El reposo del último rebelde

Robert Redford en una escena del filme 'El mejor', de 1984. /El Norte
Robert Redford en una escena del filme 'El mejor', de 1984. / El Norte

Robert Redford se retira del cine a los 82 años tras medio centenar de filmes llenos de calidad y de coherencia

DAVID FELIPE ARRANZ

Para muchos de nosotros el hecho de que uno de los más importantes apóstoles del movimiento del Nuevo Hollywood, Robert Redford (Santa Monica, 1936), haya anunciado que hace las maletas a sus 81 años con la traca final, 'The Old Man and The Gun' (2018), dirigida por David Lowery, significa que la ráfaga de ametralladora de Arthur Penn con Bonnie y Clyde y de toda una generación ha dejado de disparar.

Robert Redford ha sido el jinete eléctrico que siguió los pasos de Kirk Douglas en 'Los valientes andan solos' (1962), pero muy bien acompañado de Jane Fonda, micrófono en ristre. Con él hizo explosión a finales de la década de los años sesenta la lírica de los ladrones de trenes y los saltos desde un risco. El suyo fue un estallido cuya onda expansiva le encajó entre Brando y Newman. En ese espacio, Redford siempre hizo la guerra por su cuenta, huyendo de algún sheriff insidioso que trataba injustamente de darle caza. A nadie le ha de extrañar, pues, que el maestro William Goldan le escribiese unos guiones a medida. Porque allí donde Alan J. Pakula y Sidney Pollack montaban alguna trama de espionaje o de intriga política y estaba Redford, uno nunca sabía muy bien dónde empezaba el personaje y hasta dónde llegaba la persona real.

Fue primero un contestatario progresista que después se hizo republicano para, a renglón seguido, hacerle un guiño a Obama en la reelección de 2012. Hoy, reconoce públicamente no soporta a Donald Trump –los rubios no comparten necesariamente ideología–. De manera que, con los años, se ha ido tallando un rostro de lagarto de ojazos azules, sexy y rubicundo, de sienes plateadas, a la vez que fue tomando sobre sí la responsabilidad de dar a los jóvenes que llegaban hasta Salt Lake City (Utah) con sus bobinas bajo el brazo su primer empujón con el Festival de Sundance, que fundó en 1978. También quiso Redford apoyar la causa indígena desde aquellos maravillosos westerns, 'El valle del fugitivo' (1969), de ese genio llamado Abraham Polonsky, y 'Las aventuras de Jeremiah Johnson' (1972), de Sidney Pollack, considerada por muchos como su mejor interpretación y una obra maestra que quiso emular con desigual fortuna Alejandro González Iñárritu en 'El renacido' (2015).

Redford nos devolvía a través de sus personajes el equilibrio roto por la trastienda del poder

Porque el western de Polonsky, Pollack y Redford es pedagógico: a fuerza de sol, persecuciones, desierto y balazos, la tragedia de los últimos indios se fue volviendo intemporal y se hizo presente en medio del movimiento jipi. Así que Redford le quitó la veladura de daguerrotipo que Ford le había aplicado al holocausto de los indios y él la volvió cinematografía esmerilada de admiración y de culpa, gracias en parte a la novela de Vardish Fisher y de su magistral retrato de los tramperos de las Montañas Rocosas. Tony Scott montó un estupendo duelo interpretativo a modo de cambio generacional en la notable 'Juego de espías' (2001), pero Brad Pitt no ha heredado todavía –que sepamos– el talento del rubio de Santa Mónica. Antes, Redford había contado ya con Pitt para una de sus cintas, 'El río de la vida' (1992), basada en la novela de Norman McLean.

Y es que antes se iba al cine a ver una película de Robert Redford, porque lo del cine de autor vino después y porque él vivió la rebeldía como una metafísica cinéfila y ahora lo más indómito que tienen por allí es un secretario de Vivienda de los demócratas. Él ya vivió toda esa pomada de las campañas presidenciales en 'El candidato' (1972), de Michael Ritchie, un cineasta que hay que reivindicar y que ya había puesto a Redford a lanzarse por los cielos, aquella vez con los saltos de esquí, para caer en brazos de la sueca y muy sesentera Camilla Sparv en 'El descenso de la muerte' (1969). Repitió con la hipersensual Natalie Wood en 'La rebelde' (1965) y en 'Propiedad condenada' (1966), el retrato de Tennessee Williams de los estragos de la Gran Depresión. Como la baronesa Blixen, todas las mujeres cayeron rendidas ante los encantos de su libérrimo cazador Denys en 'Memorias de África' (1985). Pero sin duda, su Bob Woodward de The Washington Post en 'Todos los hombres del presidente' (1976) buscando a tientas en el garaje a su fuente, Garganta Profunda, merece capítulo aparte en el memorial de periodistas de celuloide. De alguna manera hemos creído aunque no sea cierto, que el escándalo Watergate que propició la dimisión de Nixon dependió de su responsabilidad y afán de perfeccionamiento. Porque Redford nos devolvía a través de sus personajes el equilibrio roto por eso que hemos denominado la trastienda del poder y que ahora algunos asesores de candidatos llaman las cloacas del estado.

La ética del héroe

Puede que nuestra fascinación por Redford y todo lo que caracteriza su mundo de granujismo y bribonazos a lo Warren Beatty no sea sino un anhelo de libertad, que es lo que el espectador busca en la ficción porque no la tiene; y si hoy Redford representa para la mayoría una ética concreta, además de un héroe y un galán a la carrera, en su momento fue el excipiente en el que el cinéfilo se iba entendiendo, explicando… Cuajando, en definitiva. Por ejemplo, 'Dos hombres y un destino' (1969) no es más –ni menos– que la resolución al eterno dilema de los dos amigos enamorados de la misma mujer, con los acordes de Burt Bacharach. Su filmografía arranca en el turbión contracultural y acaba en este resumen de un viejo ladrón de bancos que se acaba de estrenar y que hubiésemos preferido que hubiese dirigido él. Sus películas como cineasta sobresalen por encima del mantillo mediocre de estrenos: desde su oscarizada 'Gente corriente' (1980), con un apabullante Donald Sutherland, hasta 'Pacto de silencio' (2012), un disimulado ajuste de cuentas con sus vaivenes políticos, pasando por cintas verdaderamente notables, como 'Un lugar llamado milagro' (1998), 'Quiz show. El dilema' (1994), 'La leyenda de Bagger Vance' (2000), 'Leones por corderos' (2007) o 'La conspiración' (2010), amén de las ya citadas.

Redford se retira a descansar y ante el anuncio de su más que merecido reposo, no hemos sino de felicitarlo y sentirnos infinitamente afortunados de haber crecido con sus películas y recibido su legado, para que no se nos olvide y recordarnos tal como éramos.