Roberto y la paz de 79 familias de Palencia

Almudena García-Rubio, a la derecha con sombrero, durante la excavación en el parque de La Carcavilla en 2011./Víctor Herrero
Almudena García-Rubio, a la derecha con sombrero, durante la excavación en el parque de La Carcavilla en 2011. / Víctor Herrero

La tenacidad del hijo de un represaliado posibilitó la exhumación en La Carcavilla

Ricardo Sánchez Rico
RICARDO SÁNCHEZ RICOPalencia

La exhumación que en 2011 se llevó a cabo en el parque de la Carcavilla permitió recuperar los restos de 108 represaliados en la Guerra Civil que fueron enterrados en el antiguo cementerio municipal y 67 identificaciones genéticas. «Un número muy significativo para cómo trabajamos en España, sin base de datos del Estado», recuerda Almudena García-Rubio, antropóloga de la Sociedad de Ciencias Aranzadi, que participó en las excavaciones. «La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Palencia hizo un trabajazo. Hubo tres o cuatro personas al frente de las agrupaciones de familiares que no sé el trabajo que hicieron de papeles, de notarios, de justificaciones. Se tiró del hilo todo lo que se pudo», subraya Almudena García-Rubio, que destaca un nombre por encima de todos: el del baltanasiego Roberto Pérez Espina, hijo de un represaliado, Saturnino Pérez Diago, natural de Hontoria de Cerrato y que fue detenido en Villaviudas y fusilado por Consejo de Guerra el 18 de enero de 1937, cuando tenía 41 años.

El sonajero de un bebé, gemelos de oro y gafas

Un reportaje estos días publicado en El País ha devuelto la actualidad la exhumación que se realizó en 2011 en La Carcavilla y el hallazgo de un sonajero junto a los restos de una mujer, Catalina Muñoz, ejecutada en septiembre de 1936 y enterrada allí con el juguete de su hijo de nueve meses, Martín de la Torres Muñoz, que ha conocido su historia 83 años después.

«Es un objeto único, no han aparecido más procedentes de una fosa de la Guerra Civil. Es llamativo por la forma y los colores. Cuando pudimos hacer algunas comprobaciones, se comprobó que el material era celuloide, compatible perfectamente con 1936, ya que se utilizaba desde finales del siglo XIX para objetos cotidianos, como monturas de gafa o muñecas. Entiendo que alguien pueda pensar que no es de la época, pero hicimos averiguaciones para estar completamente seguros», señala Almudena García-Rubio, que incide en cómo se hallaron también en La Carcavilla unos gemelos de oro, gafas o lápices.

«El proyecto de la Carcavilla se debe a la voluntad férrea de Roberto. Le dijeron que no varias veces, pero no paró hasta que consiguió que se pusiera en marcha el proyecto. La voluntad de una sola persona consiguió que se recuperaran 108 cuerpos. Cuando hablamos de La Carcavilla, siempre empezamos por Roberto», agrega Almudena García-Rubio, que hizo su tesis doctoral sobre identificación y arqueología forense en España y utilizó La Carcavilla como hilo conductor. «Recalco el papel de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Palencia, allí hubo un espíritu colectivo, gente muy trabajadora sin ser familiares y sin estar personalmente implicados. La labor de esta gente durante tantos años es lo que más recalco, lo fácil que fue trabajar gracias a ellos», añade la antropóloga de la Sociedad de Ciencias Aranzadi, que en 2009 participó también en la primera campaña en La Carcavilla, cuando se hallaron restos de 32 personas y fueron identificadas doce.

«Como fue un éxito y se identificó a varias víctimas de Baltanás y Villaviudas, se montaron tres asociaciones de familiares de distintos municipios de Palencia y, con las subvenciones del Ministerio de la Presidencia, aunque eran distintos proyectos se hizo una única exhumación dos años más tarde, desde agosto hasta noviembre», indica Almudena García-Rubio, que señala que no hay más intervenciones pensadas para La Carcavilla, «pero hay más restos porque en el antiguo cementerio se enterraron 485 víctimas».

Roberto Pérez Espina. Ese es el nombre que destaca la antropóloga de la Sociedad de Ciencias Aranzadi como protagonista, con su tesón, de que en La Carcavilla se llevara a cabo la exhumación de los cuerpos de represaliados. Un hombre de 82 años nacido en Baltanás el 21 de junio de 1936 y que perdió a su padre cuando solo tenía siete meses.

«Mi padre fue fusilado el 18 de enero de 1937, en aquella época había muchas envidias e ignorancia y a mi padre le implicaron en cosas que no hizo. Era zapatero y tenía un poco de labranza, se apuntó a la Casa del Pueblo para que le dieran simiente, pero le tacharon de 'rojo' y estuvo preso en Palencia hasta que le fusilaron. Mi madre tuvo que aprender a ser panadera, yo era el pequeño de cinco hermanos y, cuando murió mi madre, un tío mío me sacó de la escuela con 11 años para llevarme al campo con él. No me pagaba y me pegaba. Así estuve hasta los 15 años, que me fui con mis hermanos a la panadería», señala Roberto Pérez Espina, recordando la difícil niñez y adolescencia que tuvo.

«Luego me fui a la Marina de Guerra y estuve ahí dos años y medio, recorrí medio mundo. Después me fui a Madrid en busca de quien era entonces mi novia y hoy mi mujer, que se había ido allí con su padre. Estuve trabajando en Madrid y me convencieron para que me metiera en la Policía Armada. Tanto me insistieron que eché la solicitud, pero no me avisaron para los exámenes. Gracias a un guardia civil de Baltanás, que me avisó, me fui a Madrid al Ministerio, y un conserje me dijo que me fuera a Burgos, que examinaban al día siguiente. Hice el examen bien y salí aprobado. Ingresé en la Academia de la Policía Armada e hice un curso de nueve meses. El profesor de armamento nos dijo a unos cuantos que si no queríamos no hiciésemos el examen final porque estábamos aprobados. Pero un día que estábamos formados en el patio unos 500 porque venía un general, me llamaron por megafonía para que fuera al despacho de un capitán, que me dijo que tenía que abandonar porque no había aprobado. Le dije que no era así, pero al final tuve que firmar voluntariamente la baja porque, si no, tenía que pagar hasta las 25.000 pesetas que costaban los uniformes. Me echaron de la Policía Armada por lo de mi padre», apunta Roberto Pérez Espina.

«En febrero de 1961 agarré el tren y me fui a Alemania. Estuve allí 14 años y me casé por poderes con mi mujer estando allí. El día de la boda yo trabajaba de noche, y los compañeros bromeaban diciendo que qué noche me iba a pasar...», comenta Roberto Pérez Espina, que inició su cruzada para buscar los restos de su padre en 2003, cuando el alcalde de Villaviudas, en representación de los familiares y por mediación de José Ignacio Casado, de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Burgos, solicitó la exhumación de ocho cuerpos en la localidad burgalesa de Olmedillo de Roa.

«Fuimos mi mujer, mi hija y yo, y cuando llegamos, ya habían sacado unos cuantos restos. Me causó tanta impresión que pensé que mi padre estaría igual. Pregunté a un amigo mío, que también perdió a su padre, e indagamos por Palencia. En 2005, en los archivos de la época del Ayuntamiento, cogimos los nombres de unos cuantos fusilados, entre ellos el de mi padre y el suyo. Creamos en 2008 la agrupación de Familiares de Fallecidos y Desaparecidos durante la Guerra Civil Española de 1936 y enterradas en el Cementerio Viejo de Palencia, y José Ignacio Casado nos gestionó todas las subvenciones», recuerda Roberto Pérez Espina.