Para reencontrarnos con quienes fuimos

'El Camino Protegido' (fragmento, 1873), de Claude Monet. ./
'El Camino Protegido' (fragmento, 1873), de Claude Monet. .

¿Y si el camino de la vida avanzara en forma de un círculo que comienza y termina en el mismo punto?

Esperanza Ortega
ESPERANZA ORTEGAValladolid

Al volver la vista atrás/ se ve la senda que nunca/ se ha de volver a pisar». ¿Quién no reconoce estos versos de Antonio Machado? Al oírlos se nos representa la antigua metáfora de Dante y de Manrique, que identificaban la vida con un camino: «Caminante, son tus huellas/ el camino…». Recordar sería entonces regresar en busca del tiempo perdido. A Proust, fue el olor de una magdalena lo que le indujo a internase por los vericuetos y senderos del pasado, y es que el olor aviva tanto la memoria que hasta puede hacernos creer que ya hemos vivido el instante presente, lo que se conoce como el fenómeno del 'déjà vu'. Dickens lo describía así:

«Todos hemos tenido alguna vez la sensación de que lo que estamos diciendo o haciendo ya lo hemos dicho y hecho en una época remota; la sensación de haber estado rodeados por las mismas caras, objetos y circunstancias; de que sabemos perfectamente lo que diremos a continuación, ¡como si de pronto lo recordásemos!».

Así de evocadores pueden ser los sentidos. A la inversa, los recuerdos infantiles demasiado elaborados, esos que no destilan el aliento deshilachado de la sensación, suelen estar lejos de la memoria auténtica. Antonio Gamoneda, en 'Un armario lleno de sombra' alude a este problema:

«Estoy escribiendo, en buena parte, con viejas noticias y con recuerdos que son, propiamente, noticias y recuerdos heredados. De mi madre. Me los trasmitió imprecisos y velados por la tristeza (…) Lo que llamo recuerdos heredados han quedado en la mía convertidos en imágenes tan inconsistentes –o tan consistentes- como las adquiridas en la experiencia propia».

Sin embargo, quien escribe sus memorias intenta recuperar la auténtica manera de mirar y de sentir del niño que fue un día. Para conseguirlo ha de reconstruir la conciencia corporal infantil, aquella percepción extrema de la que hablaba Paul Auster en 'Diario de invierno':

«Quizá sea mejor que de momento dejes tus historias a un lado y trates de indagar lo que ha sido vivir en el interior de este cuerpo desde el primer día que recuerdas estar vivo hasta hoy. Un catálogo de datos sensoriales. Lo que cabría denominar 'fenomenología de la respiración'».

Esta reflexión nos sitúa ante el principal problema al que se enfrenta el autor de memorias: ¿hasta qué punto su escrito es fiel a la verdad? Hay un breve relato de José María Merino que se titula 'La memoria confusa', que puede ayudarnos a responder a esa pregunta:

«Un viajero tuvo un accidente en un país extranjero. Perdió todo su equipaje, con los documentos que podían identificarlo, y olvidó quién era. Vivió allí varios años. Una noche soñó con una ciudad y creyó recordar un número de teléfono. Al despertar, consiguió comunicarse con una mujer que se mostró asombrada, pero al cabo muy dichosa por recuperarlo. Se marchó a la ciudad y vivió con la mujer, y tuvieron hijos y nietos. Pero esta noche, tras un largo desvelo, ha recordado su verdadera ciudad y su verdadera familia, y permanece inmóvil, escuchando la respiración de la mujer que duerme a su lado».

En 'La memoria confusa', según aparece en su último párrafo, el recuerdo auténtico no adopta la forma de respuesta iluminada, sino de pregunta penumbrosa, es decir, que la memoria es búsqueda antes que hallazgo, interrogación desvelada sobre la verdadera identidad. El autor de un libro de memorias, como el protagonista del relato de Merino, sabe que ha olvidado su ser verdadero y espera reencontrarse con él en el texto. Lo que desea desvelar es un secreto muy antiguo, algo semejante a la mirada del niño sobre el mundo. Por medio de la imaginación puede crear la ficción de los sueños, pero es en el desvelo en donde se reconoce en el espejo de la verdad: «Pero esta noche, tras un largo desvelo, ha recordado su verdadera ciudad y su verdadera familia». 'Despertar', en castellano antiguo, quería decir 'recordar', así utiliza el término Jorge Manrique en el comienzo de sus 'Coplas': «Recuerde el alma dormida…», y ese es también el significado que le atribuye Merino. Este significado alude a la interpretación platónica de la existencia, pues, según el filósofo griego, nuestra conciencia dormida olvida al nacer su ser verdadero, y solo cuando estamos intelectualmente despiertos recordamos quiénes fuimos en un tiempo anterior. El protagonista del cuento de Merino despierta en la noche y recuerda quién era antes del olvido primigenio, con el que ha soñado durante toda su vida. A esa verdad original pretende llegar el autor de memorias por medio de la escritura.

Hay también otro riesgo en la indagación entre los pliegues del recuerdo: al volver la vista atrás, podemos encontrarnos con huellas de lo vivido que hubiéramos querido borrar. De hecho, en las buenas autobiografías suelen aparecer episodios vergonzosos, lo que hace de las memorias una forma de confesión, al descubrir nuestro lado oscuro ¿Y desnudarnos en la escritura no es un acto de impudor narcisista? María Zambrano, comentando las 'Confesiones' de San Agustín, señalaba que, al poner al descubierto su interior, el autor que se confiesa en el texto hace lo contrario que Adán y Eva cuando fueron expulsados del Paraíso: ellos trataron de cubrirse para ocultar su desnudez porque sentían vergüenza al verse por primera vez a sí mismos culpables, en cambio el autor de memorias se desnuda ante el lector para liberarse de su culpa. ¿Por qué lo hace? ¿Acaso porque quiere volver a entrar al Paraíso de la inocencia primera?, ¿con qué intención? ¿para rescatar algo que solo se puede recuperar por medio del lenguaje?, ¿o quizá porque llega al punto en que percibe su existencia como un 'déjà vu' cuyo enigma solo puede resolver lo remoto olvidado? Y ahora planteo yo mi hipótesis: ¿Y si el camino de la vida avanzara en forma de un círculo que comienza y termina en el mismo punto? Entonces se explicaría la sensación de que quien llega al final del camino y mira hacia atrás logra situarse donde todo empieza de nuevo, donde los primeros balbuceos se confunden con el último estertor.