olvidada y dolorosa historia de los Maqueira
El impresionante panteón de la familia Maqueira. / H. Sastre

La trágica, olvidada y dolorosa historia de los Maqueira

  • Un panteón del siglo XIX acoge en El Carmen a un matrimonio y sus tres hijos de corta edad y los posibles restos del primer regidor tras la Guerra de la Independencia

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Lo primero que llama la atención del visitante es la presencia de cuatro niños empapados en lágrimas que flanquean el panteón familiar de los Maquieira, situado a la entrada del camposanto decimonónico de El Carmen, en cuyo lateral puede leerse sobre frío mármol que allí reposan los restos de ‘Los tres párbulos Mario, Gregorio y Alfredo Fernández Ruiz Maquieira’, tres hermanos de corta edad fallecidos a mediados del siglo XIXque comparten sepultura con sus padres, Laureano y Casiana, y presumiblemente con el que fuera el primer regidor de Valladolid al final de la Guerra de la Independencia (de 1814 en adelante), Francisco Fernández Santos, el padre de Laureano.

Esto último, al menos, es lo que sugiere un buceo en la historia olvidada de los Maquieira y su pétreo testimonio edificado entre los años 1856 y 1857, a cargo del escultor de cámara de Su Majestad (Isabel II), Nicolás Fernández de la Oliva, según recoge la licencia de obras concedida por el Ayuntamiento. Suyo es uno de los panteones, fechado formalmente en 1859, más antiguo y llamativo, sin duda, del paseo principal del cementerio.

Allí, en el lateral izquierdo, destacan los nombres de Laureano Fernández Maquieira (fallecido en 1867) y de su esposa Casiana Ruiz de Ayú, así como la dedicatoria de estos (previa a sus propias muertes) a sus ‘adorados padres’. El del Laureano fue Francisco Fernández Santos (fallecido el 22 de agosto de 1825), conde de Santa Coloma, y regidor de la capital a partir del año 1814 (al inicio del reinado de Fernando VII). Sus restos, a tenor de la inscripción, descansan presumiblemente en el panteón familiar de los Maquieira.

Lágrimas para los ‘párbulos’

Pero es el lateral derecho el que muestra el motivo sobre el que gira la fúnebre decoración escultórica: la muerte de los tres hijos de Laureano y Casiana (Mario, Gregorio y Alfredo –este último nacido en 1842–), cuando aún no habían alcanzado la edad escolar, explica el porqué de la presencia de las figuras de cuatro niños que lloran la tragedia de esta familia.

Nada sobre ellos recoge la prolija hemeroteca de El Norte, que arranca en 1854 –los pequeños debieron morir antes de esta fecha–, aunque sí sobre su padre, Laureano, al que las muchas crónicas sobre su figura dibujan como un hombre piadoso, ferviente católico y viticultor capaz de obtener un «vino blanco añejo de cuatro años del término de esta capital –de sus viñedos de Argales– que rivalizaba en calidad con lo superior de tierra de Medina», según recoge una información de 1859.

Dos años después, el 27 de octubre de 1861, una segunda crónica sobre su figura destacaba su papel como benefactor de enfermos sin recursos al borde de visitar el más allá. «El señor Maquieira averigua inmediatamente la posición del enfermo y, si es pobre, le pasa diez reales diarios –una buena suma para la época– hasta su restablecimiento». El propio Laureano rubricó una aclaración al día siguiente en la que explicaba que esa cantidad la donaba durante los nueve días posteriores a la visita del Señor –léase defunción– y lamentaba que su nombre se hubiera publicado. «No encuentro mérito ni motivo para que estos actos se hagan del dominio público», consideraba antes de agradecer, eso sí, la intención del director del periódico.

Depositario municipal

Laureano Fernández Maquieira murió el 14 de julio de 1867 y su nombre, y el de su esposa, aún se colarían en el periódico, ya que sus testamentarios fundaron una misa en su memoria en la iglesia de Santiago a partir de 1879, que debía oficiarse cada festivo a la una de la tarde. Aquella fundación ya no tiene vigencia hoy y solo el panteón familiar recuerda la historia olvidada, un retazo del Valladolid del siglo XIX, de la familia Maquieira. Su esquela, por cierto, la costeó el Ayuntamiento y en ella figura que llegó a ser depositario de la Casa Consistorial. En 1867, entre otros, figura como donante de 50 reales para costear el monumento al Conde Ansúrez que aún hoy, en parte gracias a él, preside la Plaza Mayor.