Y si todo se derrumba, rumba

Javier Carballo, sentado en el escenario. / R. Otazo

Los Pichas descorchan con música y buen humor el programa de conciertos de la Plaza Mayor

Víctor Vela
VÍCTOR VELA

Dicen que ante la «epidemia de aburrimiento», ellos son «resistencia dicharachera y despendolada». Que para combatir la desdicha, aquí están Los Pichas. Que cuando todo se derrumba, siempre quedará la rumba. «Óscar, ¡que no necesitamos a los Pet Shop Boys!», clama Javier Carballo, el cantante, inmenso showman, tremendo crack. Comienza la noche con esmóquin, elegante y pinturero tal que cantante de la OTI, y la termina descamisado y entregado como el mejor amigo del novio cuando deja el baile camino del bus. Ni Pretenders ni Dua Lipa. Para grupo internacional, los de Rondilla nación. Los Pichas, con su repertorio lolailo, su munición contra el aburrimiento, lo mismo sacada del polvorín de Eurovisión ( 'La, la, la', 'Estando contigo', 'Canta y sé feliz'), que de la cantera del folclorismo patrio ('Sarandonga', 'Mi gran noche') o del furor carpetil de los 70 ('Háblame de ti'). Cogen exitazos verbeneros ( 'Oye, abre los ojos'), hits de la movida ( 'Aquién le importa'), himnos de U2 (el churrasco de 'With or without you') o pelotazos del pop ('No puedo vivir sin ti')y los tunean con guitarras nerviosas y cajones desatados. Porque si se pierde el rumbo, rumba. «Peor que el ébola, la malaria la peste negra y el reguetón es la epidemia de aburrimiento», advierte el vídeo (cameos de Leo Harlem y J. J.Vaquero) con el que el grupo se presenta antes de salir al escenario. Y frente a la pandemia,la mejor vacuna es la rumba.

Así que, sugieren, ponle rumba. Al final de las vacaciones y al apuro fin de mes, a las penas, los quebrantos, los miserias, mientras tantos, al madrugón de los lunes y al desierto vespertino del domingo. A todo ponle rumba. Ponle rumba al largo invierno de los febreros y a la indiferencia de los tequieros. A los llaves perdidas y los amigos extraviados. Ponle rumba a los lutos y los cardos, a las heridas y presagios, las tormentas, cicatrices, los sudores y rastrojos. Ponle rumba a esas meriendas en las que todo pan es mendrugo. Ante los riesgos de derrumbe, rumba. Ante las verjas del cementerio, rumba. Ante la tristeza cotidiana, rumba.

Porque así, así es como se descorcha la fiesta. Con talento y buen rollo. Con humor y desmadre. Con un grupo que cerró las ferias del año pasado y estrena las de este 2018. Que los declare la Junta Bien de Interés Cultural. Son Los Pichas rondilleros como el horizonte de ladrillo y doble fila. Como el escorzo de la calle Tirso de Molina y las fuentes del Ribera de Castilla. Rondilleros como la chopera, como las calle patio, con la Esgueva ahí al fondo y las prótesis como ascensor. Rondilleros Los Pichas, embajadores de ese barrio con ARI y sin ORA. Y con un himno a lo 'Amigos para siempre' que se ha convertido en marca de la casa. Son Los Pichas un espectáculo, fiesta en vena, con el cantante entre el público haciendo selfis («Que sea la última vez que estreno traje y no me decís nada») y la banda ahí arriba, con el rumbómetro disparado, como dijo Agustín de Villafáñez y Samaniego, poniéndole percusión a 'Un beso y una flor', a 'Eva María', al 'Volare' y 'Hace calor'. Si algún despistado llegó al 31 de agosto sin saber que las fiestas comenzaron ya, Los Pichas lo han dejado claro. Pucela está de fiesta. «Yya, si eso, mañana dormís».

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