'Pax mariana'

Mariano Rajoy, a su llegada a la Caja Mágica.
Mariano Rajoy, a su llegada a la Caja Mágica. / Javier Lizón (Efe)
  • El PP trata de vender en su congreso la imagen de estabilidad y unidad del partido entorno al líder

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En la descomunal sala de prensa del XVIII Congreso del Partido Popular sonaba una musiquilla atípica, dulce y épica, como una banda sonora de una de Disney, calmada en ocasiones y arrebatada en otras, una melodía casi de Peter Pan. Aunque de aventura en el PP, poca. La única, si acaso, la presunta de Fernández-Maillo con Aída Nízar, una historia que viajó ‘soto voce’ sobre las gradas de la Caja Mágica como una imagen turbadora. Lluviosa, fría, violenta y atascada por los coches que escapan de la ciudad en viernes, estaba la tarde en Madrid perfecta para partirse la cara, pero el PP es un remanso de tranquilidad en el que, aparentemente, no pasa nada. El congreso intentó transmitir esa idea de balsa de aceite de la política española, de tipos confiables que resuelven cualquier duda o enfrentamiento con la mano sabia del gran oráculo.

El único que arrebata los aplausos de las tribunas distraídas es Mariano Rajoy, que tiene esa manera tan presente de no estar. Ya se lo dijo Dolores de Cospedal, que salió a la tribuna con un ‘suéter’ verde a juego con los ojos, un pañuelo pastel y media melena como de ‘Grease’. Se lo pronunció clarito: “¡Tú tenías razón, presidente. Siempre la tuviste!” y la gente se alborotó. Los compromisarios del PP se alborotan mucho con Rajoy, lo que elimina de la escena cualquier asombro de duda. Por eso, Cospedal y los demás, citan su nombre en sus discursos con énfasis en la pronunciación, el tono y el volumen, como uno repite las cosas por tercera vez cuando no le han escuchado las veces anteriores: “MA-RIA-NO-RA-JOY”.

Esa omnipresencia suya sin siquiera abrir la boca tiene algo de balsámico en el partido, nada que ver con Valencia en 2008, cuando osaron menear la estatua del gallego con los resultados que ahora se constatan. Ahora, no. Hasta los problemas más acuciantes, como la decisión de si Cospedal puede ocupar al mismo tiempo el Ministerio de Defensa y la secretaria general del partido, se saldan con la calma de que lo decidirá el líder, como si el partido se encomendara a él. En esto, como en todo, Rajoy es capaz de esa omnipresencia ausente. Cuando entraba en el recinto, le preguntaron por su decisión y respondió con galleguísimas maneras: “Mañana, mañana”.

El PP se ufana de ser un partido abierto y presume de sus 4.000 enmiendas a las políticas, pero sobre todo saca pecho con su cohesión. “La unidad nos convierte en un partido único en España”, dijo Cospedal y en eso acertó con castellana matemática. “Por desgracia para algunos, nos llevamos bien”, dijo ella antes de referirse a Iglesias y Errejón, “los ‘pimpinela’ de Vistalegre”. Por la mañana habían salido las primeras condenas por el caso Gürtel como tres latigazos y, pese a todo, el partido se erigía en garante de la estabilidad frente a otras tormentas de otros partidos. Hasta el fondo de pantalla del Congreso está pensada para vender la ‘Pax mariana’: Madrid al atardecer tocado por una luz suave y naranja con enormes banderas de España que ondean aquí y allá, un puerto pesquero en día soleado, etc. Desde ese paisaje ‘confort food’, los líos de Podemos y el PSOE se antojan violentos y enconados como una pelea de monos. Quizás la clave la diera el presidente a la entrada cuando le preguntó a un compromisario que cómo lo llevaba:

-Pues con resignación.

-Tú pon cara de póquer.