Así era el Valladolid en el que vivían tus tatarabuelos

Mercado en la Plaza Mayor en el año 1865./
Mercado en la Plaza Mayor en el año 1865.

Una exposición en el Archivo Municipal evoca cómo era la ciudad en el bienio progresista (1854-1856), cuando nació El Norte de Castilla

VÍCTOR VELA

valladolid. El día en el que El Norte de Castilla y antes su germen, El avisador pisó por primera vez las calles de Valladolid, la localidad apenas alcanzaba los 21.000 habitantes y se preparaba para afrontar una de las tres grandes transformaciones que ha vivido a lo largo de su historia. La población se sacudió allá por 1854 los resquicios del Antiguo Régimen, modificó su trama urbana enterrando el ramal norte del Esgueva, se preparó para la llegada del ferrocarril y multiplicó por dos su población en apenas 15 años. Llegó muy pronto a los 43.000 vecinos en una de las tres grandes explosiones demográficas registradas en el municipio. La primera tuvo lugar a principios del siglo XVII, cuando la Corte escribía su historia al ladito del Pisuerga. La última ocurrió en torno al decenio de 1960, con la industrialización que arrancó de los motores de Fasa. Yla intermedia acaecería a partir de 1854, cuando España estrenaba el bienio progresista y Valladolid se preparaba para convertirse en ciudad. Ahora es posible revivir esos años. Comprobar cómo vivían nuestros tatarabuelos (o alguna generación más atrás) y qué cambios registró uno de los grandes centros harineros de Castilla en su camino hacia la modernidad urbana.

El Archivo Municipal en una exposición organizada junto a El Norte de Castilla y que conmemora los 160 años del periódico ha rescatado lo mejor de sus fondos para ilustrar una etapa vital en la historia de Valladolid, como explicó ayer el alcalde, Javier León de la Riva, en la inauguración de la muestra Ciudad heroica. Valladolid durante el bienio progresista. «Fue el momento de la llegada del alumbrado público, de las rogativas a la Virgen de San Lorenzo contra la epidemia de cólera, cuando se suspenden las fiestas de máscaras por la inundación del Esgueva, los amotinamientos del pueblo por la carestía del pan», rememoró el regidor. Eduardo Pedruelo, director del Archivo Municipal, resaltó de esta época el «dinamismo y la vitalidad de la sociedad vallisoletana, con una incipiente clase proletaria y el gran anhelo de progreso que existía en la ciudad». Un progreso que, como ahondó Carlos Aganzo, director de El Norte de Castilla, se asentó en buena medida en una incipiente libertad de prensa que propició la aparición de El avisador y de El Correo de Castilla, cuya fusión cristalizaría en El Norte de Castilla. La muestra exhibe algunos de los primeros ejemplares de estas publicaciones (un auténtico tesoro) en uno de los siete apartados en los que se divide una exposición que presenta documentos, bandos, planos y fotografías de un arte aún en pañales que captó los principales escenarios de una ciudad que estaba en plena construcción.

Lo demuestra una de las alhajas de la muestra. El plano que en 1863 realizó Joaquín Pérez Rozas, una pieza de un «valor incalculable», como dijo el director del archivo, puesto que el Ayuntamiento lo utilizaría durante todo el siglo XIXy parte del XXpara anotar las modificaciones urbanísticas que iba registrando Valladolid. El visitante puede así comprobar hasta dónde llegaba la trama urbana hace 160 años, cuando Valladolid era una población rodeada por huertas, con la puerta de Santa Clara al norte, pocas viviendas más allá de lo que hoy es García Morato y las puertas de Tudela hacia el este.

No era una extensión muy amplia para esa creciente población, ni tampoco se haría mucho mayor, como en otros municipios. Valladolid vivió dos fenómenos en esta época que propiciaron su cambio urbano sin que eso supusiera crecer en superficie. Por un lado se cubrieron ramales del Esgueva, lo que dejó espacios libres como la actual calle de Miguel Íscar. Y por otro, la desamortización liberó muchos terrenos en el corazón de la ciudad que fueron aprovechados para levantar nuevas viviendas sin que fuera necesario un ensanche, como en otras poblaciones. Yademás, propició que un número importante de vecinos se incorporara a la nueva clase de «propietarios».

Preside así la exposición un grabado realizado por el francés Alfred Guesdon en el primer semestre de 1854 y que fue publicado en una revista francesa. El dibujo (que puede disfrutarse en la página 4 de este periódico)seguramente se realizó a partir de una fotografía aérea tomada desde un globo aerostático. Esta es también la imagen del catálogo (12 euros) que teje un contexto a la muestra con aportaciones de Celso Almuiña, Pedro Carasa, Valentín Merino, Pablo Gigosos, Enrique Berzal, Juan P. Arregui y Ricardo Martín de la Guardia. Recuerdan los textos de los expertos la importancia de este momento histórico, el bienio progresista, en el que Valladolid recibió el título de ciudad heroica por el protagonismo que tuvo en el alzamiento contra el gobierno del Conde de San Luis, que permitió la subida al poder del progresista Espartero. Es el reinado de Isabel II,en el que se consolida el régimen liberal. «Nada hacía presagiar que, dos años después (1856), la misma ciudad sería testigo de sucesos que ocasionarían la caída del Ayuntamiento y del Gobierno», empujados por las malas cosechas, el déficit municipal, el agravamiento de las duras condiciones de vida de amplios sectores de población.

Harina y textil

En cualquier caso, durante este bienio progresista Valladolid se configura en uno de los grandes centros económicos del interior de la Península. Ayuda, claro, su situación estratégica y las comunicaciones que ya entonces mantiene con Madrid (cada día, por carretera, partían dos líneas regulares en ambos sentidos). Estaba también el Canal de Castilla, el telégrafo, y muy pronto llegaría el ferrocarril (la primera locomotora que paró en Valladolid lo hizo en 1859 procedente de Venta de Baños). Un análisis de los consumos de energía y del correo que se movía en la época permite comprobar que la actividad se situaba a la altura de núcleos como Bilbao o Barcelona.El motor de la economía era la industria harinera (el sector primario perderá cada vez más peso), y despuntaban otras fábricas, sobre todo del sector textil.

Destacaban (y hay documentos alusivos en la muestra)los talleres de Mariano Fernández Laza en la actual calle Claudio Moyano, con cerca de 200 trabajadores. O las 460 personas que, desde 1856, estaban empleadas en La vallisoletana, una fábrica de tejidos de algodón. La aparición del vapor propició estas industrias que crearon una clase media, de asalariados, que también encontraron acomodo en la Chancillería, la Universidad o el Ayuntamiento. Existía el sufragio censitario y la sociedad seguía manejándose desde unas elites (el 5% de la población). Y junto a ellos, una amplia clase baja. Los pobres eran atendidos por instituciones benéficas, pero los «mendigos, vagos y maleantes» eran reprimidos (en la muestra hay un bando sobre el control de la mendicidad en la ciudad).

«Un pan costaba el 40% del salario de un trabajador del Ayuntamiento». Y el alto precio del trigo castellano provocó una importantísima crisis social, los llamados motines del pan que devienen en la quema de fábricas que, según el historiador Celso Almuiña, «dan la puntilla al bienio progresista». El Norte de Castilla, desde sus primeros números, ya manifestó su defensa por los intereses del campo y su transformación.

Y junto a ello, pueden verse fotografías de un mercado en la Plaza Mayor.También se celebrarían en la plaza del Corrillo hasta que el Ayuntamiento por fin pudo sacar adelante los edificios cerrados para el mercado, como en Portugalete (ya desaparecido) o el Val (ahora en restauración). La exposición exhibe documentos como una orden que regula las fiestas de carnaval («El uso de caretas por las calles solo podrá hacerse de sol a sol y el que osare despojar a otro del disfraz será castigado severamente. No se permitirá la entrada en los bailes con bastones, armas ni espuelas») o un bando con normas para ir al teatro (hasta la construcción del Calderón hace 150 años, el principal escenario era el Teatro de la Comedia en la actual plaza de Martí y Monsó). Tampoco faltan las disposiciones que había que seguir en junio de 1854 para bañarse en el Pisuerga o retratos de os grandes protagonistas de la época, como la reina Isabel II(el cuadro de cuando era niña, fechado en 1835, procede de la Audiencia Provincial de Valladolid), el general Espartero (obra de José Galofre y Coma, de 1855 y propiedad del Ministerio de Defensa)o Juan Dibildos, un francés de alta alcurnia que hizo negocios en el Pisuerga y cuya viuda, Paulina Harriet, fundó el Colegio de Lourdes (que ha cedido el retrato).

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