Asistentes sexuales ayudan a disfrutar del cuerpo a vallisoletanos con problemas

María Eugenia Cabezas y Nerea Martínez observan a Rosa Montaña, que sostiene en sus manos una escultura fálica. /
María Eugenia Cabezas y Nerea Martínez observan a Rosa Montaña, que sostiene en sus manos una escultura fálica.

La ciudad ya cuenta con profesionales dedicados a descubrir el placer a discapacitados o personas retraidas. Los terapeutas llegan a mantener relaciones íntimas con los pacientes

VIDAL ARRANZ

La primera vez que Nerea Martínez acudió a un asistente sexual era un manojo de nervios. Perdió cuatro kilos en los días previos y estuvo a punto de dejarle plantado. Y eso que había dado el paso tras dos meses de trabajo con la sexóloga Rosa Montaña, en su gabinete, tras desbrozar un buen número de miedos y reparos. Pero ni aún así.

Nerea es una joven atractiva a la que la vida penalizó en su nacimiento con una hemiparexia, lo que en su caso significa que tiene limitada la movilidad y la sensibilidad de su lado derecho del cuerpo. Nerea no se ha rendido nunca o lo ha sabido disimular bastante bien quizás porque le juró al cielo que no se conformaría con el papel de víctima que, aparentemente, le había tocado en el sorteo de la vida. «Soy una chica de riesgo. Me gusta ir más allá de lo cotidiano», se presenta. Hoy baila, hace surf, senderismo y hasta posa desnuda para pintores y fotógrafos, entre otras muchas actividades sorprendentes que dejan boquiabierto al periodista que conversa con ella. Con todo, normalizar su sexualidad fue el mayor y más complejo de todos sus desafíos existenciales.

Cada vez que intentaba mantener relaciones con un chico, Nerea se bloqueaba sin remedio y la aventura acababa en un paralizador fracaso. El sexo era un muro más alto que el de la mayor prisión, y no podía derribarlo sola, ni tampoco con la ayuda de consejos y terapias. Hasta que entró en escena su asistente sexual. «Siempre le estaré agradecida. Me descubrió la luz. Sin él todavía estaría frustrada en mi mundo interno». Tanto le marcó la experiencia que hoy Nerea estudia sexología y da los primeros pasos para ser, a su vez, asistente de otros.

Pero ¿en qué consiste en realidad la figura del asistente sexual? No es fácil de explicar sin provocar equívocos o malentendidos, especialmente tratándose de un terreno tan resbaladizo como el del sexo. Pero, por resumirlo rápidamente, un asistente sexual es algo así como una mezcla entre entrenador personal, consejero y profesor de baile. Solo que la materia que le ocupa es la más comprometida que existe: el sexo, el disfrute sexual, el desarrollo de la sensualidad y la erótica del paciente.

«El asistente sexual llega adonde no puede llegar el sexólogo o el terapeuta», explica la vallisoletana Rosa Montaña, una de las sexólogas españolas que intentan promover la normalización de esta figura, hoy alegal en nuestro país. La clave está en que este profesional, a diferencia de los otros, no se queda en la teoría, ni en la sugerencia, ni siquiera en el terreno táctil de la caricia leve, sino que, además, puede llegar a tener relaciones sexuales con su paciente. Como de hecho es lo habitual.

Esta peculiaridad es la que otorga a la figura un carácter controvertido, y la que lleva a algunos a preguntarse si no podría tratarse de una modalidad de prostitución. Rosa Montaña tiene claro que no es así, como lo tienen claro todos los pacientes que lo han experimentado, pero no están de más las explicaciones. «El asistente es un terapeuta que no sólo se ocupa de que la otra persona aprenda a disfrutar de su cuerpo, sino que intenta ayudarle a superar sus problemas y a que pueda valerse por sí mismo». Nada que ver con un polvo rápido.

La experiencia de Nerea revela exactamente de qué estamos hablando. «La primera sesión consistió simplemente en bailar con el asistente, primero vestidos y luego cada vez con menos ropa». Un primer contacto entre los cuerpos para empezar a desenredar los nudos de los sentidos. En siguientes sesiones ambos avanzaron juntos en el terreno de los masajes, las caricias y la masturbación. «Vas descubriendo que puedes tener sensaciones más allá de la enfermedad y la discapacidad», recuerda. Hasta que en la cuarta sesión llegó, al fin, el coito. Un coito liberador, nada traumático, con el que no sólo dejó atrás su virginidad sino también sus miedos.

«A una persona como Nerea un profesional del sexo no le hubiera servido. Hubiera sido muy contraproducente para ella. No era lo que necesitaba en ese momento de su vida». Rosa Montaña explica que la figura del asistente sexual ya existe en algunos países europeos, como Suiza, Holanda, Bélgica y Dinamarca, y está estudiándose su legalización en Francia y Alemania. En todos los casos se ha aprobado una titulación de dos años, y se impone a estos profesionales la limitación de que esta actividad nunca suponga más del 50% de sus ingresos. Pero en España apenas ha empezado el debate. En Valladolid, la sexóloga Rosa Montaña ha preparado por su cuenta a dos asistentes sexuales y 17 personas se han beneficiado ya de sus servicios: 14 de ellas mujeres y tres varones.

La discusión sobre esta figura ha surgido en nuestro país muy ligada a los derechos sexuales y reproductivos de los discapacitados, recogidos en la Ley de marzo de 2010 aprobada por el Gobierno de Zapatero. En estos casos resulta fácil de entender que muchas de estas personas pueden tener vetada la posibilidad de una vida sexual medianamente normal sin ayudas externas. En el País Vasco han promovido que algunas profesionales del sexo se especialicen en el trato con discapacitados, pero este es un planteamiento que a Rosa Montaña se le queda muy pequeño porque le falta la parte esencial del apoyo y el asesoramiento para el crecimiento personal.

La historia de María Eugenia Cabezas es una buena muestra de hasta qué punto las necesidades sexuales de los discapacitados son sistemáticamente ignoradas. Ella padece una lesión medular desde los 17 años que limita sus opciones de movilidad, y también su sensibilidad. «Mi despertar sexual se produjo en una silla de ruedas», recuerda María Eugenia. Ella pasó por muchos centros para recibir tratamientos y rehabilitación, y en todos le ayudaron a valerse por sí misma en muchos terrenos, pero en ninguno encontró ayuda para afrontar esta otra necesidad. «En mi caso fue un proceso lento y doloroso, en el que yo aprendí lo que sé a trompicones. Yo tengo un cuerpo diferente al que tenía antes del accidente. Tengo que aceptarlo y entender que, pese a todo, puede ser atractivo para otros». En su caso, su desarrollo personal le ha permitido alcanzar una cierta normalidad, no exenta de circunstancias especiales. «La silla da miedo, pero he tenido parejas eróticas», explica. «Mi problema es más de logística que de otra cosa. Por eso cuando busco hombres me los busco grandes, para que puedan ayudarme».

En cualquier caso, cree que no hay que obsesionarse con una visión unidireccional de la erótica. «Cuando vemos lo sexual solo desde lo coital perdemos muchas facetas».

El sexo se ha rodeado de una idea de peligro que no facilita las cosas a quienes se encuentran en situación de dependencia, o de especial debilidad. María Eugenia tiene suerte porque su madre comprende sus necesidades y la ayuda, por ejemplo, llevándola al gabinete sexológico y recogiéndola. No siempre es así. En otros casos los padres están tan empeñados en proteger a sus hijos que casi prefieren encerrarlos antes que asumir cualquier riesgo.

«¿Qué peligro puede haber en un asistente? Quizás que te enamores de él», explica Rosa Montaña. «Nos esforzamos en situr bien a las personas para que tengan claro que van a tratar con un profesional, como pueda ser en otro terreno un fisioterapeuta. Pero puede ocurrir. En cualquier caso, me parece preferible asumir ese riesgo antes que rodear a la persona en un muro de piedra para protegerle de todo dolor».

Más allá de la discapacidad

Aunque la figura del asistente sexual se está promoviendo ligada a las necesidades de los discapacitados y de las personas de la tercera edad, Rosa Montaña cree que su potencialidad va mucho más allá porque los problemas y desajustes ligados al sexo afectan a todo tipo de personas. En su clínica atendieron el caso de una mujer diez, con un cuerpo espectacular, pero que, sin embargo, tenía también problemas con su sexualidad. «El contacto con el asistente sexual la ayudó mucho», recuerda. Y es que «esta figura no debería verse como un ovni. No es solo para gente con diversidad. Tendría una gran demanda». A modo de ejemplo, la sexóloga menciona el caso de los grandes quemados que con su pérdida de sensibilidad han visto alterada su sexualidad. «Pero aquí, en España, nadie se plantea hablar de erótica en un servicio de quemados».

Los padres de Antonio lo entendieron así y lo pusieron en las manos de Montaña. Se trata de un joven con daño cerebral adquirido que presenta graves problemas de retención y de memoria. En el gabinete han estimulado su dimensión emocional y sensorial y se han encontrado con progresos cognitivos sorprendentes e inesperados .

David se ha convertido en el primer paciente de Nerea, el primero con el que ella da el salto y se coloca al otro lado de la barrera. Hasta ahora todo se ha limitado al masaje de manos y de cuello con aceites y texturas. Nada más. Lo demás irá surgiendo lentamente. En un trabajo como este es esencial estar muy atento para evitarle al paciente cualquier posible incomodidad o violencia. «Estoy atacada por la responsabilidad. No quiero hacer ningún daño, por eso quiero ir muy poco a poco», explica. Aún así, ella está convencida de que su experiencia personal puede ser de mucha ayuda para otros. «Lo que ellos están viviendo yo ya lo he sufrido. Entiendo perfectamente sus miedos e inseguridades porque he pasado por ellos. Y me gustaría poder aportar a otros lo que otros me aportaron a mí».