Promesa del silencio

El Cristo de la Agonía, durante la procesión de anoche. /
El Cristo de la Agonía, durante la procesión de anoche.

En la procesión de Caridad de Medina del Campo solo se escucha el sonido de los tambores y la música de las bandas

PATRICIA GONZÁLEZmedina

Con el «Sí, prometemos» y la interpretación de las marchas procesionales habituales Bendición, Marcha Real y Agonía en la Columna comenzó pasadas las nueve de la noche la procesión de Caridad en Medina del Campo. En sus orígenes desfilaba el Jueves Santo por la mañana y acudía hasta la cárcel de la localidad con la imagen de Nuestro Padre Jesús Atado a la Columna (Domingo Beltrán Otazu, 1565) donde se procedía a la liberación de un preso. Es uno de los desfiles más populares ya que «además de ver cómo prometen el silencio, que es un acto muy significativo, también es precioso ver como en las puertas de la Residencia de Ancianos Desamparados cantan la Salve», comentó Rocío Martín, quien cada año, si el tiempo no lo impide, acude puntual a la cita de los capirotes rojos. Y es que las promesas de silencio, sacrificio y penitencia no solo llegan a los cofrades, sino que «todos en nuestro interior hacemos estas ofrendas a Dios en un día tan especial como el de hoy, ya que el sentimiento que tenemos por las procesiones y la fe es lo que nos lleva a vivir la Semana Santa de esta manera», detalló el medinense Jesús González, que a pesar de residir en otro distrito municipal (la sede de la cofradía es la iglesia parroquial de Santiago) no duda ni un segundo en participar de manera activa en los desfiles.

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Uno de los rasgos más identificativos de esta cofradía, fundada en 1943, es su carácter familiar. Padres, hermanos, tíos, hijos, sobrinos y nietos militan con devoción tanto al Cristo de la Agonía (Domingo Beltrán Otazu, 1565) como al Atado a la Columna (ambas tallas, de extraordinario valor son los pasos que conforman este desfile).

«Para nosotros es una de las procesiones más bonitas», explicó Luis Boya, de 72 años, que siguió la tradición familiar iniciada por su padre y a los doce años se puso el hábito de la hermandad por primera vez. La tradición familiar y el sentimiento de fe es lo que cada año mueve a Boya a participar en esta procesión. «Yo procesiono por la fe que tengo y por la devoción a los dos cristos, pero tengo que decirte que ahora se hace mucho folclore con la Semana Santa y con los desfiles, y a mí es algo que particularmente no me gusta nada porque se desvirtúa el sentido de la Semana Santa».

El que también participa de manera activa y espera todo el año para ver cómo las dos tallas recorren las calles de la localidad es el joven Eduardo Martín. Además de ser cofrade es el secretario de la hermandad. «Tenemos la suerte de ser una cofradía joven, con muchos niños y con gente joven», aseguró Martín, mientras que reconoce que el momento más emocionante es «la promesa y la salve en el asilo».

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