Jornada de júbilo en la gran casa de la pintura

Visitantes observan El jardín de las Delicias, de El Bosco, en el Museo del Prado. /Víctor Lerena (Efe)
Visitantes observan El jardín de las Delicias, de El Bosco, en el Museo del Prado. / Víctor Lerena (Efe)

El Prado celebró su premio Princesa de Asturias con una jornada de puertas abiertas que atrajo a miles de personas

Miguel Lorenci
MIGUEL LORENCIMadrid

A mediodía, la sala de las 'pinturas negras' de Goya del Prado parece un vagón del metro en hora punta. Los estudiantes franceses se disputan el espacio con abigarradas piñas de japoneses y demás turistas, foráneos y nacionales, que eligieron visitar este sábado la pinacoteca. La mayoría se llevó una grata sorpresa al saber que no debían pagar la entrada. Y es que era día de júbilo y puertas abiertas en el bicentenario museo, la gran casa de la pintura, que celebraba el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades concedido el pasado martes.

Goya Velázquez y El Bosco. Esta es la infalible 'Trinidad del Prado', de la que deseaban disfrutar la mayoría de los visitantes en una jornada que volvía a poner a prueba a un museo, que como el Louvre o la Tate, afronta el reto de gestionar la avalancha y no morir de éxito. Quizá pasaran por sus salas 10.000 personas. Con tres millones de visitas al año, la media del pasado rozó las 8.000 diarias, con un pico de casi 14.000 el 30 de abril. Un flujo que dejó casi 20 millones de euros en taquilla en 2018.

«Además del soldado, ¿van a matar al caballo?». Martín, de siete años, se lo pregunta con cierta angustia su abuelo ante 'La carga de los mamelucos'. No es la primera vez que el chaval ve el imponente lienzo de Goya. Estuvo antes con el colegio y hoy, de la mano de su «yayo» no pierde detalle de la violenta escena goyesca sobre el dos de mayo de 1808. «Mira abu, la sangre del suelo todavía no se ha secado», hace notar el crío. Su abuelo le aclara que el brillo proviene del barniz y la función del barnizado en la tela. «Él me pidió que le trajera a ver el cuadro que había visto con el cole», explica Hernán, el abuelo. Martín también se acuerda de otro cuadro... «Ese con tanta gente pequeñita y tantos bichitos», dice pensando en 'El jardín de la delicias', del Bosco, su próxima etapa en la visita sabatina.

Un regalo

Goya también es el imán más poderoso para de Mathilde, estudiante francesa de 18 años que ha viajado desde París con 61 compañeros de su instituto. Ninguno sabía que la entrada era gratuita, pero Laurent, su profesor, les explica que se debe al galardón concedido por la Fundación Princesa de Asturias al museo.

Directamente a la sala de 'Las meninas' se dirigen Begoña, Vicenta, Camino, Naiara y Janire. Son cinco amigas llegadas desde de Guipúzcoa y que no sabían que la entrada era gratis ni que el museo hubiera sido premiado. Se lo toman «como un regalo» y dedicarán «a otras cosas los 75 eurazos» que van a ahorrarse. «No entendemos mucho de arte y estaremos poco más de una hora», confiesan. Llegan a la puerta de Goya tras una media hora de cola. «Es lo que se tarda cualquier otro fin de semana», aclaran Paz y Alejandra, bedelas este sábado en la puerta norte, la de Goya, la más concurrida.

Desde Burgos han viajado Antonio y María Teresa. Son «habituales» que han recorrido ya «cuatro o cinco, veces» el museo. Pero creen que su oferta «nunca se agota». «Goya y Velázquez nunca están vistos del todo», dicen aclarando sus intereses, aunque también quieren ver la exposición de Giacometti.

Las esculturas del suizo se despliegan por la primera planta del edificio Villanueva, pero en la sala de 'Las meninas', con media docena de bronces entre bustos, figuras filiformes y estilizados caminantes situados en el centro, el escultor pierde el pulso ante el pintor sevillano. Casi todo el mundo da la espalda a las esculturas para contemplar el universal lienzo velazqueño.

Aarón y Daniela, venezolanos con cuatro años en España, acuden al museo con sus hijos. Es la primera vez que Ignacio y Zara, seis y siete años, visitan la pinacoteca, pero ya saben por sus padres que «lo mejor» son Goya y Velázquez y que 'Las meninas' es la estrella. Ante ellas se aglomeran los visitantes y es difícil hacerse un hueco entre los japoneses arracimados en torno a su guía. En las salas anejas casi nadie se agolpa ante 'La hilanderas', 'La fragua de Vulcano' o 'Los borrachos'. Pero el enjambre se reproduce de nuevo ante 'Las lanzas'.

Alejandro, un estudiante de 11 años, hace de guía para sus padres. Estuvo antes con el colegio y el cuadro de Velázquez le fascinó. «Nos ha explicado cosas que desconocíamos», dice risueña su madre, Ana. Reservó entradas con antelación y pagó. «Pero un correo electrónico del museo me dice que nos devolverán el dinero; es lo justo», dice satisfecha y encaminándose hacia las salas de Goya, El Bosco y Rubens.

Laura, Paula y Alba, de 14 años, vienen de Tenerife y estudian en el Instituto Santa Úrsula de la misma localidad. Ni Velázquez, ni Goya ni el Bosco suscitan su interés. En su primera visita al Prado tienen un objetivo claro: «Las estatuas griegas y romanas». «Preparamos un trabajo para el 'cole' y antes hemos estado en el Museo Arqueológico viendo más esculturas», aclaran.

La mejor 'Gioconda'

Ante 'El jardín de las delicias' las aglomeraciones son como las de cualquier otro día. Diego, de 15 años y estudiante de cuarto de la ESO, explica con desparpajo a Alberto y Julia, sus «compis» detalles de las escenas pintadas por El Bosco hace 500 años. Antes han pasado un buen rato ante 'Saturno devorando a sus hijos'. Los tres preparan un trabajo de plástica sobre el lienzo de Goya. También han visto la llamada 'Gioconda del Prado', atribuida al taller de Leonardo da Vinci y que para Diego «es mejor que la del Louvre». El chaval ha visto en París la otra, «más famosa y valorada y con una sonrisa quizá más misteriosa, pero sin el colorido de esta, que es insuperable y mucho mas vivo», dice. «La del Louvre está muy amarilla», lamenta.

«Qué pequeñitas. Esperaba que fueran mucho más grandes», exclama Amparo ante las majas de Goya. Viene desde Valencia y ha decidido regalarse en su cumpleaños su primera visita al museo. Con 'Las meninas' le pasó lo contrario. «Me pereció muy grande cuando creía que era una tela más pequeña», aclara antes de dirigirse a las salas del Greco, otro sus objetivos en esta jornada en la que ha arrastrado a su compañero Carlos.

Darín, de 27 años, estudiante de arte y fotógrafa, ha estado en el Prado tres veces antes. Le acompaña Pablo, otro estudiante de arte de la misma edad y más asiduo de la pinacoteca que ha visitado «al menos en diez ocasiones». Tampoco sabían que sería gratuita una visita que alaragrán al menos dos hora y que comenzarán también por Goya y Velázquez.