Así era la Plaza Mayor hace 90 años: de tiendas y cafés por el corazón de Valladolid en 1929

La Plaza Mayor de Valladolid, en 1929. /EL NORTE
La Plaza Mayor de Valladolid, en 1929. / EL NORTE

Desde joyerías y tiendas de caza hasta consultas médicas e históricas cafeterías enriquecía la oferta comercial del corazón de la ciudad

Víctor Vela
VÍCTOR VELAValladolid

Se puso poético, estuvo inspirado el cronista (T. Soto)cuando hace 90 años dijo que la Plaza Mayor «es como el mar. En ella hallan control todas las sensaciones humanas». Y explicado un poco mejor:«A este punto de la capital afluyen las calles de primer orden, que a su vez reciben la confluencia de otras, lo mismo que los ríos recogen los arroyuelos y el mar aguarda a que toda vía fluvial vierta en él sus corrientes». O sea, la Plaza Mayor como mar y océano. El Norte de Castilla dedicó el 12 de julio de 1929 un reportaje a los comercios que entonces estaban instalados en «el salón de actos del vivir provinciano» y recordaba que los rótulos bailaban, porque aunque casi todos se referían a su dirección como Plaza Mayor (o Acera de San Francisco, en algunos casos), todavía algunos locales la consignaban en sus membretes como plaza del general Primo de Rivera.

Aquí, en la Plaza Mayor de hace 90 años tenía su sede el Banco Español de Crédito, «que merced al atinado criterio y personal simpatía de su inteligentísimo director, abre amplio cauce a toda transacciónbancaria, hce que los hombres de negocios se congreguen en sus locales en un cotidiano jubileo». Fundado en el año 1902, tenía su horario de 10:00 a 14:00 y de 16:00 a 17:00 horas.

También mantenía aquí su sede la Asociación de la Prensa diaria y la Cámara Oficial de la Propiedad Urbana. Y la Asociación de Cazadores, en el inmueble que hace esquina con la calle Calixto Fernández de la Torre.

Sede de la Asociación de Cazadores y Agricultores de Valladolid.
Sede de la Asociación de Cazadores y Agricultores de Valladolid. / EL NORTE

El colectivo cinegético se presentaba como «el más importante y mejor organizado entre los de su clase» y presumía de ser «la única poseedora del retrato de su majestad Alfonso XIII, en traje de cazador, dedicado a la misma como presidente honorario».

Aquí también estaba el consultorio médico del doctor M. Bañuelos (hoy tiene calle en la ciudad), «catedrático de enfermedades internas en la Facultad de Medicina». En el periódico anunciaba sus máquinas de rayos x y recordaba que pasaba consulta de 9:00 a 1:00 y de 14:00 a 18:00 horas.

Ya entonces, hace 90 años, estaba aquí el café 'Lion D'Or', de Victorino Carracedo (con el número de teléfono 2.188).

Numerosos público, agentes incluidos, a las puertas de la tienda de tejidos de José María Martín.
Numerosos público, agentes incluidos, a las puertas de la tienda de tejidos de José María Martín. / EL NORTE

En los números 9 y 10 se encontraba la fábrica de confección de José María Martín. «En gabanes, pellizas, trajes de paño, pana y dril es la casa preferida por los mayoristas de España», decía el anuncio de la época, que insistía en el «inmenso surtido de ropas hechas, con precios sin competencia».

Fachada e interior de la sastrería Gregorio Martín.
Fachada e interior de la sastrería Gregorio Martín. / EL NORTE

En el número 29 de la Acera de San Francisco se hallaba la sastrería Gregorio Hernández, «la más importante de Castilla». Se trataba de una casa fundada en 1860 con un «siempre grandioso surtido de las últimas novedades, con trajes talares y especialidad en trincheras».

Acceso a la tintorería El Progreso.
Acceso a la tintorería El Progreso. / EL NORTE

El recorrido por la Plaza Mayor mostraba en el número 8 la tintorería y quitamanchas El Progreso («montada con todos los adelantos que esta industria requiere para circular con rapidez, economía y perfección cuantos trabajos se la confíen, tanto en el teñido a vapor como en la limpieza a seco.Para el planchado mecánico dispone, además, de personal competentísimo, plancha a diario y solo cobra 0,25 por los dos cuellos o dos pares de puños».

Fachada de la huevería Tomás del Campo.
Fachada de la huevería Tomás del Campo. / EL NORTE

Servicio a domicilio ofrecía la gran huevería de Tomás del Campo, «los mejores huevos de Castilla», con sede en la esquina de la Plaza Mayor con la plaza del Corrillo y teléfono 1.319.

Decía el periódico que esta era una plaza «castellanísima». «Pero distinta de todas. Porque su personalidad la forma esa Acera de San Francisco, el paseo sin igual en el mundo al que en vano querrán desdeñar modas de un día, creadas por los que no son vallisoletanos ni sienten toda la emoción, todo el poder evocador de ese trozo de nuestra ciudad, que no es calle ni plaza, ni mucho menos, aunque así se denomine oficialmente con denominación inadecuada, bulevar, porque será siempre, eternamente y por antonomasia 'la Acera', el paraje peculiar, típico, inconfundible, lo que para Madrid es la Puerta del Sol y para Sevilla la calle de las Sierpes», escribía en el periódico Pa. Ko. Kar.

Interior de la joyería Anastasio Gil.
Interior de la joyería Anastasio Gil. / EL NORTE

En esta Acera de San Francisco, en el número 15, tenía su casa la joyería, relojería y platería Anastasio Gil, que ya funcionaba en 1922 y que tenía una «exposición de las más variadas novedades en joyería y platería, relojes de absoluta precisión». Y una aclaración:«Esta casa vende todos los artículos con la correspondiente garantía».

La dentista Lucía Montalvo, «ex ayudante del doctor Landete» pasaba consulta en la Plaza Mayor, 11 (principal).

Fachada de Castro y Compañía.
Fachada de Castro y Compañía. / EL NORTE

Y en el número 52 estaba Castro y compañía, «casa especial en menaje de cocina. Baterías decoradas y de aluminio, lino cum, congoleum y hules para mesa», decía la publicidad de la época, que recordaba que aquí se podían adquirir también «escopetas, cartuchería, efectos de caza y pesca».

Sede del Centro de Enseñanzas Mercantiles, con varios de sus integrantes asomados a la ventana.
Sede del Centro de Enseñanzas Mercantiles, con varios de sus integrantes asomados a la ventana. / EL NORTE

Había una academia en el número 45, el Centro de Enseñanzas Mercantiles. Allí se ofrecían lecciones de «cultura general mercantil, clases de mecanografía, taquigrafía, aritmética, cálculo mercantil, gramática y contabilidad. Preparación abierta para auxiliares administrativos de Hacienda (ambos sexos) y empleados del ferrocarril del Norte». «La numerosa matrícula conseguida en el curso pasado (ciento diez alumnos) pone de manifiesto el acierto que ha presidido en la organización delCentro de Enseñanzas Mercantiles, inspirada principalmente en la rapidez y perfección de sus enseñanzas, eminentemente prácticas y en la máxima reducción de honorarios», decía la publicidad de 1929.