Lo que hay en el más acá de una incineración

Incineración en el cementerio de las Contiendas de Valladolid. /G. Villamil
Incineración en el cementerio de las Contiendas de Valladolid. / G. Villamil

El proceso de cremación requiere un paso previo para preparar el féretro que las familias casi nunca ven

Antonio G. Encinas
ANTONIO G. ENCINASValladolid

Fuera, en la calle, se empiezan a dispersar los allegados del último difunto, un hombre, que ha entrado en la sala de incineración de Nevasa, en Las Contiendas. Abrazos, pésames, gafas de sol para ojos rojos en este peculiar día invernal con 12º y cielo despejado en Valladolid. La sala de despedida, con sus filas de asientos vacías, está presidida por una tarima en la que solo quedan de pie los atriles metálicos en los que se cuelgan las coronas de flores. Un monitor de televisión, arriba, en el centro, permanece apagado, casi incongruente. Sin embargo, es la clave que permite entender cómo se gestó el presunto fraude de los ataúdes del Grupo El Salvador.

Cuando alguien acude a solicitar un servicio funerario, Nevasa le presenta un formulario en el que se pueden detallar todos los aspectos relacionados con el sepelio. Inhumación o incineración, coronas o centros de flores e inscripciones, esquelas, misas, responsos, si el fallecido llevaba marcapasos o prótesis... Y, entre todas esas opciones, la de si quieren seguir por circuito cerrado de televisión la introducción del féretro en el horno crematorio.

«No se puede dejar en blanco», explica José Luis Burgos, director gerente de Nevasa. «Hay que poner sí o no». Y algo similar ocurre en los demás crematorios. Los allegados pueden despedirse, si lo desean, hasta que el féretro entra en el horno.

La realidad, sin embargo es que el 95% de las familias, asevera Burgos, con 25 años de experiencia en la sociedad mixta Nevasa, prefieren obviar ese momento tan duro. Y ponen «no».

El punto exacto para el fraude

Y ahí, en ese punto exacto, es donde, según los investigadores, los acusados por el fraude de los ataúdes en El Salvador realizaban esas actividades por las que ahora se les indaga a fondo. En el momento en que las familias optaban por decir adiós al fallecido al cerrar las cortinas, sin más. Cuando los familiares deciden esto, lo último que ven es la caja saliendo por una puerta camino a la sala en la que, en todos los tanatorios con incinerador, se procede a preparar el ataúd. Es preciso retirar los crucifijos, cristos y otras piezas de metal, como bisagras y pequeños adornos.

También hay que quitar el cristal que se encuentra bajo la tapa, tras el que se fruncen las telas que 'almohadillan' y adornan la madera. Los cristales, al fundirse, generan un líquido viscoso que se agarra a la solera y acaba por estropearla.

Hecho todo esto, el féretro se coloca sobre una camilla metálica y los operarios la empujan hasta la puerta del horno. Unos rieles permiten desplazar el ataúd hasta situarlo por completo dentro del crematorio. Lo rieles se sacan, se cierra la puerta metálica y se encienden los quemadores. En otros casos hay instalado un sistema automático que soporta el féretro sobre los rieles e introduce el ataúd automáticamente hasta depositarlo en el suelo del horno.

En ambas ocasiones es preciso que el cuerpo se sitúe sobre un tablero rígido que lo sostenga. De ahí las explicaciones de Juan José Campesino, comisario jefe provincial de la Policía Nacional, sobre que en El Salvador se utilizaban «féretros incompletos». La propia tapa del ataúd, por ejemplo, podía servir, puesta del revés, como 'camilla' improvisada sobre la que colocar el cuerpo. También puede hacerse con el fondo del ataúd o con restos de alguna caja defectuosa o de baja calidad.

En todo este proceso no hay nadie presente más allá de los operarios que manipulan el féretro, colocan el cuerpo, retiran las cenizas y regulan el horno. De ese modo, la operación se realiza con discreción y sin premura. Transcurre un tiempo desde que se prenden los quemadores hasta que el horno empieza a coger temperatura. Llega a los 800º. El primer incinerado del día tarda en quemarse en torno a cuatro horas, más otra para enfriar las cenizas. A partir de ahí, con el horno ya caliente, puede tardar en torno a dos horas y media más otra para el enfriamiento.

Las cenizas de la madera son menos densas. La tolva anexa al horno recoge tan solo los restos calcinados del cuerpo. Se extienden sobre una mesa metálica y se pasa por encima un imán para retirar posibles grapas, clavos y otros restos metálicos del féretro. Hecho esto, se recogen y se pasan por un cremulador que reduce los trozos más grandes a un tamaño más pequeño.

Depositadas en una bolsa de plástico dentro de la urna, las cenizas de un adulto ocupan aproximadamente «lo que dos vasos de agua de medio litro», explica José Luis Burgos muy gráficamente.

Nevasa cuenta con dos hornos crematorios. El primero se inauguró a finales de 1994. Fue el primero de la región y aún está en funcionamiento. El segundo, de apenas hace unos cuatro años, tiene muchas de sus funciones automatizadas y se controla con pantallas táctiles. Ambos, sin embargo, cuentan con dispositivos que queman los gases que se producen y reducen al mínimo las emisiones.De hecho, solo sale algo de humo por las chimeneas cuando se quema la madera, especialmente por los barnices que la recubren. Fuera luce el sol en este peculiar día de invierno en Valladolid, donde la vida, más acá de la sala de incineración, continúa.

Un mercado muy atomizado y con más cremaciones

El mercado funerario no es un espacio para grandes firmas. Apenas unas pocas multinacionales, como Mémora (Tanatorio San José), acaparan mercado fuera de sus territorios. Lo habitual es encontrarse con pequeñas agencias funerarias muy ligadas a su entorno. La asociación que representa a la mayor parte del sector, Panasef, calculaba en un estudio que hay unas 1.300 empresas, de las que «entre 900 y 1.100» facturan menos de un millón anual. En 2005 se incineraba un 16% de los fallecidos, mientras que en 2017 el porcentaje fue de un 38,43%.