El escritor José María Merino, en su cuarto de lectura.
El escritor José María Merino, en su cuarto de lectura. / A. Pino-Efe

«Hay más lectores, pero el gusto literario
ha caído por falta
de formación»

  • El académico se adentra en un ensayo en el mundo fantástico del que se abastecen los escritores, dejando traslucir su voracidad lectora y su apetencia por los clásicos

Exigente catador literario, ganador de premios como el Nacional de Narrativa y el de la Crítica de Castilla y León, José María Merino (La Coruña, 1941), leonés de adopción, no conoce paréntesis creativos. Enlaza una obra con otra ya sean cuentos, novela, ensayo o poesía, y ahora vuelve con ‘Ficción perpetua’ (Menoscuarto Ediciones), continuación de ‘Ficción continua’, un trabajo en el que ha recopilado conferencias, artículos e intervenciones en foros a los que acude este académico de la Real Academia y del que se sirve para transmutarse en un Robinson Crusoe salvador de escritores y obras de un imaginario naufragio que le da pie a aventurarse en los mundos quiméricos de autores favoritos.

–¿Cómo se le ocurrió reunir este material?

–En su día hice acopio de charlas y artículos para revistas que me habían encargado, pasaron los años y tuve un material que pensé que podía publicarse dentro de aquella línea que marqué en ‘Ficción continua’.

–¿Qué criterio ha seguido en la selección?

–En la primera parte recojo conferencias o ensayos de diversa temática, quise hacer un abanico de temas, que incluyese desde los libros que más me interesaron cuando era joven hasta ‘El Quijote’, que suelo reflexionar mucho sobre él, hablar del español, del cuento, de lo que es la ficción en sí misma, de la novela, de la literatura fantástica, que no tenemos muy claro exactamente lo que es y no está de más reflexionar sobre ello. En la segunda parte quise hacer como una modestísimo y peculiar panorama temporal de la literatura, desde la oral hasta la destrucción de los libros, que es lo que estamos viviendo.

–¿Cómo entiende usted la ficción?

–Es algo sustantivo al homo sapiens, una forma simbólica de interpretar la realidad, algo natural a nuestra especie. Yo con la ficción intento organizar historias que puedan ser sugestivas para otros lectores, pero lo que en principio busco es desentrañar cosas que a mí mismo me parecen extrañas, confusas, con la ficción descifro la realidad. Y es que la realidad en sí misma la podemos interpretar a través de la historia, de la psicología, de la filosofía, de la sociología pero para entenderla es absolutamente necesaria la ficción.

–Habla también en su obra de los libros que salvaría de un naufragio.

–Hace años hice una gira con una serie de conferencias publicadas que se llamaba ‘La biblioteca del náufrago’. Participaron muchos escritores y se celebraron las charlas en lugares de Castilla y León. Y lo que hice fue hablar de libros y elegir aquellos que formaron parte de lo que fue mi formación, desde las inolvidables enciclopedias pasando por los ‘Quijotes’ que leí antes de leer ‘El Quijote’, es decir, las secuelas de esa genial obra de Cervantes: ‘La isla del tesoro’, ‘La vuelta al mundo en 80 días’..., luego hablo de poesía, de los autores que me entusiasmaban como Rosalía de Castro, Bécquer, Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado...En fin, que dibujé un panorama de lo que fue mi relación de joven con la literatura imaginándome un Robinson Crusoe que había naufragado, y en el barco quedaban libros que había que recuperar y tenía que pensar cuáles me llevaba. Así elegí los cuentos de Mau-passant,‘Niebla’, de Unamuno, novela que me ha influido muchísimo; ‘Rojo y negro’, de Stendhal; ‘La montaña mágica’, de Thomas Mann, novela inolvidable que cierra la gran literatura, porque luego la literatura ha ido a menos. Y hablo también de la ficción científica y de la crónica sobre la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo, que no puedo entender cómo los españoles no lo tenemos como libro de cabecera. Si los cronistas de la conquista de América en vez de españoles fuesen anglosajones serían clásicos de la modernidad.

–¿Cómo es el mundo fantástico del que se nutren los escritores?

–No sé si es fantástico, tengo mis dudas. Podemos soñar que volamos y eso no pertenece a lo fantástico, pertenece a la realidad, estamos en nuestra vida física y estamos volando en sueños. Posiblemente lo fantástico nos pertenezca de una manera natural porque es producto de la ficción. La persona que quiere crear ficciones es como una especie de cazador que tiene muy despierta la curiosidad y le proporciona estímulos inesperados para convertirlo en materia narrativa.

–¿Hay una visión despectiva hacia lo fantástico?

–La ficción se construye tanto desde una perspectiva maravillosa como desde una realista. Galdós lo que escribe son ficciones, no hace crónicas de la realidad. Cuando escribe ‘Fortunata y Jacinta’ levanta una ficción sobre un mundo familiar. Todos los escritores construimos ficciones, hablo de la invención de historias que sean realistas, fantásticas, maravillosas, etc. Otra cosa es que se valore más la ficción realista que la fantástica o maravillosa. A mí me sorprende que la Universidad española haya valorado tanto a Borges o a Kafka sin darse cuenta de que son escritores fantásticos. Ahora, efectivamente, hay como un mayor respeto hacia la ficción realista. En eso tienen mucho que ver 400 años de Santa Inquisición, que aborrecía lo fantástico.

–¿Cómo ve el panorama literario?

–Cuando leo ‘El conde de Montecristo’, que era literatura de entretenimiento del XIX, encuentro que es interesantísima. Sin embargo, muchos ‘best sellers’ actuales, como ‘El código Da Vinci’, de Dan Brown, cuando yo era niño no se vendería ni en los kioscos porque estaría por debajo de autores de kioscos. El ‘best seller’ de usar y tirar está en un momento que en el pasado nunca ha tenido tanta fuerza como ahora. Y eso es síntoma del empobrecimiento cultural. Si la gente consume cosas de menos calidad no es por falta de dinero. Que se esté olvidando el siglo XIX, a Tolstói, a los clásicos y que haya novelas que uno ojea y no entienda cómo alguien puede aguantar una cosa tan sosa, reiterativa y pesada... La lectura se ha democratizado, hay más lectores, pero el gusto literario ha caído. No hay que olvidar que ‘best seller’ era Dickens, lees una novela suya y los personajes viven aún, no han perdido vigencia.

–¿Cuál es el secreto de contar bien?

–Para empezar, hay que creerse uno lo que uno cuenta. Y luego, pues oye, trabajar para que aquello tenga la estructura, la forma, el lenguaje más adecuado para que lo que crees que puedes contar lo ofrezcas de manera atractiva. En estos tiempos el secreto es contar cualquier patochada.

–¿Por qué cree que estamos en época de destrucción de libros?

–Estamos asistiendo un poco a la extinción del libro como soporte de transmisión ya no digo de conocimientos, pero sí de ficciones, de poesía, etc. Es un momento muy duro. En mi barrio había tres librerías y han cerrado. Es que ya no se compran libros. Y no es que se pirateen, es que se lee menos. Entre otras cosas ha llegado ese aparato que es el teléfono móvil, un verdadero peligro, que nos ayuda, pero estamos depositando en él todo nuestro interés, ya no nos comunicamos si no es a través del móvil. Vivimos un momento terrible, creo que el roto no se va a zurzir, en este y en otros aspectos. Logros que tanto luchamos por conseguir ahora se pierden en un panorama de salarios basura, trabajos temporales... y vamos a esa precariedad en todos los campos de una manera dramática.

–¿A qué achaca la pérdida de calidad en las lecturas?

–A la formación. Ahora en muchas comunidades a los chicos en vez de darles libros les ponen una pantalla. Me encanta Internet, pero sé utilizarlo, no veas lo bien que me ha venido Google. Pero para eso hay que formar a la gente. Si no miramos a los clásicos volvemos a la Edad Media, a un mundo cada vez más estúpido, sin memoria. He ido a muchísimos institutos, me gustaba, porque era como ir a las trincheras. Allí olía cómo estaba el panorama. Y encuentro a los profesores cada vez más desmoralizados y a los chicos más autistas, no entienden palabras que deberían ser del léxico cotidiano. Hay que hacer una profunda reflexión sobre la educación que queremos y cómo formar a los nuevos ciudadanos y no tratarla como todo lo demás; porque la educación y la investigación no son como todo lo demás para recortar.