Ascenso y caída del arqueólogo falangista

Santa-Olalla, a la derecha de la foto, con Himler
Santa-Olalla, a la derecha de la foto, con Himler
  • Su germanofilia exacerbada acabó por pasar factura al burgalés

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Durante sus sucesivas estancias en Alemania, donde impartió conferencias y participó en numerosos actos, Santa-Olalla cursó reiteradas invitaciones a la Ahnenerbe para reanudar las excavaciones en Castiltierra, pero muchos de los científicos alemanes se encontraban ocupados en investigaciones y saqueos en los territorios de Rusia invadidos. En la España de los primeros cuarenta, el arqueólogo burgalés estaba en la cima de su carrera, aunque el curso de la II Guerra Mundial no pintaba bien para las potencias del Eje y la excesiva germanofilia de Santa-Olalla acabó pasándole factura. La España de Franco viraba hacia posiciones más neutrales y el arqueólogo fue cayendo en desgracia. A pesar de todo, «Santa-Olalla permanecería fiel a sus corresponsales alemanes más allá del cambio de sentido de la guerra, lo que enconaría aún más su posición de aislamiento respecto a la clase dirigente de la arqueología española, que le consideraba poco más que un intruso en la vacante Cátedra de Historia Primitiva del Hombre en la Universidad de Madrid y recelaba de su poder omnímodo en la Comisaría General de Excavaciones», apunta Gracia. Santa-Olalla siguió al frente de este organismo hasta su cese, en 1956.

La pequeña parte del expolio nazi de la necrópolis de Castiltierra que los alemanes devolvieron a Julio Martínez Santa-Olalla pasó a formar parte de su colección particular. En 1973, después de fallecido el arqueólogo, el Estado adquirió esa colección y la depositó en el Museo Arqueológico Nacional. De Castiltierra había unas cajas con cráneos y otros restos óseos descontextualizados.