A todo atiendo

Walt Whitman, fotografiado por Mathew Brady en 1866. /Mathew Brady/Planet Pix via ZUMA Wire
Walt Whitman, fotografiado por Mathew Brady en 1866. / Mathew Brady/Planet Pix via ZUMA Wire

Su discurso poético, subversivo y radical, fue enseguida denostado, (...) pero nada turbó su manera de vivir

TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO

Ocurre eso con los poetas sobrepasados por su obra: la legítima morbosidad lectora intenta rascar en sus trazos biográficos para saber cómo podía caber en la vida diaria alguien como Miguel Ángel, como Wagner, como Pessoa, como Joyce, como Picasso, capaces de acercarse con su obra al grave resplandor de la Totalidad. También sucede con Walt Whitman, consagrado a una tarea creativa presidida por la exuberancia y la intuición cósmica, y de espaldas a los valores tradicionales poéticos representados «en el entorno mezquino y el área limitada de los poetas de la Europa del pasado o del presente», como dice con cruda explicitud el propio Whitman en texto suyo de 1888. Esa conciencia de buscar una poesía diferente –la que necesitaba el mundo reciente de su país–, presidida por el entusiasmo democrático y por la fe en la ciencia y en la naturaleza no parece levantada por un ser humano de actividad convencional. Porque ¿cómo podría compadecerse el tenor de una poesía poderosa, arrasadora y revolucionaria con una existencia mantenida al ras de las de sus congéneres? Y, sin embargo, Whitman pugnó siempre por evitar lo heroico o lo ejemplar en su vida ordinaria. Al igual que su poesía está empañada, por primera vez, de la dignidad del hombre común («Los niveles de heroísmo y altura que los poetas griegos y feudales iban a otorgar a sus personajes semidivinos o de alta cuna se los otorgué yo a la generalidad democrática de América»), el poeta procuró para sí una existencia presidida por la fraternidad y la alegría de sentirse vivo junto a los demás, formando parte de un Anima Mundi sin preeminencias ni jerarquías. Borges llegó a hablar de la decepción de quienes asaltaban su biografía en busca de revelaciones suculentas, a la altura del ímpetu expresivo de sus 'Hojas de hierba'. Y algo de ello hay.

El impulso torrencial o el ánimo inaugural de su escritura parecían exigir una biografía orientada hacia lo desmesurado. Pero nada de eso hubo. Lo superlativo en la vida azacaneada de Whitman está, todo lo más, entrañado con el sigilo de las operaciones naturales en el quehacer hermoso de lo compartido, en el servicio a destajo que el poeta presta allá donde haga falta: «Yo soy el consorte y el compañero de todos, tan inmortales e insondables como yo. / (Ellos no saben lo inmortales que son, pero yo sí)», se lee en la reciente versión de 'Canto de mí mismo' traducida por Eduardo Moga. Y, en efecto, cualquier lector de Whitman sabe cómo menudean en sus versículos hombres y mujeres afanados en oficios que van a levantar, en una especie de laboratorio común, el pulso juvenil de un país en efervescencia.

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Conocer más de cerca a Walt Whitman exige confrontar sus poemas con otro tipo de libros próximos a su persona. Sobre todos, dos: 'Días con Walt Whitman', de Edward Carpenter, quien lo trató personalmente y dejó una semblanza convincente de la personalidad del escritor americano, y 'Días cruciales en América', del propio Whitman, donde relata a modo de diario lleno del calambre de la inmediatez –«cuanto aquí se cuenta ha sido transcrito tal y como estaba en aquellos papeles manchados con no pocas salpicaduras de sangre»– los días de la Guerra de Secesión, cuando Whitman, ya sobrepasados los cuarenta años, se dedica en cuerpo y alma a visitar hospitales para confortar a agonizantes, escribir cartas o llevar alimentos y dinero a los convalecientes. La primera nota es del 21 de diciembre de 1862 («Recorrí todas las habitaciones de las dos plantas. Vi morir a varios soldados. Escribí cartas para las familias de varios de ellos. Hablé con algunos heridos más, que parecían necesitar, sobre todo, compañía y conversación») y durante tres años Whitman se consagrará a esa tarea en hospitales, campamentos y frentes de guerra; en una nota final, el escritor calcula que habrá atendido a unos cien mil heridos y enfermos («con los casos más críticos, o con los que me resultaban más queridos, pasé noches enteras en los hospitales (…) Para mí estos tres largos años de guerra no me han deparado, a pesar de la tragedia, sino el privilegio y la satisfacción de aprender; han supuesto la lección más importante de cuantas la vida me ha dado»). Lo que revela 'Días cruciales en América' es la configuración ideológica y moral de un carácter; su convicción de que la sociedad aristocrática del Viejo Mundo no debía tenerse en cuenta en su país bullente, un país sin pasado y donde el presente y el futuro estaban en manos de gente anónima, destinada a formar parte activa de una colectividad que no necesitaba de nombres propios altisonantes (exceptuando Lincoln, exceptuando Emerson) porque la gloria de esa población era formar parte de una comunidad.

«Seguramente no habrá mañana ni música ni poemas para rendir homenaje a estos valientes», dice en una página de este diario refiriéndose a estos «héroes del presente», soldados anónimos que él veía sufrir y morir. Y aunque ya había adelantado para esas fechas una primera versión de 'Hojas de hierba', es seguro que estas experiencias influyeron decisivamente en ese libro, «el lugar de reunión de la raza humana», como Carpenter lo define, saltando limpiamente por encima de clases sociales, castas, nacionalidades y discriminaciones. Su discurso poético, subversivo y radical, fue enseguida denostado con aspereza por casi todo el mundo y a él le costó en adelante una existencia bajo sospecha. Pero nada turbó su manera de vivir, pacífica y llena de una vaga y constante gratitud general, reflejada en esos poemas aún hoy palpitantes.

«A todo atiendo», dice sin reservas Whitman en 'Canto de mí mismo'. Y ese cariz conserva una obra que puede considerarse entre las fundadoras del nuevo lenguaje poético, que exigía una mentalidad y una sensibilidad que no hallaban soporte en la ideología elitista y en la baba retórica de mucha de la poesía que antecedió a esta explosión de amor a la Humanidad que es, en resumen, la poesía y la vida de Walt Whitman.

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