El relojero del año

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Jesús López-Terradas, encargado del reloj de la Puerta del Sol. / A. Ferreras / V. Carrasco

  • Jesús López-Terradas vela por el correcto funcionamiento del simbólico reloj de la Puerta del Sol desde hace 20 años I "La posibilidad de que falle la maquinaria es nula", asegura

Lleva 20 años velando por el correcto funcionamiento de la maquinaria del reloj de la Puerta del Sol, el que anuncia para toda España el advenimiento del nuevo año. Mientras el país entero se toma las uvas, él se afana para que nada enturbie la fiesta. Jesús López-Terradas, de 72 años, y sus otros dos socios y compañeros, Pedro y Santiago Ortiz, están pendientes la noche del 31 de diciembre de que todos los engranajes estén a punto y bien engrasados. Uno se ocupa del movimiento, otro de los cuartos y un tercero de las horas. En realidad, dejan el brindis para después de las campanadas, cuando ya toda la multitud ruge en vítores por la entrada del nuevo año. Antes están demasiado pendientes para que nada se tuerza.

  • FotogaleríaEl reloj de la Puerta del Sol, desde dentro

De joven López-Terradas se debatía en el dilema de ser relojero o ingeniero industrial. Optó por lo primero y no se arrepiente. Lo raro habría sido que no se dedicara a ajustar manecillas y ruedas dentadas. "En mi familia todo el mundo era relojero: mi bisabuelo, mi abuelo, mi padre, mi tío y mi hermano. Toda mi vida he estado entre máquinas", dice este anticuario que regenta Relojería Losada, dedicada a la restauración de artilugios antiguos, cronómetros, cajas de música, relojes de antesala, de pared, de bolsillo y de pulsera. Es un establecimiento con solera, consagrado al tic-tac más acompasado de Madrid. "Ahora acabamos de arreglar uno de 1680". Gracias a su oficio y su condición de anticuario ha viajado mucho, a la caza de piezas de los siglos XVIII y XIX que se rematan en las subastas de Sotheby's y Christie's.

De este hombre reacio a jubilarse no se puede predicar el refrán de 'en casa del herrero, cuchillo de palo'. Su hogar está repleto de relojes, sobre todo de sobremesa. Y en los ratos libres, la ocupación favorita de López-Terradas es el estudio de la historia de la relojería. Esta tradición se rompe con su descendencia. "Mi hijo es arquitecto y mi hija tiene la carrera de Derecho y Dirección de Empresas. Está en Siemens, pero no en lo suyo".

Nacido en Toledo, a los tres años su familia se desplazó a Madrid para afincarse en la plaza de Callao, muy cerca de la Puerta del Sol. En los años cincuenta los críos sólo paraban de jugar en la calle cuando aparecía un coche esporádicamente. Desde 1996, su empresa se encarga del mantenimiento del reloj más famoso de España, que ya ha cumplido 150 años desde que José Rodríguez Conejero, más conocido por Losada, lo pusiera en marcha. "Ahora, a causa de la televisión, hay más gente. Toda mi niñez la he vivido aquí al lado y siempre he visto en Nochevieja la plaza llena. De niño recuerdo que nos comíamos las uvas gracias a la radio. Como no todo el mundo la tenía, nos juntábamos familiares, amigos y vecinos para escuchar las campanadas".

En homenaje a Losada, López-Terradas recurrió a su apellido para bautizar su relojería, sin saber que con los años le dedicaría mimos y cuidados a la más célebre de sus creaciones. Trabajo no le falta: es preciso elevar las pesas de la sonería al menos una vez por semana, vigilar el movimiento y revisar todas las transmisiones y la maquinaria. De hacer caso al anticuario, el reloj siempre ha cumplido su cometido y lo seguirá haciendo con puntualidad. "Las posibilidades de que falle son nulas. No hay nada preparado si eso ocurre, pero ya digo que es muy improbable".

Pese a que no son su pasión, López-Terradas no abomina de los relojes electrónicos. "Miden el tiempo de forma más precisa. Cada época tiene su máquina", ilustra el conservador, aunque arguye que el de la Puerta del Sol, con su siglo y medio a cuestas, no tiene nada que envidiar a sus homólogos de circuitos electrónicos. "El donado por Losada puede llegar a sufrir atrasos de unos pocos segundos al mes, lo que no es nada si se tiene en cuenta su edad. El 90% de las piezas son originales". Cuando se rompe una, se reemplaza por otra exactamente igual. Salvo la rueda de escape, las palas de regulación de la velocidad de los cuartos y de las horas, así como los cables, todo se conserva exactamente igual que a mediados del siglo XIX. "Para restaurarlo, uno ha de actuar como si fuera una pintura, se debe respetar el original. No se puede dejar nunca la impronta personal".

A López le costó unos seis años aprender el oficio, algo que no parecen comprender las autoridades educativas, que han diseñado un currículum muy abreviado para adquirir las destrezas de relojero. "Ahora se limitan a dar un cursillo. Así es imposible aprender la profesión, al menos bien. No se trata de montar y sustituir piezas. Es mucho más. A veces ves reparaciones que te hacen exclamar: ¡madre mía!".

Para que la máquina ofrezca la hora exacta, el reloj se sincroniza con un GPS. Es el único elemento moderno al que se recurre para poner en marcha esta pieza histórica, toda una "obra de arte", en palabras de su mantenedor. "Solo hay uno parecido, en los Escolapios de Getafe. Y, claro está, el de la catedral de Toledo, que también es impresionante".

Algo que escapa al control de los vigilantes de esta maquinaria de precisión es la megafonía. Sin ella no hay espectáculo. Se trata de una tarea delicada porque, al estar las dos campanas de los cuartos muy cercanas entre sí, es relativamente fácil que se si se sube en exceso el volumen se produzca una disonancia, un acoplamiento que impide escuchar bien.

Losada, el constructor del sofisticado ingenio, regentaba su propia relojería en el número 155 de Regent Street, una concurrida calle de Londres, donde este liberal se encontraba exiliado. En 1863 aceptó el encargo y donó al Ayuntamiento de Madrid el reloj, que tardó tres años en tener ultimado. El 19 de noviembre de 1866, la entonces reina Isabel II inauguró el aparato, que sufrió algunos daños en las esferas durante la Guerra Civil . El reloj más emblemático del país ha sido testigo de acontecimientos históricos. En 1952, el embajador de Venezuela hizo de mediador para que fuera vendido al Ayuntamiento de Caracas, una negociación que no cuajó.

Justo cuando falten 28 segundos para que acabe 2016, el relojero accionará una palanca y la célebre bola caerá por su propio peso. Se producirá entonces un repique y a continuación sonarán los cuartos y después las campanadas. La bola ahora no tiene mayor importancia, pero antaño sí. Cuando los barcos se aprestaban a salir de puerto, los capitanes ponían sus cronómetros a una hora exacta para calcular la longitud en alta mar. Era necesario tener una referencia precisa. A las doce del mediodía, se dejaba caer la bola todos los días y, con su inconfundible repiqueteo, todo el mundo sabía la hora sin atisbo de error. Hoy no tiene mayor función que la de avisar de la inminencia de las campanadas. "Cuando han sonado las doce y ves a la gente dando saltos de alegría ahí abajo, me siento totalmente recompensado. Es imposible describirlo".

Frente a lo que pudiera imaginarse, la gente que acude a la Puerta del Sol a festejar en la calle la llegada del nuevo año va cada vez menos bebida. "Hay controles policiales y si alguien porta una botella, se le intercepta. O la deposita en los contenedores o no entra", sentencia el experto.

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