La arteria del Eresma

Alberto Díez, coordinador del Centro de Interpretación del barrio de San Lorenzo, junto a las monitoras. /Antonio Tanarro
Alberto Díez, coordinador del Centro de Interpretación del barrio de San Lorenzo, junto a las monitoras. / Antonio Tanarro

La Senda de los Molinos, una ruta excepcional en los aspectos biológico y geológico, recorre la ribera de los antiguos hortelanos

LUIS JAVIER GONZÁLEZSegovia

La Senda de los Molinos, una ruta excepcional el lo biológico y geológico, recorre la ribera de los antiguos hortelanos y enseña a los niños las bondades de la naturaleza. Por debajo del puente de San Lorenzo transcurre una pasarela de piedras salteadas; es la entrada a la Senda de los Molinos, una incomparable ruta junta al río Eresma a diez minutos del centro de Segovia. Hay una estructura metálica que permite el acceso desde el puente a la ribera; una vez allí, hay que dar pequeños saltos de piedra a piedra para sortear el agua, siempre que el caudal de agua lo permita. Las precipitaciones de invierno y primavera han cubierto hasta mediados de julio esa pasarela, uno de los accesos el privilegio geológico y biológico de las antiguas tierras de los hortelanos.

La calle Los Molinos es la vía paralela a la senda que acompaña al río. «Es una senda única porque aúna junto al Eresma todos los puntos de vista. Tanto el patrimonio natural del río como la intervención humana. En pocos sitios puedes ver ambas cosas tan cerca de la ciudad. Es accesible y cómodo para prácticamente todos los públicos», explican Nuria Sacristán y Sara González, monitoras del Centro de Interpretación del barrio de San Lorenzo. El Ayuntamiento desarrolló en 2016 un programa de educación ambiental y la empresa de la que forman parte, coordinada por Alberto Díez –los tres son segovianos– ganó el concurso. El Consistorio había destinado el edificio de la Fundación Caja Segovia, en la calle del Puente de San Lorenzo, pensando en un centro de turismo, pero como la ubicación estaba lejos de los grandes flujos de visitantes se reinventó como centro de interpretación ambiental, como los del Jardín Botánico y el Lago Alonso.

Sobrevive la exposición en la planta de arriba, dividida en una parte industrial, otra natural y otra espiritual, junto a una zona que el grupo usa para talleres, sobre todo en invierno. Puede visitarse de lunes a sábado por la mañana y los miércoles por la tarde. El centro es, sobre todo, un reclamo para los escolares. Por eso hay un patio donde ellos mismos han plantado diversas especies, incluida una zona de flores bautizada como el jardín de las mariposas. El contacto con la naturaleza es permanente y el día que el centro abría tras sus vacaciones tocaba recoger los huevos del insecto palo, su última acción antes de morir.

Las rutas son la actividad estrella. Las monitoras cuentan el origen del valle, el material geológico y toda la vida de flora y fauna que hay gracias a él. En el camino, la rica historia natural del barrio. A principios del siglo XX, San Lorenzo era la iglesia y las casas de los jornaleros; mandaban los molinos y las huertas. Tener el río cerca era un recurso para el gremio de los hortelanos gracias a la cacera que mandó construir Enrique IV en el siglo XV, que ramificaba el agua a todo el barrio. «Eso es lo que permitió que se desarrollara más la agricultura en este barrio. La gente era humilde pero tenían el agua y una tierra fértil por la cercanía al río. Los monasterios y edificios religiosos siempre tenían su huerta, por eso están cerca de los ríos, para autoabastecerse», relata González, bióloga maravillada con la diversidad de la zona. «La senda está naturalizada, salvaje. Hay mucha vegetación de ribera como los chopos o los sauces y muchas arbustibas como zarzas o espinos, perfecto para los pájaros».

Fauna muy variada

La fauna también es muy variada. «Es un paraíso para ver pájaros de todo tipo, desde herrerillos, carboneros, petirrojos, otros más grandes como el milano real, garzas o el martín pescador [una especie indicadora de calidad de agua y aire]. Y reptiles como el sapo partero o la culebra bastarda. Tenemos la suerte de que el agua del Eresma es de una calidad estupenda [los valores de saturación, temperatura o PH son notables] y eso permite que abunden animales y plantas», apunta la bióloga.

La naturaleza fluctúa. Los caballitos del diablo, una especie de libélulas, abundan más este año, pero hay menos ranas. «Con los niños vamos levantando piedras para ver los animales que se esconden debajo y no hay larvas de renacuajos. Se los comen los cangrejos o visones, especies muy voraces». Otro problema son los 'ailanthus', una especie de árbol invasora que crecimiento rápido.«Tiene unas raíces muy fuertes y grandes y es muy difícil de arrancar. Hay en la senda y en la alameda; el viento mueve las semillas y en cuanto caen en un espacio un poco húmedo florecen». Sin embargo, la gran amenaza al ecosistema es el ser humano. «Cuando nos metemos con los niños para un muestreo de invertebrados acuáticos y analizar la calidad del agua, encontramos mucha mierda; tubería, cristales... Sacamos un cubo lleno de desperdicios».

La senda se encuentra en una zona geológica privilegiada. «En Segovia tenemos testimonio de muchas partes de la historia geológica del planeta. Hay rocas que tienen 600 millones de años; el Lago Alonso de Nueva Segovia, en la dehesa del Alto Clamores o el Jardín Botánico, hasta rocas que se están formando en la actualidad en las riberas de los ríos», explica Sacristán, geóloga. Entre las más de 80 actividades del centro hay una ruta que se llama Vacaciones en el mar tropical segoviano, recordando cómo las rocas de los valles se formaron en un mar parecido al Caribe hace 85 millones de años.

«Tenemos la suerte de que en la zona de San Lorenzo haya granitoides [la familia de los granitos]. La senda transcurre por encima de ellos y el lecho del río te permite ver sus formas típicas». Los niños hacen juegos sobre su origen y su clasificación. Por ejemplo, la erosión se ilustra con una señora que barre tanto que acaba desgastando el firme. Estos paisajes parten de un macizo de rocas lleno de grietas que se van desgastando con el paso del agua, que elimina parte de los bloques. Eso se explica con un juego: unos azucarillos simulan el macizo de roca y una regadera vierte agua mediante un colador hasta que las piedras quedan redondeadas unas sobre otras. «Es una manera de dar una vuelta de tuerca algo que nos han vendido siempre de forma muy abstracta. Es muy visual, lo hacen ellos mismos y ven el resultado».

El centro tiene una amalgama diversa de actividades: Paisajes con memoria, Cigüeñas al sol y Rocas millonarias son algunos de los nombres. La programación es trimestral y se remite a todos los colegios de la capital y muchos de la provincia con día y fecha para grupos de unos 25 alumnos. Hay una programación exclusiva para padres con niños los sábados por la mañana; algunas biológicas, mixtas como 'El mundo en una got'a, que habla de la vida en el agua. O Geodetectives, para aprender a distinguir tipos de minerales y rocas. «Una gran parte la dedicamos a la conservación del medio ambiente mediante el reciclaje y la reutilización; hay una serie de talleres que dan otra vida a lo que aparentemente son residuos». Por ejemplo, 'Marionetas por un tubo' –con tubos de papel higiénico– en Titirimundi o adornos navideños. «Nos rompemos un poco la cabeza, Internet ayuda mucho». Hay también programación para adultos. El único requisito es reservar la plaza, gratuita.

Sacristán habla de un punto especialmente valioso de la senda en el antiguo molino de la Peña del Pico, que ahora es una vivienda particular. «En solo ese punto se podría contar la ruta entera. Puedes ver granitoides porque la casa está construida acoplada a la zona alta de uno de ellos; también hay morfología de granitos a pequeña escala. A los niños les encanta ver las larvas dentro del río y hacer análisis del agua, y es un sitio muy accesible. Se podría hacer todo sin salir de allí. La limitación es el espacio». La geóloga pide modificar lo menos posible las guías de la naturaleza. «La propia senda aprovecha un lugar natural, está hecha con mucho gusto, pero no deja de ser una transformación. Y tenemos el agravante de que los paisajes de ríos cambian en muy pocos años con las crecidas o las heladas».

Cuando describe la zona, Sacristán define al barrio de San Lorenzo como uno de los pocos que honran el título. «En el sentido de que la gente se conoce, hacen piña. Eso se aprecia en cualquier calle, también en la Senda de los Molinos. Puedes encontrar desde turistas a muchísima gente haciendo deporte porque es un sitio muy agradable que comunica con la alameda. O mucha gente andando a nivel de ejercicio. También muchas familias porque es un sitio tranquilo, sin coches». Tan cerca y tan lejos del mundanal ruido.

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