El Niño de los Clavos

El Niño de los Clavos

Cristo fue cosido a la cruz con varios clavos, pero ¿quién se los acercó a los legionarios romanos?

M. J. PASCUAL

Me pregunto en qué estaría pensando don Ramón, el gran artífice de la puesta en escena de la Semana Santa de Zamora, cuando talló a ese niño y le puso en la mano una cesta con clavos, un martillo y unas tenazas, sonriente de camino hacia las Tres Cruces entre los desalmados sayones y el Cristo de la Caída. Desde la acera, los ojos se le van a uno hacia la pícara figurilla, que lo mismo podría llevar el almuerzo al padre en una huerta de la margen izquierda del Duero que pregonar aquellos tabloides decimonónicos o ejercer de monaguillo que se bebe el vino de misa en la iglesia de San Juan. Pero no. El santero y maestro de imagineros le puso clavos en la cesta.

Lo fácil sería asociarle a aquellas imágenes barrocas del Niño Jesús que son mimadas hasta la eternidad por las monjas de clausura y que muestran al infante con la corona de espinas y mostrando en un bordado cojín de raso el resto de los símbolos de la Pasión, en clara referencia a que nació para morir por todos. Solo que la cara luminosa, con una mirada de picardía inocente, de El Niño de los Clavos, desentona por completo con la agonía del camino, trasciende el dolor del Gólgota y apunta ya en la mañana del Viernes Santo al milagro de la Resurrección.

El niño aprendiz del hojalatero de Coreses se parece mucho al de una fábula de origen desconocido que circula en Internet dentro de esos manuales caseros de saber vivir. El pequeño protagonista del cuento tenía muy mal carácter y su padre le entregó una bolsa con clavos para que, cada vez que se encolerizara, clavara uno en una cerca. El primer día llegó a 37 y con el tiempo redujo el número porque aprendió que calmarse era más fácil que clavar los clavos en la cerca. Un día no tuvo que clavar ninguno y su padre le dijo que cada día que controlara su carácter sacara uno. El niño consiguió quitarlos todos pero, con todos esos agujeros, la cerca nunca volvió a ser la misma. «Cuando haces daño a alguien», aleccionó el padre, «aunque pidas disculpas, la herida está hecha».

Lo ideal es no tener que clavar pero si ocurre, en la cesta de El Niño de los Clavos, por lo menos, hay unas tenazas: representan la esperanza de llegar a ser mejores, de resucitar. Por eso sonríe.

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