La segunda vida de Teresa

Teresa, en su casa de Mata de Cuéllar. /A. Tanarro
Teresa, en su casa de Mata de Cuéllar. / A. Tanarro

Esta vecina de Mata de Cuéllar se sometió el pasado 30 de abril a un trasplante de corazón al sufrir una grave cardiopatía

MÓNICA RICOCuéllar

«He vuelto a nacer». Con estas palabras nos recibe Teresa González Vergara en el salón de su casa de Mata de Cuéllar, donde hace una vida prácticamente normal, después de que hace tan solo unas semanas recibiera un trasplante de corazón. A principios de junio se celebró el Día Nacional del Donante de Órganos y Tejidos, y ahora Teresa cuenta su caso, con el que ayuda a sensibilizar a la sociedad sobre la donación, un acto altruista que salva cada año millares de vidas.

Hasta el pasado mes de febrero, Teresa era una mujer sana de 57 años, sin ningún síntoma extraño de cardiopatía. «Empecé a ponerme mala en Santa Águeda», recuerda, «estaba celebrándolo y me encontraba muy cansada y me asfixiaba mucho», después de pasar alguna noche que no podía dormir por la sensación de ahogo, pero «yo no sabía que eso era un síntoma de tener problemas de corazón».

Después de cuatro noches sentada en el sofá, porque ya solo el gesto de tumbarse le impedía respirar, y pensando que podía tener algún problema de pulmón, optó por ir al médico, desde donde le desviaron de Urgencias al Hospital de Medina del Campo, con una insuficiencia cardiaca. Aunque una vez no fue suficiente para detectar su patología. Acudió hasta en tres ocasiones al hospital con síntomas de ahogo «y en realidad el problema no era fácil de entender, porque fueron raros y la detección no era sencilla». Sin embargo, sí apunta que una mujer sana, sin ninguna enfermedad y «que va tres veces a Urgencias con un parte del médico que marca una insuficiencia cardiaca no es broma. Yo no sabía lo que me pasaba, pero me pasaba algo. Yo me estoy ahogando, no sé lo que mi cuerpo me está haciendo, pero me encuentro muy mal», recuerda que pensaba y les explicaba a los médicos.

Hasta que un cardiólogo se interesó por su dolencia y decidió hacer un TAC. Fue entonces cuando vieron «que mi corazón estaba grande y muy malito», por lo que la ingresaron en Medina para hacerle algunas pruebas, y desde allí al Hospital Clínico de Valladolid, a la unidad de cardiología, que «es genial, lo mejor que me pudo pasar». Allí nuevas pruebas llevaron a la conclusión de que la única solución era realizar un trasplante de corazón.

A los problemas médicos de Teresa se sumó uno más. Su hermano de 55 años tenía síntomas similares y se encontraba ingresado en Ávila, pues vivía en Madrigal de las Altas Torres. Ella ingresada en Valladolid desde el 20 de marzo y él unas semanas antes en otro hospital hasta el 24 de marzo, fecha en la que falleció por un coágulo en el corazón, porque «estaba más malito que yo», explica Teresa. Es entonces cuando los médicos se dan cuenta de que la cardiopatía que sufre Teresa es genética y puede afectar a otros miembros de su familia, a los que han hecho distintas pruebas para comprobar que no sufren la dolencia. Al parecer, su enfermedad se desarrolla a partir de los 50 años, por lo que el resto de sus hermanos aún no tienen síntomas, que pueden o no aparecer. Pero el control a partir de ahora será constante.

La misma enfermedad

El fallecimiento de su hermano «fue un palo durísimo», pero a la vez es cuando los médicos «se ponen muy en serio conmigo y me incluyen en lista de espera, porque ven que tengo la misma enfermedad, es muy serio y me ingresan en la UCI, donde estuve esperando un corazón». Para llegar al trasplante estuvo un mes en la UCI. Su cuerpo estaba muy sano, a excepción del corazón, pero el proceso «ha sido duro» y el nuevo corazón no llegó hasta la tercera vez que estuvo preparada. «Es un proceso que llevan los médicos muy minucioso y muy largo. Van a por el corazón y si no les gusta, aunque te hayan preparado para el quirófano, no lo ponen».

Así ocurrió la primera vez que tenían un corazón para ella, «no les gustó», mientras que el segundo estaba en Oviedo y ese día no había niebla, por lo que el helicóptero no pudo volar, «aunque se lo pusieron a otra persona de allí», señala. Esa segunda ocasión «lo pasé muy mal, pensé que era mala suerte, pero en realidad fue buena, porque sí que llega. Cuando estás esperando todo te parece mal, pero todos están para ayudarte y al final llega, lo que pasa es que la espera es dura».

Finalmente llegó el tercer corazón, su corazón. La operación fue bien, al igual que está siendo la recuperación. «Me operaron el 30 de abril y a los 16 días me dieron el alta», un proceso tras el cual «estamos todos muy contentos», aunque no faltan las pruebas, «todavía hay que ir despacio» y hasta los seis meses hay que hacer biopsias y tomar mucha medicación, alimentación estricta, mascarilla y tener bastante control, pero Teresa se encuentra bien, «estoy muy animada para hacer muchas cosas». Aunque en dos meses ha perdido doce kilos, «porque se pierde mucha masa muscular al estar en la cama sin moverte», poco a poco se está recuperando, simplemente paseando.

A pesar de lo complicado y duro del proceso, para ella todo «ha sido una experiencia estupenda, es como un milagro» y solo tiene palabras de agradecimiento al equipo médico del Clínico, desde enfermeras, hasta médicos, cardiólogos… es «impresionante». «Hay gente que cree en Dios y yo creo en el equipo de Cardiología del Clínico, del primero al último».

La importancia de donar

Después de su experiencia, Teresa hace hincapié en la importancia de donar. Aunque ella ya anteriormente era consciente de ello, y era donante de órganos desde los 18 años, nunca pensó que «iba a estar en el otro lado». Recalca que España es uno de los primeros países en número de donaciones y trasplantes, y que eso «da vida. Al morirte das vida a otra persona». Como es habitual en estos casos, no sabe nada de su donante, y tampoco se hace muchas preguntas al respecto. Sabe que ahora tiene un corazón joven.

Teresa hace hincapié en que un órgano lo puedes necesitar «en cualquier momento y en cualquier lugar» y que para ella todo ha sido una sorpresa. Su enfermedad no se detecta con un simple electro y, aunque no fue fácil, finalmente consiguió tener una nueva vida. «La gente no va a Urgencias porque se ahoga y ya está. Ahora cualquier síntoma parece depresión, se camufla. Los pacientes tampoco sabemos lo que nos pasa, pero después de ir tres veces a urgencias no hay que pensar que no tienes nada, para detectar mi enfermedad hay que hacer un TAC».

Ahora Teresa está viviendo «una nueva oportunidad», con mucha fuerza. Poco a poco irá haciendo una vida normal, con una medicación y unos controles minuciosos, especialmente durante los primeros meses. Aunque optimista y con ganas, asegura que «eso de que te quiten un corazón y te pongan otro, se dice muy pronto, pero no es tan sencillo ni fácil de asumir», pero «hay que estar muy preparada mentalmente», por las pruebas, la tensión de la espera…. La mayoría de los recuerdos de su ingreso son positivos. «Yo me he sentido muy bien, casi como una reina en la UCI, no me he sentido en peligro en ningún momento, sé que he estado bastante mala, pero me he sentido bien sabiendo lo que iba a pasar y que iba a salir todo bien. Te sientes muy cuidada y tienes muchas ganas. Yo estaba muy fuerte mental y físicamente, aunque lo pasé muy mal porque murió mi hermano».

El duro proceso de Teresa también ha afectado a su familia. Su padre, de 83 años, le animó a estar positiva. Me dijo: tu hermano ha muerto, pero a ti te están dando vida, para que aprovechara la oportunidad. «Te aferras a tu familia y a recuerdos, como a la fortaleza de mi madre cuando atravesó un cáncer, que me dio una lección de fuerza». Se ha sentido apoyada y arropada por todo el equipo del hospital, pero también por su familia. Su hija y su marido han estado con ella en todo momento, al igual que sus hermanos.