Fernando Manero: «Necesitamos referencias valiosas y recuperar el valor del magisterio»

Fernando Manero, en la Plaza Mayor. /H. Sastre
Fernando Manero, en la Plaza Mayor. / H. Sastre

Fernando Manero reivindica en 'Huellas que perviven' personas, ideas y paisajes que pueden ayudarnos a afrontar los retos de la existencia

Vidal Arranz
VIDAL ARRANZValladolid

El catedrático emérito Fernando Manero se ha ganado a pulso el título de figura de referencia en la vida intelectual vallisoletana. Por su libertad de criterio, por su búsqueda del entendimiento, por su infinita curiosidad, y por su compromiso con el entorno social en el que se han desarrollado tanto su actividad académica como la ciudadana. De ahí el especial interés que despierta la publicación de ' Un mapa de ruta personal que busca salvar del olvido a personas que merecen recordarse y

Figuras clave de la vida de Valladolid, como Millán Santos, Santiago de los Mozos, Pedro Gómez Bosque, Julio Valdeón, Miguel Delibes, Catalina Montes, Santiago López, Tomás Rodríguez Bolaños o su maestro, Jesús García Fernández, conviven en sus semblanzas junto a otras como Mario Benedetti o José María Martín Patino, cuyo valor referencial va más allá de lo local.

La parte dedicada a los maestros es la más extensa del libro. En su mayoría se trata de personas con las que Fernando Manero tuvo relación personal, pero, salvo unas pocas excepciones más privadas (su padre) se trata, además, de figuras que encarnan de algún modo el vigor, la energía e inteligencia de esa parte de la sociedad vallisoletana que ha aportado los mayores logros para la ciudad, ya sea desde la Universidad, la política, la empresa o la solidaridad. Y todo ello «escrito desde la libertad y sin ataduras».

Pero la principal novedad del libro está en las otras dos partes. Una primera de aforismos, que desvela una pasión muy poco conocida de su autor, con la que busca, de algún modo, saciar su pasión por el mundo del pensamiento, que fue su primera vocación antes incluso que la Geografía, a la que se ha dedicado profesionalmente. «Siempre he tenido una espina clavada con la Filosofía y he encontrado el modo de satisfacerla mediante el aforismo», un género en el que se inició de la mano de todo un experto, como Jorge Wagensberg. En algunos casos como «No hay mayor sorpresa que ver amanecer cada día», los aforismos de Manero casi conectan con el haiku. En otros, se ilumina algún rincón de sabiduría no siempre evidente: «Cuánto cuesta salir de la mentira sin que ello suponga necesariamente entrar en la verdad». O «El poder de los grupos de presión sólo es percibido cuando se muestra irreversible», que muestra una dimensión más política del género. «El aforismo es una salida a la inquietud, pero también una forma de tomar postura ante algún estímulo provocativo que alimenta la reflexión». He aquí otra buena muestra de tales cualidades: «No siempre las lecciones de la experiencia ayudan a avanzar en la dirección deseada».

Finalmente, el libro dedica una tercera parte a los paisajes a través de 51 fotografías comentadas. La fotografía, que siempre ha sido instrumento de trabajo del geógrafo, adquiere aquí otra dimensión. Como esos textos que son, en cierto modo, como los pies de foto de las publicaciones profesionales, pero con un calado y dimensión completamente distintas. No nos sorprende que el catedrático de Geografía asegure que «el paisaje es una fuente de inspiración permanente», pero sí que nos desvele que «está repleto de ideas, fenómenos y hechos», la materia prima del conocimiento. Entre las 51 fotografías las hay de entornos naturales, que se imponen por su belleza, pero, sobre todo, de espacios humanizados porque, a juicio de Manero, «el paisaje cobra mayor interés cuando aparece la impronta humana, su huella transformadora, que hace necesaria una interpretación».

Todas las fotos, que nunca se habían publicado antes, como los aforismos, tienen un rasgo común: son fotos de espacios en silencio, tomadas en silencio, o que se refieren a lugares que pudieron ser ruidosos en el pasado pero que ahora no lo son. . Y por ese camino esta tercera parte del libro se convierte en una defensa casi apasionada de la calma.