Tangueros sinfónicos

Pablo Mainetti, con su bandoneón. /
Pablo Mainetti, con su bandoneón.

El bandeonista Pablo Mainetti interpreta el concierto de Piazzolla con la OSCyL a las órdenes de Josep Pons

VICTORIA M. NIÑO

Golpe y suspensión, esa es la base rítmica del tango que lo hace reconocible a todos los oídos. Sobre esa base se ha construido todo un lenguaje musical con el bandoneón como instrumento fetiche. Hoy y mañana sonará en las manos de Pablo Mainetti, quien interpretará con la Orquesta Sinfónica de Castilla y León el concierto de Piazzolla. En el podio, Josep Pons, el director que ha conformado un programa a priori ecléctico y sin embargo hay un sutil hilo que une al compositor argentino con el húngaro Bela Bartók y con el ruso Igor Stravinsky. Menú denso, entretenido y variado para el séptimo concierto de abono.

Pablo Mainetti (Buenos Aires, 1971) grabó esta obra con el maestro catalán en 1995 para Harmonia Mundi. «Es sorprendente el paso del tiempo y también cómo Pons disecciona la obra, que aún siendo conocida para mí, la llena de nuevas cuestiones», dice el bandoneista, compositor y profesor. «Fue un encargo para Piazzolla, que logró, más allá del bandoneón, que toda su mundo sonoro estuviera transido por elementos tangueros. Su tejido orquestal está teñido de eso, puedes escuchar su música y siempre tiene esa unidad rítmica, ese prototipo acentual». Hoy tanto Astor Piazzolla como Carlos Gardel son dos iconos de la música argentina, «los que consiguieron hacer universal lo local», sin embargo el compositor desconcertó a veces a sus coetáneos hasta el punto de ser acusado de ser el enemigo del tango.

«Cuando innovó en la instrumentación, cuando usó por ejemplo guitarras eléctricas, eso fue lo que provocó rechazo. Pero eran cambios epidérmicos, lo nuclear de su música es el tango», dice Mainetti. «De hecho su vida profesional consistía en escribir música para orquestas de tango. La generación de mi padre creció escuchando sus obras sin saber que eran de él».

El otro icono tanguero, Carlos Gardel, abrió otra vía a los músicos argentinos «la de intuir por dónde iría el futuro, la de darse cuenta de que había que girar en el mismo sentido que el mundo. Por eso auguró la importancia de las grabaciones, la posibilidad de reescuchar fuera de la sala de conciertos, y la gran difusión que ofrecía el cine. Es curioso que Astor Piazzolla, que vivía en Nueva York, hizo de guía para Gardel y su séquito allá. Y le dieron un pequeño papel durante el rodaje de El día que me quieras. Al final, Gardel le ofreció tocar el bandoneón con su orquesta pero el Piazzolla padre no le dejó a su hijo. De haberle dejado, probablemente no estaríamos tocando su concierto porque habría muerto con Gardel en el accidente de avión en Medellín».

Mainetti tiene entre sus manos el bandoneón desde los 14 años. «Su llegada a Argentina fue un poco como la del saxofón a EEUU, vino un instrumento alemán que quería sustituir al órgano, y se creó una técnica independiente asociada a un lenguaje nuevo. Cambió de misión. La música que ha creado es relativamente joven, apenas 130 años». Mainetti es también compositor, aunque es esa faceta es capaz de dejar de ser tanguero, «entro y salgo de esa lengua materna como de la casa de mi madre». Por eso ha firmado música de cámara, sinfónica y hasta óperas. Toca bandoneones heredados, «nunca estrené, aunque ahora hay un boom de fabricantes que quieren crear un instrumento nuevo», como músico de cámara y con orquesta. «El bandoneón se lleva bien con la guitarra pero he ido descubriendo su buen carácter porque se entiende con la sección de madera y con los cuartetos estupendamente».

Piazzolla estudió a Stravinsky a Bartók de cuyo catálogo se podrán escuchar esta semana la suite Petrushka, uno de los ballets exitosos del ruso, y El mandarín maravilloso, la polémica obra del folklorista magiar. Basada en un cuento alegórico, el público no entendió la alegoría que proponía esa historia y se quedó con el escándalo de la lujuria y los bajos fondos.