Rioseco se rinde al Cristo del Amparo

La Dolorosa y el Cristo del Amparo se encuentran en el atrio de Santiago. /Ramón Gómez
La Dolorosa y el Cristo del Amparo se encuentran en el atrio de Santiago. / Ramón Gómez

El vía crucis recuerda a cómo debieron ser las procesiones de antaño, con el pueblo como acompañante devoto de los pasos

Miguel García Marbán
MIGUEL GARCÍA MARBÁNValladolid

Primera Estación, Jesús es condenado a muerte; Segunda Estación, Jesús carga la cruz; Tercera Estación, Jesús cae por primera vez. La procesión avanza con lentitud por la calle Mediana. Un crucificado, sin andas, es portado a hombros. Es el Cristo del Amparo, que cada Miércoles Santo recorre las calles de Medina de Rioseco en solemne y devoto vía crucis. El silencio es solo roto por los rezos de los fieles, que siguen al crucificado. Delante van cofrades con túnicas moradas, blancas y negras, de terciopelo, paño castellano o tergal; unos alumbran con farol, mientras otros portan cruces de madera que, en cada estación, van cogiendo de las calles por las que discurre el vía crucis, el camino de la cruz.

Es la procesión de los riosecanos, la que mejor recuerda cómo debieron ser las procesiones hace decenas de años, antes de que el turismo atrajera a miles de espectadores a ver pasar pasos. El pueblo entero acompañando a las imágenes de devoción, rezando piadosamente, avanzando por las estrechas calles con el frío de los primeros días de la primavera. Es la imagen que el pintor José María Castilviejo plasmó en un cuadro que guarda, como oro en paño, el Ayuntamiento riosecano. Con la torre de Santa María al fondo como seña de identidad, hombres, mujeres y niños siguen a los pasos de cerca, como si las imágenes de devoción fueran uno de más de ellos, uniéndose a su dolor, haciéndolos suyos.

El vía crucis data del año 1940 y desde su principio ha procesionado el Cristo del Amparo, una talla gótica fechada en los primeros años del siglo XVI en el que destaca su rictus, de gran expresividad, con los ojos entreabiertos, mostrando la dentadura, y el pecho y las costillas muy marcados. Por su antigüedad, los historiadores riosecanos Ramón Pérez de Castro y Virginia Asensio lo hacen corresponder con el Cristo de la Aguas, una imagen de gran devoción que procesionaba en las rogativas para pedir aguas y buenas cosechas.

Cuando la tarde comenzó a declinar, después del triduo, partió, desde la iglesia de Santa María, el Cristo del Amparo, seguido del párroco riosecano, Juan Carlos Fraile, junto a las autoridades municipales, con la presencia del alcalde riosecano, David Esteban; y junto a los representantes de la Junta de Cofradías, con su presidente, Julio de las Heras; además de cientos de vecinos que siguieron devotamente la procesión participando con sus rezos y cánticos. Las estaciones fueron leídas, de forma espontánea, por algún vecino, pero también por algunos de los miembros de la corporación municipal o de la Junta de Cofradías.

Uno de los momentos más emotivos de la tarde se produjo cuando la procesión llegó al atrio de Santiago, frente a la fachada sur. Era la cuarta estación: Jesús se encuentra con su madre. Entonces, el Cristo del Amparo subió las escaleras y frente a la bella portada plateresca el Hijo se encontró con su Madre, representada de forma magistral en la imagen del paso de La Dolorosa, que los hermanos, vistiendo sus túnicas de terciopelo morado, portaron a hombros durante el breve encuentro.

En este momento se rezó la Salve, que rompió el tremendo silencio existente. Desde los orígenes de esta procesión del vía crucis, a mediados de los años 50, se celebró este encuentro del Cristo del Amparo con el paso de La Dolorosa, que años después dejó de realizarse junto a la instalación de cruces por la calle y que muy acertadamente la Junta de Semana Santa recuperó en el año 2001.

Tras el encuentro con la Virgen Dolorosa, ante la amenaza de lluvia, el Cristo del Amparo entró en la iglesia de Santiago, en cuyo interior terminó el vía crucis.