Asesinado a manos de sus camaradas

Gabriel León Trilla./Archivo Familiar
Gabriel León Trilla. / Archivo Familiar

En 1948, el franquismo fusilaba a José Olmedo, el encargado de ejecutar la orden de Santiago Carrillo de eliminar al líder vallisoletano del PCE Gabriel León Trilla

Enrique Berzal
ENRIQUE BERZALValladolid

La puerta de la celda se cerró a sus espaldas momentos antes de ser conducido a la explanada donde lo habrían de fusilar. Era una mañana especialmente fría aquella del 17 de noviembre de 1948, miércoles para más señas, en que José Olmedo González, más conocido como ‘el Gitano’, encaraba a sus verdugos. Pocos minutos después, una ráfaga atronadora y seca daba cumplimiento a la sentencia dictada meses antes por un Consejo de Guerra. Acababa de ser ajusticiado un «destacado comunista que, formando parte de grupos de maleantes, intervino en multitud de robos y atracos a mano armada, entre ellos, la sucursal del Banco Español de Crédito de la calle de Velázquez», señalaba la prensa.

Aparte de saqueos y atracos diversos, y de la muerte de un sargento de la Guardia Civil durante un enfrentamiento guerrillero en Peguerinos, a Olmedo se le achacaba un asesinato especialmente conmovedor, tanto por los motivos esgrimidos como por la crueldad con que lo cometió: «Por su propia mano asesinó de una puñalada al comunista disidente Gabriel León Trilla, al que llevaron engañado sirviéndose de una mujer, a las afueras de Madrid, donde lo mató». Todavía hoy, 70 años después de aquel fusilamiento, pocos saben quién era el ‘comunista disidente’ al que sus propios compañeros, con Santiago Carrillo a la cabeza, purgaron de aquella manera.

Confinado en la penumbra de la historia hasta que Jorge Semprún y Gregorio Morán lo rescataron en sus respectivas monografías, Gabriel León Trilla había nacido en Valladolid el 3 de agosto de 1899. Era hijo del comandante de Infantería santanderino Desiderio León y de la leridana Ignacia Trilla. Alumno ejemplar del Instituto General y Técnico de la ciudad (El Norte de Castilla destaca su matrícula de honor en Geografía de España en su edición del 7 de junio de 1911), cursó Filosofía y Letras sin llegar a obtener el título de licenciado, por lo que, según Carlos Fernández Rodríguez, decidió trasladar su expediente a Madrid. Aquí compaginó sus estudios, incluidos los de francés y ruso, con trabajos como secretario y administrativo. Era 1918, el mismo año en que recibía su carnet de militante de la Agrupación Madrileña del PSOE.

Hombre de vasta cultura, tradujo varias novelas y ensayos de autores ingleses, franceses y rusos, incluidas obras clásicas de dirigentes bolcheviques como Leon Trotski, y en lo personal destacaba por su elegancia en el vestir y su vigor revolucionario. Por eso no dudó en secundar a ese sector de las juventudes socialistas que, abiertamente bolchevizado, decidió romper con el partido y adherirse a la Internacional Comunista. Gabriel León Trilla figura entre los impulsores de la escisión del PSOE que en 1921 fundó el Partido Comunista de España. Su ascenso en la nueva formación no se hizo esperar: exiliada la dirección en París a causa de la persecución a que le sometió la Dictadura de Primo de Rivera, en 1925 lo encontramos al lado del secretario general, y a la sazón su cuñado, José Bullejos, para encargarse de la secretaría política. A él se deben, de hecho, las bases organizativas redactadas en 1926.

Eso ocurrió dos años antes de que lo detuvieran y lo confinaran en la Cárcel Modelo madrileña. En 1930, ya en libertad, emprende viaje a la URSS para trabajar en la Komintern. Mientras la prensa conservadora no repara en calificativos hacia esa «sagrada familia comunista» formada por Bullejos, Adame y Trilla, en los papeles de la policía el vallisoletano aparece como el miembro más inteligente y lúcido del partido. Su entrega a las labores de propaganda y agitación no fue suficiente, sin embargo, para librarle de las purgas al uso de Stalin. Era 1932, cuando las desavenencias con el Buró Político del PCE y con la propia Komintern puso al trío comunista en la diana: los acusaron de contrarrevolucionarios por defender al Gobierno republicano español tras la asonada de Sanjurjo, y ellos mismos publicaron una carta explicando de manera brumosa las razones de su expulsión, verificada a finales de de octubre de 1932: todo ocurrió «por negarse a aceptar una resolución de la Oficina Política del PC publicada en ‘Frente Rojo’ el día 22».

Catedrático de rancés

De vuelta a España, aprobó unas oposiciones de catedrático de Francés, cargo que ejerció en Institutos de Madrid, Calatayud y Burgos y que compaginó con la militancia en la ugetista Federación de Trabajadores de la Enseñanza. Regresó a la disciplina comunista al estallar la Guerra Civil, agitando a las tropas republicanas desde ‘Nuestra Bandera’ y combatiendo en la batalla del Ebro y en la caída de Barcelona. Cruzó la frontera en marzo de 1939, recalando en los terribles campos de concentración de Argeles y Le Vernet. Enseguida pasó a la acción contactando con colegas de militancia y ayudando a familias republicanas. En pocos días lo fichó Jesús Monzón, nuevo hombre fuerte en el partido, para reconstruir las células comunistas españolas en la zona de Aix-en-Provence.

La nueva estrategia monzonista, dirigida a fortalecer la política de Unión Nacional ampliando las alianzas en el Frente Popular, lo animó a regresar a España. Llegó a Barcelona el 23 de diciembre de 1943; siete días después entraba en Madrid. Mientras Monzón se aplicaba a la tarea de aglutinar fuerzas antifranquistas con vistas a liderar un amplio movimiento político y de masas que aprovechara la coyuntura internacional para derrocar al dictador, Trilla se dedicaba a incitar la lucha guerrillera. Como secretario de agitación y propaganda, sofocó las desviaciones autonomistas del comité provincial de Valencia, liderado por Demetrio Rodríguez Cepero, y, ayudado en todo momento por su secretaria, Esperanza Serrano, repartió artículos por ‘Mundo Obrero’ y ‘Reconquista de España’.

Entonces ocurrió lo peor. La fracasada intentona guerrillera de invadir España por el Valle de Arán, en octubre de 1944, se convirtió en la ocasión que Carrillo ansiaba para purgar a la dirección monzonista y hacerse con las riendas del partido. No solo acusó a los de Monzón de anudar ilusiones en torno a una fantasmagórica Unión Nacional, sino que, al hilo de la ofensiva estalinista contra los seguidores de Tito, los tildó de contrarrevolucionarios y traidores al servicio de la policía franquista y del imperialismo. Carrillo no dudó en acordar con Dolores Ibarruri, ‘la Pasionaria’, la conveniencia de tomar medidas drásticas.

La primera orden fue obligarles a personarse en Toulouse para dar explicaciones. Trilla, sabedor de lo que solía ocurrir en esos casos, optó por desaparecer y esconderse. Era consciente de que le perseguían los dos bandos en liza: el franquista, con la policía al acecho, y el de sus propios camaradas comunistas. Y ninguno tendría piedad con él. En junio de 1945, los militantes Agustín Zoroa y Antonio Núñez Balsera recibían la orden del Comité Central de liquidar a Trilla, calificado ya por Carrillo como un traidor al servicio de las fuerzas de orden púbico. Pero Cristino García, el duro guerrillero asturiano a quien encomendaron la operación, no estaba por la labor; se consideraba un revolucionario, no un asesino. No pondrán reparos, sin embargo, Francisco Esteban Carranque y José Olmedo González, alias ‘el Gitano’.

el partido era tratado como un peligro»

En 1948, Santiago Carrillo volcaba en ‘Nuestra Bandera’ todas las infamias ya vistas contra Monzón y Trilla. Al vallisoletano le calificaba de «viejo provocador [que] había vuelto al Partido durante la Guerra, fingiendo un jesuítico arrepentimiento por su conducta pasada», y que, una vez recuperado por Monzón, «esperaba la oportunidad de volver a hacer daño al partido». También les acusaba de «poner a la clase obrera y a las masas trabajadoras a la zaga de los monárquicos y reaccionaros españoles», así como de pretender la restauración de la Monarquía, para lo cual procedieron a «rebajar el papel dirigente del Partido». Todo se aclaró, concluía el dirigente comunista, «cuando la dirección del Partido pudo intervenir, y principalmente cuando los consejos de la camarada Dolores [Ibárruri] comenzaron a llegar, y poco después de ella, con su ayuda y participación personal, puso orden en tanto desbarajuste».

Sin embargo, a principios de los 80, Enrique Líster, otro histórico dirigente del PCE, desmentía a Carrillo asegurando que durante la guerra civil Trilla tuvo un «comportamiento ejemplar» y que Carrillo no hacía otra cosa que cargar «sobre otros la responsabilidad de hechos que él ha ordenado»: «En 1971, en Sofía, Antonio Núñez Balsera (exmiembro del CC del PCE) me explicó cómo en junio de 1945 recibió en Toulouse, de boca de Santiago Carrillo y Dolores Ibárruri, la orden que debía ser transmitida en Madrid a Cristino García de eliminar a Gabriel León Trilla. Dolores dijo a Núñez que Trilla era un viejo provocador. Me contó Núñez cómo había cumplido la misión y también la negativa de Cristino García a ejecutarla él personalmente, como era la orden, diciendo que él era un revolucionario y no un asesino. Después de muchos forcejeos, Cristino designó a dos miembros de su destacamento para llevar a cabo la eliminación», señala Líster.

La respuesta de Carrillo no se hizo esperar: en sus memorias, publicadas en 1993, aseguraba que Líster «estuvo cien por cien de acuerdo con la actitud tomada por el partido contra Monzón y Trilla» y que solo cambió de opinión, acusándole a él y a la Pasionaria de ordenar el asesinato, «al enfrentarse años después a la dirección del PCE». Es más, Carrillo justificaba el «caso Trilla» señalando que «en aquellos momentos no había que dar esas órdenes; quien se enfrentaba con el partido, residiendo en España, era tratado por la organización como un peligro. Ya he explicado que la dureza de la lucha no dejaba márgenes».

Parece demostrado que a Trilla lo engañó una mujer de su confianza, a la que el partido encargó citarle frente al cine Argüelles para, simulando ausentarse unos minutos, dejarle indefenso a manos de sus verdugos. Frente a quienes apuntan a Esperanza Serrano, su antigua secretaria, Carlos Fernández sostiene que fue Angelines Agulló la que le tendió la celada. Sea como fuere, lo cierto es que cumplió fielmente su cometido. Carranque y Olmedo lo condujeron a punta de pistola hasta el Campo de las Calaveras, muy cerca de un antiguo cementerio despoblado, donde el Gitano le asestó varias puñaladas mortales en la zona precordial. Era el 6 de septiembre de 1945. Lo dejaron tirado en el suelo, ensangrentado y desnudo para simular que se trataba de un asunto de faldas. Nada pudieron hacer quienes, alertados por sus desgarradoras voces, lo trasladaron rápidamente a una Casa de Socorro. Trilla moriría a las pocas horas en el Hospital Provincial.

Sus verdugos no le sobrevivieron mucho tiempo: Esteban Carranque fue fusilado el 21 de febrero de 1946 junto con otros guerrilleros de la banda de Cristino García, y Olmedo, como sabemos, cayó ante el pelotón de fusilamiento el 17 de noviembre de 1948. A decir de Carlos Fernández, antes de morir confesó a sus colegas de presidio en Ocaña lo mucho que sentía haber asesinado a un camarada acusado injustamente de traidor.

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