El pueblo que terminó en barrio

Un libro escrito por el presidente de la asociación de vecinos, Juan Carlos Prieto, repasa los orígenes y las curiosidades históricas de Puente Duero

VÍCTOR M. VELAVALLADOLID.
El pueblo que terminó en barrio

¿Cuándo pasó Puente Duero a ser un barrio de Valladolid? «Hay muchas personas, vecinos incluso, que todavía lo desconocen», asegura Juan Carlos Prieto (Valladolid, 1965), presidente de la asociación de residentes de Puente Duero y autor de 'Moradores', el libro que responde a esta pregunta y que repasa no solo la historia del barrio, sino también algunas de sus curiosidades más divertidas. Más de dos años ha invertido Prieto en la elaboración de un entretenido ensayo (se presenta mañana, a las 20:00 horas en el centro municipal del barrio) que bebe de fuentes de Chancillería, del Archivo de Simancas y de la memoria colectiva para reconstruir el pasado de un barrio que no siempre lo fue, de unos vecinos «emprendedores, luchadores, buscavidas» y de una tierra de mesones que se hizo famosa por unos melones (los vendedores ambulantes de fruta así lo pregonaban) que, en realidad, no eran suyos.

Desde enero de 1960 (aunque la negociación arrancó en 1957), Puente Duero es, con todas las de la ley y con las protestas de los vecinos de la época, un barrio de Valladolid. Antes se le consideró pedanía de la capital y mucho antes, un núcleo de población que no tenía término municipal propio (era casi un «mero arrabal de Valladolid»), pero sí la potestad para elegir alcalde y reunirse en concejo, con lo cual, en la práctica, funcionaba como un pueblo 'independiente', con un alcalde que tenía jurisdicción sobre el terreno ocupado por las casas de los vecinos, pero no sobre las tierras de su alrededor (que pertenecían a la capital).

Contaba El Norte de Castilla del 16 de enero de 1960 que, cuando ya en torno al año 1500, «los vecinos solicitaron al Rey la concesión de un término municipal, les fue negada». Quizá esta indefinición inicial tenga que ver con los orígenes del lugar, «ya que en lo antiguo (según las actas del Ayuntamiento de Valladolid de 1848) Puente Duero no fue otra cosa que unos mesones que allí se construyeron para el hospedaje de los transeúntes (...) Con el tiempo, se fueron construyendo casas en aquel paraje y ha llegado a crecer en población».

Población y apellidos

El último padrón, de julio de este mismo año, dice que 1.150 personas viven en Puente Duero, muy lejos de los 14 vecinos que aparecían consignados en uno de los primeros registros, el correspondiente al año 1530. Pero claro, esos 14 vecinos (de derecho) no quiere decir que fueran los residentes existentes en este núcleo de población, ya que esa referencia se utilizaba casi para el cabeza de familia, con lo que los moradores de Puente Duero en el primer tercio del siglo XVI podían rondar los 70. La evolución de la población puede seguirse con fidelidad en los registros parroquiales. Se conservan las actas de matrimonio desde 1609, aunque las de bautizos y comuniones se perdieron.

Gracias a estas actas, Prieto ha podido en su libro hacer una reconstrucción de los apellidos más comunes en el barrio. Desde aquellos originarios Ximénez (la estirpe desaparece en el siglo XIX) y Marchena (se extingue a principios del XX) hasta los apellidos más comunes en la actualidad, como Velázquez (o Belázquez) o aquellos otros que provienen «de gentes que venían a segar a Castilla procedentes de otras regiones y que se quedaron aquí a vivir», como Navarro (desde 1758). Prieto, Gutiérrez, Alonso, Casero, Arroyo, Tascón o Fernández.

Piñas y burros

Su trabajo entonces estaba, sobre todo, vinculado con el pinar, que según recuerdan los mayores del lugar «alimenta muchas bocas y encallece muchas manos». «En siglos pasados, la gente vivía de la tierra y del pinar; se dedicaban con los burros a recoger leñas muertas para vender en Valladolid. El burro costaba tres o cuatro duros y con ellos se llevaban los sacos de carbón de leña para braseros, que se vendían por el camino a unos 50 céntimos».

El libro de Prieto no se olvida de recordar la historia del puente (hay documentos de su reparación en 1523), de rememorar las tres playas que hubo junto al Duero, de honrar la iglesia (concluida en 1889 después de que la riada de 1860 se llevara por delante la anterior) y de ensalzar sus altares, las obras que se conservan y aquellas que se perdieron o malvendieron. Pero el ensayo también sirve para fijarse en los edificios ya desaparecidos. O en curiosidades históricas, como el paso de Cristóbal Colón por Puente Duero (allí llegó y comió el 2 de abril de 1523) o el contrabando del vino que, con salida desde la bodegas de Rueda, no conseguía llegar a la capital.

«Me he divertido tanto escribiendo este libro que ahora estoy preparando otro con las historias de sus moradores», asegura el autor, vecino orgulloso de este barrio con alma de pueblo que es Puente Duero.

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