Valladolid pierde parte de su obra de arte pública por la falta de cuidado del Ayuntamiento

Los casos de deterioro o abandono de las piezas expuestas en la calle crecen sin que se cuente con un servicio que se encargue del seguimiento o del mantenimiento

JAVIER AGUIAR

Vandalismo, robos, inclemencias meteorológicas, accidentes o el simple crecimiento de las plantas y árboles son algunos de los principales enemigos de la obra artística instalada en plazas, calles y jardines. Con tanto agresor sería de esperar que la administración competente contara con un buen equipo de defensores y protectores de este patrimonio cultural. Sin embargo, tratar de adivinar en el entramado burocrático del Ayuntamiento de Valladolid qué departamento se encarga del cuidado de las obras expuestas en las vías públicas de la ciudad es una tarea ardua e ingrata que lleva a una sola conclusión: ninguno. Al menos específicamente destinada a ese fin no existe una oficina, sección o funcionario.

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Ni siquiera después de hablar con los distintos concejales implicados, al menos tres todos hoy en funciones, se aclara el asunto. La responsable de Cultura explica que hay casos que dependen de Urbanismo y de Medio Ambiente, pero que el mantenimiento de estas obras y el inventario de las mismas es competencia de Patrimonio. Sin embargo el titular de ese departamento, Manuel Sánchez, asegura que esa función la llevan otras áreas y que el inventario es responsabilidad de Secretaría General. La Policía Local y el servicio de limpieza también se incluyen entre los presuntos agentes protectores.

Más complicado es poder fotografiar los restos de una obra de arte retirada por motivos mal explicados y de manera poco afortunada de unos jardines de Huerta del Rey y almacenados en un solar de Vías y Obras. Según la concejala de Urbanismo, Cristina Vidal, de quien dependen esas instalaciones, la autorización debía darla el responsable de Medio Ambiente, Jesús Enríquez, pero este, sorprendido, le devuelve la pelota a su compañera. A la siguiente llamada Vidal ya no responde. La sensación de ocultación es total.

Se trata de una veintena larga de losas de hormigón del artista vallisoletano Fernando Sánchez Calderón instaladas en el jardín de Huerta del Rey como parte de la obra de urbanización de esa zona. El caso ha salido a la luz a través del arquitecto Diego González Lasala, autor del proyecto junto a sus compañeros Jesus Gigosos y Luis Rodríguez, que es también quien convenció al artista de realizar la obra.

González Lasala comprobó hace unos meses que las piezas habían desaparecido de su ubicación y escribió a las concejalías de Cultura y Urbanismo para poner los hechos en su conocimiento. Como no recibió ninguna respuesta al cabo del tiempo decidió hacerlo público a través de una carta dirigida a este periódico. En ella asegura que «por parte de responsables municipales se ha procedido a destruir una obra del artista Fernando Sánchez Calderón».

El arquitecto recuerda en su escrito que «junto a otras dos piezas en el mismo parque, son las únicas obras urbanas de dicho artista, uno de los pocos vallisoletanos con obra recogida en el Museo Español de Arte Contemporáneo integrado posteriormente en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía».

La obra «destruida» se titula Encadenados (1996). Losas de hormigón armado gris prefabricado de 130x120x15 cm. ejecutadas sobre zócalos de hormigón visto y la mitad de ellas, aproximadamente, presentan bajorelieves con motivos florales. En un principio se situaron a modo de puentes o plataformas para superar los pequeños surcos que separaban las hileras de árboles, pero poco tiempo después estos fueron tapados.

Su coste de ejecución fue, según la carta, de 29.642 euros, «incluyendo la formación de surcos con celosía de hormigón exigida por el Servicio de Parques y Jardines, que fueron cegados dos o tres años después de finalizada la obra. El artista solo cobró sus gastos (moldes, plantillas, etc..); una tercera parte de los cuales se incluyen en la cantidad señalada», explica.

Según González Lasala, la ocasión para la eliminación de las piezas fueron unas obras de mantenimiento realizadas por el Ayuntamiento. Pero, asegura, «las losas no interferían para nada el uso de la zona y aunque alguna había sido movida por raíces de árboles colindantes hubiera bastado con reasentarlas con unanueva nivelación».

Desde Urbanismo la intervención se intentó justificar por «problemas de seguridad» al haber levantado las raíces de los árboles algunas de las losas, lo que podría provocar «tropezones». También que se está «en conversaciones con el artista» para decidir dónde reubicar las piezas. Sin embargo, González Lasala afirma que Sánchez Calderón tiene graves problemas de salud que le impedirían tales gestiones y añade con ironía que también se podían quitar los árboles o los bordillos para que la gente no se tropiece. La hermana del artista, Ángeles Sánchez Calderón, confirmó a este diario que ningún representante del Ayuntamiento se ha puesto en contacto con la familia para dicho fin.

Justo al lado, la llamada fuente del Queso, obra del mismo autor, no ofrece mejor aspecto, cubierta de pintadas y comida por la suciedad.

La cuestión es que este caso pone de relieve otros y, en general, la falta de cuidado y mantenimiento que abocan a la ruina algunas de las obras de arte expuestas en las calles de la ciudad. Uno de los más sangrantes es el de la obra de Pablo Ransa en el Paso del Cauce. El artista instaló en 1998 una escultura de una ninfa o sirena saltando al agua y decoró cuatro puentes con dibujos relacionados con la flora y la fauna del río. En 2006 la escultura desapareció y no se ha vuelto a saber de ella. Los dibujos se encuentran en un estado tal de abandono que algunos son casi irreconocibles. La vegetación ha tapado parte de ellos y los vándalos se han encargado del resto haciendo pintadas y arrancando el metacrilato que los protegía.

«No me olvido de eso, lo que ocurre es que sufro tanto cada vez que paso por allí o me acuerdo de ello que el dolor es casi físico», relata el artista, que asegura que «el Ayuntamiento no mostró ningún interés» en su obra pese a que «se comprometió a arreglarlo y a limpiarlo». «Desde el primer momento se abandonó y es una pena porque quedó precioso, era un sitio especial, dicho por la gente de allí». Ransa recuerda que los puentes se decoraron con multicolores dibujos de salamandras, barbos, cangrejos o nenúfares y que la figura de bronce de dos metros de alta y más de cien kilos de peso «representaba el tránsito de la Esgueva hacia el Pisuerga». Alguno de esos puentes iba a ser demolido y se salvó gracias a su intervención, explica.

No es menos chocante el caso del mural cerámico instalado en una de las plazas exteriores del Museo de la Ciencia. Realizado por Gonzalo Martín Calero, uno de los artistas más internacionales de Valladolid, y presupuestado en 125.000 euros ha sido pasto de los elementos, humanos y atmosféricos, y se encuentra en un deplorable estado, con enormes desconchados y grandes grietas.

Sobre esta obra sí habló la concejala de Cultura para explicar que de algún modo se engañó al Ayuntamiento al asegurarle que el mural se realizaría en un material «antivandálico, de una cerámica especial capaz de soportar las inclemencias meteorológicas». Lo que se desconoce es por qué los técnicos municipales no comprobaron que se cumplía ese requisito. Con todo, el artista ha culpado a los responsables de la corporación del deterioro de su obra.

El promotor cultural Miguel Ángel Pérez, Maguil, asegura que en las últimas semanas ha podido recoger testimonios, en parte en su condición de miembro de la candidatura al Ayuntamiento por Valladolid Toma la Palabra, de personas que deseaban denunciar nuevos casos de abandono de este patrimonio público. Entre otros cita los murales de Manuel Sierra en la calle Juan Mambrilla, de Mr. Zé en la plaza de Gondomar y Andrés Coello en las escaleras del parque Ribera de Castilla, o los deterioros de las esculturas de Concha Gay.

La misma suerte que la escultura de Pablo Ransa, explica, sufrió El Astrónomo, de Jesús Pombo de los Arcos, ubicada en la plaza de Clarencio Sanz. Ransa, un amante de los murales y el arte en la calle, reclama de autoridades y sociedad que luchen por conservar y aumentar este patrimonio «que es para la ciudad», pero concluye con un lamento resignado: «No estamos acostumbrados a tener nada especial».

 

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