«La verdadera pobreza es cuando el hombre pierde la dignidad»

Jorge García, junto a la entrada de la iglesia de Jesús Obrero, en el barrio de Pizarrales/Laya
Jorge García, junto a la entrada de la iglesia de Jesús Obrero, en el barrio de Pizarrales / Laya
Jorge García - Párroco de Pizarrales

El actual sacerdote de Jesús Obrero fue delegado diocesano de Cáritas durante diez años, una etapa que le marcó

EVA CAÑASSalamanca

La Marcha Teresiana de Alba de Tormes marcó su vocación. Fue en esa localidad donde pasó su adolescencia y juventud muy vinculado a la Iglesia, en diferentes grupos parroquiales.

Pero Jorge García Gómez, actual párroco de la iglesia de Jesús Obrero de Pizarrales, nació en La Lurda (localidad de Garcihernández) en el año 1969, en el seno de una familia numerosa, de nueve hermanos. Allí vivió su infancia, hasta lo que entonces se denominaba sexto de EGB. Su madre, que era maestra, fue traslada a la villa albense y allí fue forjando sus actuales pasos.

La vocación no le surgió de un día para otros, fue labrando su camino, y de forma especial tuvo algo que ver la Marcha Teresiana. «Cada septiembre, en una misma fecha, recorres los mismos caminos que Teresa de Jesús, y al final, poco a poco te marca», detalla. De esa experiencia destaca un momento de reflexión que viven cada año antes de entrar en Alba de Tormes,«donde nos paramos y se les pide a los peregrinos que hagan su compromiso para el año, y cómo esa experiencia la llevan a la vida que comienza una vez terminada la marcha».

Y fue en esos compromisos donde Jorge García fue fraguando la vocación, como él mismo admite. También ayudó su implicación en la parroquia de Alba, en diferentes grupos, desde catequesis, las convivencias o las experiencias que vivían en forma de vigilias. «Y al final, acabé en el Seminario Mayor».

Pero antes pasó por el servicio militar, sin salir apenas de su localidad ya que lo realizó en la Cruz Roja de Alba de Tormes tras la jura de bandera en la capital. Después, terminó COU y con 19 años entró al Seminario Mayor, donde pasó cinco años de formación.

«Para mí, la ordenación importante fue la de diácono, que es donde uno da el paso definitivo a lo que uno quiere hacer, donde te marca el ministerio presbiteral», relata. Porque para este párroco, un diácono es el que sirve, «y el único poder que te da Dios es el de servir».

Recuerda el simbolismo de la fecha en la que se ordenó como diácono, un 14 de septiembre, festividad de la Exaltación de la Cruz, así como la de su ordenación como presbítero, un 3 de mayo, la antigua fiesta de la Cruz que se cambió a la de septiembre para no coincidir en Pascua. «Mi ministerio siempre ha estado marcado por la Cruz», sentencia.

Y su primer destino como sacerdote no le alejó mucho de Alba de Tormes, ya que fue a cuatro pueblos de la zona: Valdecarros, Pedraza de Alba,Gajates y Galleguillos. Allí estuvo durante tres años, llamado por la petición que hizo el sacerdote de Larrodrigo, Leoncio Redero, para formar equipo en la zona, pero que finalmente no pudo ser porque terminó en Paraguay.

Esos años en el mundo rural los recuerda como algo «muy bonito», con gente sencilla de los pueblos, «y fui feliz en el sentido de que era la vida con el pueblo y aprendí en aquellos primeros años que la pastoral no son acciones sino vivir con el pueblo, visitar a alguien si caía enfermo, tomarse un café con ellos...».

Pero si un destino le ha marcado profundamente en su vida ese fue su segunda tarea ya como sacerdote, en concreto, como delegado diocesano de Cáritas de Salamanca, donde estuvo durante diez años. «Allí el ministerio es distinto y la relación con el mundo de la pobreza, de la exclusión, de la dureza de la vida, te marca el ministerio para toda la vida», añade. Jorge cree que son realidades que a veces no las ves, «pero si te ponen enfrente, no hay otra manera, te encuentras con ellas, y Cáritas te permite encontrarte con ello».

De esa etapa se aprenden varias cosas, enumera, por un lado, «a que tu no puedes solucionar los problemas de la gente pero sí acompañarla para que su vida y desde sus fuerzas puedan salir a flote», porque como determina, «a veces nos creemos salvadores del mundo y el mundo nosotros no lo podemos salvar, pero lo que podemos hacer es acompañar, y eso es muy importante, al igual que escuchar».

De su etapa en Cáritas aprendió a que hay que respetar el proceso de cada uno, «te das cuenta de que las cosas no son porque sí, no puedes juzgar a una persona por dónde está, las cosas no son porque las busques sino porque te las encuentras, y te das cuenta rápidamente, y lo aprendes estando al lado de ellos». Jorge García asegura que no es toxicómano porque tuvo la suerte de vivir en un pueblo, en un entorno saludable, «pero su hubiese vivido en otro entorno es muy fácil caer, no porque quiera sino porque donde estás te lleva».

Este sacerdote se encontró en esta organización diocesana con la verdadera pobreza, «que es cuando el hombre pierde la dignidad, esa es la quiebra tremenda de la destrucción humana, y es muy fácil perder la dignidad».

Y tras su labor como delegado en Cáritas llega su labor actual, desde el año 2009, en la iglesia de Jesús Obrero de Pizarrales. En ese momento, el obispo Carlos López ya le había nombrado delegado de la Pastoral Social, un cargo que todavía ostenta, donde se engloban todas las iniciativas sociales de la Iglesia.

«Salamanca tiene una buena estructura en la atención de las diferentes parroquias y Cáritas está presente en todas ellas a través de sus grupos parroquiales, que es donde está la cercanía con la gente, las visitas a las casas, la escucha de sus necesidades», subraya. La tarea de la Pastoral Social, en palabras de su responsable, es «iluminar todo desde la doctrina social de la Iglesia y acompañar al delegado de Cáritas para que esto funcione». Dentro de esa pastoral también está Manos Unidas, entre otras iniciativas religiosas. «Ahora se quiere dar un acento en la pobreza del mundo rural».

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