Eclipse lunar en el Tourmalet

La estatua de Octave Lapize en lo alto del Tourmalet./El Norte
La estatua de Octave Lapize en lo alto del Tourmalet. / El Norte

Un viaje al Tour de Francia es una yincana imprevista: sobrevivir en la tienda de campaña, la espera hasta que pasan los ciclistas y unos paisajes bucólicos inolvidables

Luis Javier González
LUIS JAVIER GONZÁLEZSegovia

Un viaje para ver el Tour de Francia es improvisado por naturaleza. A principios de julio uno mira en una terraza el perfil de las etapas, elige una y lo deja en manos de los imponderables. Se concreta el día antes; compra en el supermercado una nevera de corcho, tienda de campaña, la ropa justa, una bandera para hacer el tonto y a la carretera. La etapa acababa en Laruns, a las faldas del Col d'Aubisque. Mi fiel amigo Marcos y yo salimos a las cinco de la mañana y llegamos allí a las dos de la tarde.

La espera hasta el paso de los ciclistas puede parecer disuasoria, pero es la esencia. Con la tienda de campaña a 60 metros de la cima, dedicamos la tarde a curiosear el puerto y bajamos al complejo residencial de la estación de esquí. Con rampas constantes del 10% de desnivel, uno percibe el abismo del precipicio. En la primera comida destrozamos la bombona del camping gas y hay que comprar otra. La encontramos, pero corre la misma suerte.

De regreso a la tienda, la fiesta estaba montada en la cima con franceses, vascos, nórdicos y un grupo de neozelandeses. Junto a las enormes bicicletas que hacen reconocible al Aubisque había un chiringuito, con un hilo musical anárquico y un grupo que entonaba 'Y viva España', 'Blowing in the wind' y, la auténtica banda sonora, 'Bella ciao', la canción italiana adoptada como himno de resistencia contra el nazismo.

Abrir la tienda de campaña a las siete y media de la mañana y encontrarse una veintena de vacas alrededor, con el sol abriéndose paso entre las montañas, es inolvidable. Tocaba esperar a los ciclistas. Ya quemados por el sol, íbamos al chiringuito para seguir la etapa, que pasaría por nuestro lado a eso de las cinco. Antes, la eterna caravana de Tour, que regala gorras, caramelos o imanes de residencias de la tercera edad. Era una lucha abierta entre una veintena de personas; mi objetivo era la gorra a puntos rojos y pude arrebatársela en el suelo a un padre que rapiñó con todo lo demás.

El grupo delantero, que amenazó con romperse en el Tourmalet, llegó compacto y la etapa se la llevó Primoz Roglic en el descenso. Todos los ciclistas merecen el aplauso. Y lo reciben. Desde el grupo trasero con los rezagados a Nairo Quintana, que llegó retrasado. Salimos dos horas después porque unos colombianos casi se despeñan con el coche y vinieron los bomberos. Al pasar, Marcos les dijo: «¡Hoy no ha sido un buen día para Colombia!».

El plan era aprovechar el viaje y conocer el Tourmalet, así que llegamos a la cima cerca del anochecer. De camino, remolcamos a una caravana de pucelanos. Sobrecoge pasar la última herradura, por encima de los 2.000 metros, y ver cómo se abre el cielo y emerges entre la niebla. Pusimos la tienda de campaña con la luz de los móviles y cenamos con la idea de irnos a dormir. Pero nos encontramos con un eclipse lunar, contemplado por unos pocos privilegiados. Fue una delicia imprevista que admiramos anonadados mientras planificábamos con precisión nuestras vidas.

Tras una gélida noche, nos levantamos para fotografiarnos junto a la mítica estatua de Octave Lapize, el primer ciclista que coronó el Tourmalet, en 1910. El bar de al lado estaba cerrado, así que pedimos a un grupo de catalanes que nos calentaran la leche. Después, ocho horas de regreso y la certeza de que volveríamos.