Un monstruo viene a verme

«Sara tuvo la desgracia de que su madre decidiera meter al monstruo en su casa, que le dejase a solas con ella y que mirase hacia otro lado incluso cuando se conocieron los hechos»

Juicio por el crimen de la niña Sara./POOL
Juicio por el crimen de la niña Sara. / POOL
Marta Bermejo Maniega
MARTA BERMEJO MANIEGAValladolid

Siempre me he preguntado por qué los niños sueñan con monstruos. Cómo la imaginación desbordante acaba creando seres que viven debajo de nuestra cama o que habitan en el armario y salen para asustarnos en mitad de la noche. Pueden ser azules o verdes, asustarnos con mil ojos o grandes bocas con dientes enormes. Esos seres han servido incluso de inspiración para llenar cuentos o hacer películas de gran reconocimiento. Todo ello hablando siempre de la ficción y de la irrealidad de una mente inocente y dulce.

Pero, por desgracia, hay veces en que la realidad supera esa ficción y los monstruos viven contigo. No hay manera de escapar de ellos, están en la habitación de al lado y entran sin llamar. Así lo estamos viviendo en Valladolid desde 2017, cuando conocimos el caso de la niña Sara. Confieso que no he podido dejar de pensar en ella desde entonces y hoy he sentido la necesidad de escribir esta columna en su honor.

Por mi profesión he vivido de cerca este caso, incluso conociendo mucho más de lo que me hubiese gustado saber, pero sobre todo me ha tocado como madre de una niña y otra en camino. No puedo, no encuentro ninguna explicación a lo que Sara tuvo que sufrir los últimos días de su vida. Falleció a causa de un golpe craneoencefálico (como han apuntado los forenses en el juicio, que se está celebrando estos días), pero si los malos tratos que recibió no fueron suficientes, también se ha demostrado que hubo signos claros de agresión sexual. Vivencias que ojalá nadie tuviera que pasar en su vida, pero mucho menos una niña de tan solo 4 años, que tendría que estar descubriendo lo maravilloso que es conocer el mundo. Sara tuvo la desgracia de que su madre decidiera meter al monstruo en su casa, que le dejase a solas con ella y que mirase hacia otro lado incluso cuando se conocieron los hechos. Pero ella nunca se rindió, lucho con sus propias uñas intentando huir de su monstruo hasta que no pudo más.

Hoy escucharemos las conclusiones finales de todas las partes y no será hasta el martes cuando, seguramente, sabremos el veredicto. No quiero hacer juicios morales paralelos, porque hasta el último día hay que decir eso de 'presuntamente' y creer en la inocencia de las personas. Lo único que sé es que Sara sí que era una niña inocente, que seguramente solo quería el abrazo de sus padres después de ver al monstruo. Ojalá todo hubiese sido diferente, ojalá todos los mecanismos se hubiesen activado a tiempo y entre todos hubiésemos podido despertarla de su pesadilla con el beso reconfortante que da una madre en mitad de la noche. Pero esta vez no hemos podido escribir el final del cuento perfecto, esta vez solo podemos decir a Sara que, allá donde esté, ya no habrá más monstruos que vayan a verla. Descansa en paz, pequeña. Ya saben, esta es solo mi opinión, sea usted crítico y libre de opinar.