sí mismo, y esas casas, jardines, pájaros, aguas y seres amados conforman un mundo trasfigurado por las palabras en otra cosa: el hálito de ese adentro que está en todo, el hálito de ese afuera que nos unge.