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Delibes vuelve al Campo Grande

Feria del Libro de Valladolid

Delibes vuelve al Campo Grande

07.05.10 - 00:46 -
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En una tertulia en el Hotel Felipe IV saltó la chispa de 'El hereje' en 1995 y ayer en otra tertulia, en el Pabellón de Autores de la Feria del Libro, se recordó el largo proceso de gestación, tres años, de la última novela de Miguel Delibes. La dedicó a la ciudad que le «dio su instrumento de trabajo, la lengua» y su máximo representante, Javier León de la Riva, ofició de moderador entre cuatro especialistas que ayudaron al escritor a documentar la historia de Cipriano.
La única obra histórica de Miguel Delibes tuvo como primer ayudante a su hijo Germán, catedrático de Prehistoria, que confesó derivar los asuntos de fondo a su amigo el profesor Teófanes Egido. «Me pedía información de todo, de los trajes, los usos, los vehículos, los caminos, en eso le podía ayudar yo. Pero quien era un experto en la Reforma y la Contrarreforma y le tenía cerca era Teófanes, y ahí comenzaron sus penas», explicó Germán Delibes de Castro.
Egido intentó saciar «la curiosidad irrefrenable» del autor que «quería saberlo todo del tema, preguntaba sobre cualquier referencia que aludiera a ese tiempo». Teófanes confesó que aprendió mucho de él e intentó minimizar su aportación, matizada por Germán. «Hace dos semanas abrí sus carpetas con la documentación de 'El hereje' y allí vi las cartas entre ambos. Pero además de papeles, compartimos varias comidas. Mi padre tenía un gran sentido del humor y Teófanes, de la ironía. Un día me dijo Teófanes delante de él 'tu padre ya está para aprobar, hay cosas en las que me moja la oreja'».
El penalista Ángel Torío era uno de los asistentes a la tertulia de aquel hotel, fundada por Emilio Alarcos. Fue él quien le proporcionó la pista del proceso inquisitorial sobre el grupo del Doctor Cazalla, los heterodoxos de Valladolid, en 1559. «En ese momento se vive bajo un derecho penal químicamente puro, donde el pecado se identifica con el delito. La unidad ético-jurídica se mantiene en Europa occidental hasta el siglo XVIII».
Anastasio Rojo Vega, profesor de la historia de la medicina y colaborado de EL NORTE, asistió a Delibes en los aspectos técnicos y científicos del renacimiento español. León de la Riva, con memoria de ginecólogo, rememoró la escena del nacimiento de Cipriano en una silla de partos. «No era usual en Castilla porque aquí se paría en la cama. Pero Valladolid era la capital de la corte y vivían muchos extranjeros. Esas sillas se usaban en Flandes y aquí se tiene noticia de dos». Anastasio confirmó que el doctor Almenara que ayudó a Cipriano a nacer existió. Aborrecido por su padre, quien le culpaba de la muerte de su madre fue abandonado en el hospital de los niños expósitos. «Hay que recordar que el amor paterno-filial no se da hasta el siglo XVIII. Sólo en Valladolid se cuentan un 25% de niños abandonados. También hay que aclarar que Valladolid estaba bien dotada de instituciones que recogían niños y aquí venían los de Galicia, Asturias o la montaña, ahora Cantabria», dice Egido.
Consulta espiritual
Animado ya por los derroteros que tomaba la conversación, el carmelita reconoció «que discutimos muchos por dónde mandar al niño. Por mí hubiera ido a los doctrinos pero él eligió a los expósitos. Al final se demostró que fue buena idea, tenía razón él».
Egido se sintió fuente histórica pero en cuanto a religiosidad, «tenía la sensación de que no se fiaba de mí y buscó otra opinión que le merecía más garantías». El cronista de Valladolid reconoció que «el tema de fondo, la libertad de conciencia y la religiosidad, era materia muy sensible. Discutimos sobre una frase para el comienzo del libro que fuera de una gran autoridad. Casi acordamos una de San Agustín y cuando publicó el libro vi que la cambió por una de Juan Pablo II exhortando a reconocer los episodios más oscuros de la historia de la Iglesia y evitar la violencia».
Si Egido le dio los mimbres de la vida social y política, Rojo Vega le trenzó los de la ciencia y la transmisión de conocimiento. Cipriano lee en la biblioteca de su tío jurista. «Las bibliotecas renacentistas españolas tenían unos 200 volúmenes. Medina del Campo era el lugar de distribución de libros más importante de la Península. Llegó a haber sucursales de diez editoriales europeas allí. Las obras fundamentales, de Erasmo, Copérnico, las tenían todos».
La novela más laboriosa de Delibes, para la que empleó un año en documentarse y dos en la escritura, «es la que más le hizo sufrir y con la que más disfrutó», dijo Germán. «Le hizo sufrir porque se sentía inseguro de no llegar a dominar toda la información y porque decía que sentía que le observaban, tenía presente la crítica». Entre los disfrutes, su hijo destacó los viajes que emprendían para determinar los escenarios de la acción. Los ojos de Germán son el testigo de lo que ya son palabras.
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Desde la izquierda, Ángel Torío, Teófanes Egido, Javier León de la Riva, Germán Delibes y Anastasio Rojo Vega, en la mesa homenaje a Miguel Delibes. :: HENAR SASTRE

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