El Vía Crucis recorre el Viernes Santo el Arévalo Medieval entre rezos y silencios

Penitentes de La Vera Cruz con la imagen del Cristo 'Amarrao'. /Fernando G. Muriel
Penitentes de La Vera Cruz con la imagen del Cristo 'Amarrao'. / Fernando G. Muriel

El silencio recorrió las calles con las escenas de la muerte de en el Santo Entierro

Fernando G. Muriel
FERNANDO G. MURIELArévalo

Tras el parón del Jueves Santo donde la lluvia impidió que saliera la Procesión de los Pasos, el viernes si que se pudieron celebrar los dos desfiles. Fue una lástima,ya que la procesión que cuenta con más conjuntos escultóricos y que recorre el arévalo más moderno, se tuvo que quedar en la iglesia de El Salvador, por este motivo este año no han salido los pasos de La Oración en el Huerto, El Beso de Judas, ni la Verónica, los más grandes de la ciudad, que forman conjuntos escultóricos, aunque no los de más valor histórico, si los más vistosos. 

Vía Crucis

En la madrugada del Viernes Santo arevalense tuvo lugar la procesión más fervorosa de Arévalo. Centenares de personas madrugaron para participar en el tradicional Vía Crucis que recorre las catorce estaciones en las que se narra la pasión de Jesús y que, en Arévalo está, enmarcado por un carácter medieval. La procesión, en la que los cofrades de la Santa Vera Cruz portan el paso del Cristo de la Fe, recorre el perímetro de la antigua ciudad amurallada.

Los asistentes iniciaron el desfile hacia las ocho de la mañana en la iglesia de San Juan de los Reyes y finalizó frente a la iglesia del Salvador dos horas más tarde. La procesión recorrió lugares tan emblemáticos como la iglesia de San Miguel, el majestuoso Puente de Medina, el castillo mudéjar, el típico barrio de San Pedro, la histórica iglesia de Santa María, las casonas de la plaza de la Villa, o las torres gemelas de la iglesia de San Martín.

El fervor, las promesas y la tradición son las tres razones que impulsaron a los penitentes a madrugar en un día festivo para acompañar la procesión más larga de la Semana Santa, que detiene su paso en cada una de las catorce estaciones, marcadas por cruces de madera que perfilan su sombra sobre edificios del Arévalo más antiguo.

El gran silencio y fervor con el que se vive el Vía Crucis sólo se ha visto roto con los cánticos del 'Camino doloroso' que a lo largo del desfile se rompe en cada estación. El Vía Crucis, junto al Santo Entierro, son las únicas procesiones que han perdurado en Arévalo a lo largo de los siglos. Aunque con la recuperación de la Semana Santa a cargo de la refundada cofradía de la Santa Vera Cruz, ha mejorado su aspecto con la incorporación de la talla del Cristo de la Fe y la participación de los capuchones.

El Cristo de la Fe es una talla barroca que comenzó a formar parte de los desfiles de Arévalo en 1988. Aunque desde el siglo XVIII había estado en la parroquia de San Juan Bautista, cuando comenzó la recuperación de la Semana Santa se encontraba en la sacristía de la del Salvador junto al resto de los pasos que reproducen la imagen de la Pasión en Arévalo.

Santo Entierro

Por la Noche, tuvo lugar la histórica Procesión del Silencio o del Santo Entierro en la que desfilan los pasos de Jesús Atado a la Columna, portado a hombros por los capuchones morados de la cofradía de la Santa Vera Cruz;  el Cristo de la Buena Muerte, cargado en andas por los Capuchones negros de la citada hermandad; el Niño Jesús Nazareno que portan los más pequeños; el paso del Santo Sepulcro, cuya carroza escoltan y mueven los penitentes de la Archicofradía de Nuestra Señora de las Angustias; la Santa Vera Cruz que llevan a hombros las Damas de la Vera Cruz, quienes además escoltan la carroza de la Virgen de las Angustias.

Esta procesión partió a las nueve de la noche de la iglesia de El Salvador y atraviesa la calle de Caldereros, plaza del Arrabal, Arco Alcocer, Plaza del Real, para luego volver tras sus pasos hasta llegar a la iglesia de El Salvador donde concluyó. 

Es la procesión más solemne de la Semana Santa arevalense. Cuando salen los pasos de hombros al son de carracas, midiendo la altura del arco de la puerta de El Salvador; o al ritmo del golpe seco de las horquillas y en los relevo.

Cuando en la procesión del Santo Entierro, los pasos en su marcha cadenciosa que marca la música sacra de la Banda Municipal de Música de Arévalo, o la de tambores de la propia cofradía atraviesan el arco del Alcocer y el silencio invade la plaza. Una parada para la meditación y la oración.