Muere Alejandro Rebollo, historiador del arte y del patrimonio de Valladolid

Enamorado de la ciudad y su Semana Santa ha fallecido a los 63 años

El profesor Alejandro Rebollo, profesor del Historia del Arte (UEMC), señala una cocha de peregrino en la calle Santiago./El Norte
El profesor Alejandro Rebollo, profesor del Historia del Arte (UEMC), señala una cocha de peregrino en la calle Santiago. / El Norte
JAVIER BURRIEZA SÁNCHEZ

Muchas cosas nos tenía que contar todavía el historiador del arte Alejandro Rebollo, que ha muerto en Valladolid cuando terminaba el 13 de agosto, a los sesenta y tres años. Era un profesor e investigador inquieto y apasionado, un creyente que transmitía, vocacionado desde sus estudios, preocupado por conservar el patrimonio artístico e histórico y por darlo a conocer didácticamente. Sus aportaciones fueron probadas desde su tesis doctoral bajo la dirección del maestro Juan José Martín González y se convirtió en toda una autoridad sobre la construcción urbanística del Valladolid renacentista y de su Plaza Mayor. Eso le condujo a prestar atención a los símbolos de identidad de la ciudad como su Escudo. La docencia la ha ejercido de manera muy amplia y con diferentes auditorios, desde los aplicados alumnos de la Universidad de la Experiencia, hasta la formación de profesionales en la explicación patrimonial del turismo, dentro de la Universidad Europea Miguel de Cervantes.

Cofrade de la Vera Cruz, siempre será a través de sus obras una voz necesaria en el estudio de la Semana Santa, desde el arte, la dimensión turística e incluso el patrimonio fotográfico. Así lo plasmó en compañía de Nieves Sánchez Garre en «Imágenes y escenarios de la Semana Santa vallisoletana (1958-1984)». Pregonero y conferenciante pero, sobre todo, colaborador de la Junta de Semana Santa a través de las cinco exposiciones de las que fue comisario: Rebollo buscaba, perseguía en el olvido, impulsaba la restauración, explicaba, estudiaba, escribía en catálogos muy coordinados y trataba de proyectar y cambiar situaciones que no entendía y en las que no siempre tuvo éxito. Con todo, resulta indispensable leer esos títulos de las últimas exposiciones desde 2015, siempre tan sugerentes como las dedicadas a los emblemas de la Pasión («Signa Christi»); la iconografía del viacrucis («Nazarenus»); su imagen («Vera Icon»); la presencia de la Dolorosa («Stabat Mater») o la propia de Cristo («Ecce Homo»). Por dos veces tuvo que ser prolongada en el Museo Diocesano y Catedralicio, en 2016, la exposición «Corpus Christi. Historia y Celebración».

Pero todavía podemos encontrar otras realidades académicas como el manual «Historia del Arte y Patrimonio Cultural en España»; su entusiasmo por impulsar las tradiciones como el belenismo, sus colaboraciones en la veterana revista «Aleluya» y su Asociación vallisoletana. Rebollo se hubiese merecido un ambiente más cómodo de trabajo. Así, este hombre de gran cultura, de muchas lecturas, que sabía comunicar, enseñar e iluminar, se mostraba como un profesional generoso que nunca miraba el reloj. Todo un ejemplo para su familia y para los que aman el pasado y el arte. En los próximos meses, este admirador de san Felipe Neri, volverá a hablar desde la letra impresa cuando la Biblioteca de Autores Cristianos, publique las actas del último simposium sobre Isabel La Católica, a la que gustaba tanto estudiar. Espero que leyendo a Rebollo se sigan despertando inquietudes por siempre.