Mercedes, la vallisoletana que busca a su padre en el Valle de los Caídos

Mercedes, en su casa de Valladolid, con la foto de sus padres. /ALBERTO MINGUEZA
Mercedes, en su casa de Valladolid, con la foto de sus padres. / ALBERTO MINGUEZA

A punto de cumplir 85 años, la hija de Rafael se ha sometido a la prueba del ADN, a la espera de una orden judicial que permita exhumar el cuerpo que podría ser su progenitor

Víctor Vela
VÍCTOR VELAVALLADOLID

Hay, desde hace 82 años, un abrazo pendiente en la vida de Mercedes Abril. Quiere Mercedes devolver el último gesto de amor que su padre, Rafael, le regaló el 17 de septiembre de 1936, antes de que lo mataran. El problema es que no hay sepulcro donde llevar flores, no hay tumba ante la que llorar, no hay lápida que acariciar. Mercedes tiene la certeza de que su padre está enterrado en el Valle de los Caídos. Pero no lo puede confirmar. Está convencida de que Rafael Abril Avo es uno de los 12.410 cuerpos sin identificar que descansan en las tripas del mausoleo de Guadarrama, pero no hay resolución judicial que le permita demostrarlo con una prueba de ADN. El día en el que el Gobierno inicia el proceso para exhumar los restos de Francisco Franco, Mercedes reclama «justicia»para abrazar a su padre.

Esta es la historia de cuatro postales, una tumba vacía y una delación.

Tiene Mercedes en casa una carpeta de generosas anillas, henchida de documentos, en el lomo con las palabras 'papá y mamá'. Dentro hay fotos, postales, fotocopias de archivos, de peticiones y respuestas. Es el puzle de la vida de Rafael. Aunque falta la pieza más importante.

«Mi papá se puso muy enfermo a los 17 años y el médico les dijo a mis abuelos que le convenía un cambio de aires». Manuel Abril Ros, el padre de Rafael (Alicante, 1907), el abuelo de Mercedes, era ferroviario maquinista. Por el bien del chico, pidió el traslado desde el Mediterráneo hasta el interior de Castilla. Se instaló en Valladolid. Aquí, en su nuevo hogar, Rafael sacó las oposiciones «para Renfe y Hacienda». «Pudo elegir y al final se quedó con el ferrocarril, como su padre». Aquí conoció a Eusebia Alonso Pérez (Valladolid, 1909). Se casaron. Después de un primer destino en Burgos, Rafael pidió una plaza «para vivir con su familia en condiciones» y le enviaron en 1930 como jefe de estación a Calatayud. Al poco, le trasladaron a Clarés de Ribota. Su primer hijo, Manuel, nació muerto en 1931 después de que Eusebia recibiera «un pelotazo en todo el vientre cuando unos niños jugaban al fútbol». En 1933 llegó Mercedes. Después vendría el pequeño Rafael. Nació el 18 de septiembre de 1936, horas después de que detuvieran a su padre. El pequeño falleció tan solo diez días más tarde. Para entonces, su padre ya estaba muerto.

El 17 de septiembre de 1936, a punto de cumplirse dos meses del inicio de la Guerra Civil, Rafael salió de casa (vivía en la estación)con su familia cuando le vinieron a buscar. «Se lo llevó la Falange y la Guardia Civil. La estación estaba en un alto y mi padre me subió hasta allí en brazos. Fue el último abrazo que me dio». «Se lo llevaron detenido junto con otro en un camión y lo encerraron en el mercado de abastos de Calatayud». Desde allí, Rafael escribió cuatro postales a su mujer. En la primera, del día 19, le pedía «toallas, peine, jabón y una manta», recordaba que los días de entregar ropa eran los miércoles y sábados y mandaba besos para Merceditas. En la última, del día 22, le cuenta a Eusebia que escribe todos los días para que su esposa tenga «más tranquilidad». Había, de nuevo, besos para Merceditas y para el pequeño Rafael. La última noticia que se tuvo del ferroviario llegó dos días después: una carta devuelta que Eusebia le escribió. En el sobre, solo una palabra con el porqué de la devolución de la misiva: «Salió».

Las manos de Mercedes sujeta una fotografía de su padre. Debajo, las postales que Rafael escribió desde el mercado en el que estuvo detenido y la delación del cura de la localidad. / A. MINGUEZA

«Entonces mi madre supo que lo habían matado. Si te contestan eso, que salió, ya te han dicho bastante», cuenta Mercedes, mientras exhibe un trocito de papel.

–¿Qué es?

–Es la declaración del cura del pueblo, el 4 de marzo de 1938, varios meses después. La prueba de la delación.

Decía: «Destacado comunista extremista, pertenecía a la CNT. Un sujeto muy malo en toda la extensión de la palabra». Ponía: «Por el teléfono de la estación recibía órdenes que comunicaba a sus amigotes, celebrando constantes reuniones con ellos en la misma estación. Animó para que cortaran la carretera, el teléfono y el telégrafo, como lo hicieron». Añadía: «Religiosamente hablando era ateo. No podía ver a la Iglesia, de la que siempre hablaba muy mal y lo mismo de curas, frailes y monjas». Concluía: «Dudo que estuviera casado por la Iglesia. Lo que sí me consta, que tenía la hija sin bautizar».

Justo debajo, Mercedes ha escrito: «Todo falso».

«Mi abuelo paterno era amigo íntimo de Pablo Iglesias. Mi padre era de izquierdas. Pero nada más. No perteneció a ningún grupo. No estaba afiliado a la CNT. Y estaba casado por la Iglesia», dice, mientras saca, también de la carpeta, el documento del Arzobispado de Valladolid que así lo acredita. No hubo fe de defunción. Eusebia y la pequeña Mercedes fueron expulsadas de la casa de Renfe («como no hubo constancia de su muerte, dijeron que había abandonado su trabajo»). La viuda y su hija volvieron a Valladolid. Eusebia se puso a coser «camisas, gorros y capotes para los militares del bando nacional». Pasado el tiempo, Mercedes estudió en la Escuela de Comercio, trabajó en el Centro Farmacéutico Castellano y luego en una agencia de viajes en la calle Santiago.

Si esta es la historia de cuatro postales, una delación y una tumba vacía... falta por explicar lo de la sepultura.

«Cuando me casé, fui de viaje de novios a Calatayud, para llevar el ramo de novia a la fosa donde decían que estaba el cuerpo de mi padre. Varias veces visitamos aquel cementerio, hasta que una vez, en 1960, nos dijeron:'No vayáis porque ya no está allí. Se lo han llevado al Valle de los Caídos'».

En colaboración con las asociaciones de Memoria Histórica de Valladolid y de Aragón, Mercedes escribió el 18 de enero de 2005 a Patrimonio Nacional para saber si en el Valle de los Caídos estaba registrada la inhumación de su padre. El Estado le respondió apenas un mes después, el 14 de febrero: «Muy señora mía», empezaba la carta remitida desde Patrimonio Nacional. «Le comunico que, una vez consultados tanto los ficheros como los Libros de Enterramientos, no consta ningún dato de dicho señor (Rafael Abril Avo). No piense por ello que sus restos no se encuentran aquí, ya que, con fecha 8 de abril de 1959 ingresaron como desconocidas 81 personas correspondientes al número de registro del 9.466 al 9.546 procedentes de Calatayud».

Mercedes está convencida de que a su padre le corresponde alguno de esos números. Ha iniciado un proceso judicial para poder exhumar los restos –necesita que el juez lo autorice al reconocer la posibilidad de que Rafael esté allí– y comprobarlos a través de una prueba de ADN. De momento, sin éxito, sin autorización. «Yo ya tengo la prueba hecha. Para en el momento en el que se pueda, que se compare. Tal vez yo ya no esté aquí, pero no pierdo la esperanza. En el lecho de muerte de mi madre, que falleció con 101 años, le prometí que haría todo lo posible por encontrar a mi padre. Si algún día lo lograra encontrar, me gustaría devolverle aquel abrazo que me dio el día que lo detuvieron. Estoy a punto de cumplir 85. Mientras hay vida queda esperanza. Pero los años pasan...».