El mar de Tierra de Campos

Beatriz en uno de los tres patios de la casa./P. C.
Beatriz en uno de los tres patios de la casa. / P. C.

En Montealegre descubrí cosas tan sencillas como el sonido de los rebaños atravesando el pueblo, la llegada del camión con el pan y el silencio al caer la noche

FRANCISCO Cantalapiedra
FRANCISCO CANTALAPIEDRAValladolid

Aunque la memoria va desdibujando los lugares donde en alguna ocasión vacacionamos, los hay que son irrepetibles: por el paisaje, por el estilo de vida, por las actividades, por tu edad y la de los tuyos. Es fácil olvidar cuántas veces visitamos la misma playa, pero es imposible no recordar dónde fuimos más felices, incluso haciendo cosas pequeñas. Por eso, mi mejor verano fue el de 1983 cuando pasé una larga temporada en Montealegre de Campos, provincia de Valladolid.

Acababa de empezar a trabajar en la Diputación, lo que de alguna manera obligaba a quedarse cerca del curre en una época en la que los móviles aún no se habían inventado, por lo que alquilamos allí una casona maravillosa que permitía ir y volver cada día a la ciudad. Fue mi mujer quien se encargó de los trámites, y aunque accedí a regañadientes, acabé dándole la razón. El edificio, catalogado y protegido hasta el último ladrillo sigue estando al lado de la iglesia de San Pedro y adosado a otra vivienda de tronío propiedad de la familia de Javier Pérez Andrés, a quien entonces apenas conocía.

Aunque nuestra llegada no se pareció en nada a la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén (tuvimos que dar el pésame a Glicerio, un compañero de partido sacudido por una desgracia colosal), enseguida nos hicimos con la situación gracias a la ayuda inestimable de Pedro Escribano, el entonces alcalde, que se presentó en nuestra casa a ofrecer sus servicios y a invitarnos a una copa de cava, que entonces llamábamos champán.

En aquel lugar descubrí cosas tan sencillas como el sonido de los rebaños atravesando el pueblo, la llegada del camión con el pan y otras mercaderías, y el silencio que dominaba la villa al caer la noche. Allí aprendí a contemplar las estrellas desde la hamaca que poníamos en el patio grande de la casa, a caminar entre el mar de espigas de Tierra de Campos y a contar los pueblos que se veían desde el castillo, propiedad durante varias generaciones de la familia del escritor Jorge Guillén. Mi hija, mucho más prosaica, aprendió a andar en bicicleta, actividad que, como todo el mundo sabe, no se olvida jamás. Y juntos descubrimos lo fría que estaba el agua de la piscina de Meneses, la única de los alrededores a la que acudíamos cuando apretaba el calor.

Beatriz, mi mujer, se ocupó en todo momento de la logística de una casa con tres patios y entrada y salida a dos calles diferentes, donde el entonces presidente de la Diputación y amigo, Paco Delgado, celebró varias reuniones del grupo que le sustentaba en el poder a las que asistí como anfitrión y como jefe de su gabinete. Sobra decir que en aquel lugar, de varias plantas y con un salón a dos alturas con acceso a la bodega, no faltó nunca algo para picar y mucho para beber.

En ese ambiente transcurrió el verano del 83, el mejor de mi vida porque éramos jóvenes, teníamos ilusiones y un proyecto vital por desarrollar que, con más o menos fortuna, conseguimos llevar a cabo. El único sobresalto que recuerdo fue la noche en la que se produjo un incendio que afectó a varias casas del pueblo relativamente próximas a la mía y que sofocaron los bomberos de la Diputación. Cuando llegué, el señor alcalde me dijo, solemne: «son bomberos de los tuyos. Tú verás si quieres ponerte al mando». Gracias a que no le hice caso, Montealegre sigue en pie…