Los Ancares Leoneses, en los límites del bosque

Osos y lobos, musgos y líquenes en una montaña mágica, reserva de la Biosfera, que invita a degustar su secreto profundo

Tejeira. El río Tejeira fluye hacia el Burbia./Alberto Mingueza
Tejeira. El río Tejeira fluye hacia el Burbia. / Alberto Mingueza
Carlos Aganzo
CARLOS AGANZO

Aquí se termina la carretera. Se termina la civilización. Se termina el mundo. Y comienza la fascinante fantasmagoría de los líquenes en el bosque invernal. Tejeira es bosque de tejos: ese árbol mitológico donde se entretienen los espíritus antes de entrar en las iglesias o en los cementerios. Hongos de fantasía, fuentes de medicina druídica, árboles con pelaje verdiblanco, como signo de la pureza del aire en las reservas de la Biosfera. El ritmo de las estaciones, todavía no vulnerado en el santuario de Los Ancares.

De la magia de las montañas algo sabe Luis Manuel Prieto, que trocó hace seis años el ruido del periodismo por el susurro del filandón. Su cámara fotográfica, de hecho, ha conseguido captar por estos bosques no trasgos, janas ni cuélebres, pero sí osos, lobos o valiosos ejemplares autóctonos, como el herrerillo capuchino, la víbora de Seoane, la rana de Los Ancares o el búho chico, que es un búho real en miniatura. También la cabra hispánica, que no es de aquí, pero que llegó para quedarse. Y el vigilante perpetuo de los valles del Burbia y el Tejeira: el astuto gavilán.

Cocina de abrigo. Luis Manuel Prieto y Mari Flor Poncelas.
Cocina de abrigo. Luis Manuel Prieto y Mari Flor Poncelas. / Alberto Mingueza

Tejos y castaños, acebos y orquídeas de bosque beben de las aguas del río Tejeira, que se despeña en torrente por el valle hasta fundirse con el Burbia. Éste a su vez con el Cúa, y este último con el Sil. Hasta que ya todos juntos, convertidos en el río Miño, van a desaguar en La Guardia, entre España y Portugal. Tejeira o Teixeira, tanto da, porque aquí las gentes de natural falan galego. Manantial purísimo que nace del corazón de esta comarca en el límite del límite.

Aunque esté a 26 kilómetros, que resultan ser tres cuartos de hora de travesía deslumbrante, Tejeira pertenece al municipio de Villafranca del Bierzo. Y cuenta con 64 habitantes, según el último censo. Y con la Cantina de Teixeira que, son sus catorce plazas, presume de ser el restaurante más pequeño de la región. Por eso es mejor recurrir a internet, o a la guía telefónica, y llamar. Hay menú degustación, pero lo suyo es preguntar por esa cocina exclusiva y personalizada de la que presume la casa.

En tres palabras

Puentes.
Los puentes de Paradaseca recuerdan el paso de los romanos tras el oro de Los Ancares.
Fuentes.
Las fuentes medicinales del valle son célebres por sus poderes curativos.
Sendas.
La del Pico Peñarrubia (1.822 metros) es una de las muchas sendas que parten de Tejeira.

Después de jugarte el tipo cruzando las pasarelas sobre el clamor del río; de recolectar setas raras y fotografías de líquenes con formas y colores imposibles, el godello de Luna Beberide, un blanco de reflejos metálicos que se cría en Cacabelos, empieza a favorecer el paso de las visiones boscosas a los paisajes de interior. DO Bierzo, claro. Para comer, Pago de Valdoneje roble 2017, un mencía redondo nacido en Valtuille, a las faldas del antiguo asentamiento romano de Castro Ventosa. Viñas viejas y un toque de humo que evoca el fuego de las cabañas de los habitantes del bosque.

Ahora sí, sentados a la mesa con Mari Flor, dueña celosa de los secretos de la cocina, procede el desfile de los platos: caldo con chorizo y berzas de invierno –«la berza de enero es como el ternero»–; pimientos rellenos; espárragos con lacón gratinado; prueba de cachopo, en honor a los vecinos asturianos; bacalao en la vieja tradición medieval de los tasajos... y el plato estrella: gallo de corral. Gallo que, de no ser gallo, hoy sería solomillo de ternera con higos de culo seco de Corullón. Ya es decir.

Pasados los mil cien metros de altura –Tejeira está a 1.001–, no resulta difícil encontrar arándanos en el monte. Pequeñas bayas silvestres que van del rojo al morado y que dan cuerpo al licor que acompaña al flan de café y a la tarta de frutas del bosque.

Hablan los arándanos y nos llaman, de nuevo, al sabor salvaje de este territorio esencial. Es difícil sentirse más a gusto, más cómodo, más recogido. Más a salvo.

Artículo promovido por la Consejería de Fomento.

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