La evaluación de los profesores en Valladolid: diez en vocación y suspenso en burocracia

Ana Díez, Ibán de la Horra, Matilde Bustamante, Rodrigo Martín y Rut Alconada, en el colegio León Felipe, de Valladolid./Ramón Gómez
Ana Díez, Ibán de la Horra, Matilde Bustamante, Rodrigo Martín y Rut Alconada, en el colegio León Felipe, de Valladolid. / Ramón Gómez

Los docentes vallisoletanos nominados a los premios a los mejores critican el exceso de papeleo y valoran la profesionalidad de los educadores en la región

Antonio G. Encinas
ANTONIO G. ENCINASVALLADOLID

No se lo creen mucho, dicen. «Cuando te enteras piensas: 'Si yo creo que hay otros mejores que yo'», resume Ana Díez, que sin querer pone voz a todos sus compañeros. Aunque sí, claro, es una «palmada en la espalda», como dice Rodrigo, «es una manera de reconocer el trabajo», añade Ana. Son los cinco nominados vallisoletanos a los premios Educa Abanca, que celebran su segunda edición para docentes de todo el territorio nacional en todas las etapas educativas. En realidad son seis, pero Juan Francisco Sánchez Seco, 'don Juan', se ha jubilado este año en el CEIP Cardenal Mendoza y no ha sido posible contactar con él. Este quinteto toma así su relevo al frente de los profesores que han merecido esta nominación singular. Porque solo pueden nominar las familias (en Infantil y Primaria) y los alumnos. Punto.

«Las familias ponen en nuestras manos lo más valioso, sus hijos»

Cuando se juntan para el reportaje, sin conocerse, en realidad ya se conocen. Porque Ana Díez sigue el blog sobre educación emocional de Rut Alconada. «En tu Facebook o Twitter te creas un entorno personal de aprendizaje que te consume tiempo. A Rut la conocía a través de un blog que tiene del que me habían hablado, así que al final tu tiempo de ocio, cuando vas a ver un poco el Facebook, también tiene que ver con tu trabajo», cuenta Ana, que ejerce de anfitriona en su clase de Primaria. Asientos bajitos, profesores encogidos sobre una mesa con nombres pegados. «Mi marido dice que el premio es para él», corrobora Rut después, por teléfono, porque tenía que impartir formación a compañeros de 15:00 a 17:00 horas: «Tengo mellizos y les he robado mucho parque. Entre el blog, las formaciones, el trabajo diario del aula, formarte tú...».

En Primaria, la pesadilla de los currículos se hace más patente. Con niños que aún necesitan otra formación. «Es un trabajo complicado el nuestro, porque las familias ponen en nuestras manos lo más valioso que tienen, que son sus hijos. Y tenemos una responsabilidad grandísima y debemos saber responder a ella», explica Ana. «Sus hijos pasan muchas horas con nosotros y no solo es instruir, es que cualquier cosa que yo haga está influyendo en ellos, mi forma de actuar, de dirigirme, de colocar las cosas... Se fijan en todo y eso les va quedando».

Eso es lo que lleva a Rut a erigirse en adalid incombustible de la educación emocional. «Nos quedamos en los libros y nos perdemos en los niños. Con el cambio de la ley hay tantos contenidos que dar que muchas veces los niños no están preparados para tanto. Luego te pasas toda la Primaria dando lo mismo y acaban aburridos de verlo. Genera hastío», ataca. «Hoy está San Google, a lo mejor no es necesario tanto contenido que a lo mejor no van a utilizar, los van a almacenar y el día que los necesiten echarán mano de Google. Pero tienen que aprender a comunicarse, a pedir ayuda, a expresar sus dudas, a saber dónde buscar... A vivir».

En su caso, la motivación la tienen a mano. Ana saca un cuaderno de los alumnos del curso pasado, lleno de dibujos coloridos y 'gracias', 'la mejor profe', 'te quiero mucho'. «Se molestan en traerte flores del patio, hojas, hormigas si hace falta», se ríe. Y eso compensa las otras cosas. Sobre todo el dichoso papeleo que todo lo inunda. «Si a pesar de todo esto estamos bien, es porque el profesorado es profesional y se implica a pesar de leyes que no le gusten, de burocracia... Tú sigues tirando de tu clase, tengas lo que tengas. Yo tengo ahora 25, estaría mejor con la mitad, pero es lo que tengo y debo tirar con ello adelante», dice Ana. Y Rut recuerda, de nuevo desde su perspectiva de buscar el lado emocional de la enseñanza, que «en educación hay que pulir muchas cosas, no todo son libros, pueden llegar al contenido a través de ti».

Ahí radica el valor de la candidatura, claro. «Estoy aquí gracias a mis alumnos y esto es lo más grande que ha pasado», dice Ibán. «Conozco a muchas familias, es un colegio pequeñito y los padres participan bastante, y todos se sienten un poco partícipes de esta nominación», explica Matilde.

Porque todos suman sexenios ya en sus trayectorias, y saben lo que es un centro rural, o uno pequeño, o uno complicado, o uno con el claustro dividido, o lo que es cambiar de leyes educativas a cada paso, con lo que eso significa en términos de burocracia desaprensiva y desagradecida que se añade al día a día.

«Los niños son distintos y no puedes meterlos en el mismo saco»

A Matilde Bustamante se le viene una pregunta a la cabeza cuando empieza a ver el papeleo rondar alrededor. «En Infantil casi no nos toca, pero nos salpica porque si el centro entero está atacado y el equipo directivo haciendo documentos, nosotros también estamos rellenando casillas... ¿Y yo cuándo bailo?». Porque Infantil es eso. Es atender a niños de 3 a 5 años, «que algunos llegan con dos añitos aún», y con sus padres en la puerta más nerviosos que ellos. «Muchos padres llegan temerosos porque sus niños tienen en algunos casos dos años. Y lo que tú transmitas a las familias es determinante. Ese empujoncito que mis compañeros dicen que es necesario nosotros lo obtenemos de las familias casi a diario, porque son niños muy pequeños, tienes contacto continuo con las familias, hablas... Y llega un niño y te da un abrazo. Y te sirve. Esa criatura ya te tiene», dice.

Infantil tiene su propia complejidad, como todo. «Ahora estoy en un punto en el que por fin toda esa formación de años la tengo muy encajada en mi quehacer diario», reflexiona Matilde, que al mismo tiempo explica que cada día tiene que programar la jornada del día siguiente. Porque los niños son flexibles, y hay que flexibilizarse con ellos. «Los alumnos son todos distintos y no vale llegar y meterlos a todos en el mismo saco. Yo programo de un día para otro porque a veces sucede algo y quiero tirar de ello porque en ese momento es el estímulo que encuentro. Y me adapto a ello y me aparto de lo previsto. O dejas actividades porque notas que los niños ese día 'no están'. Tienes la programación y tus objetivos, pero cada día preparas de nuevo». A esta profesora le entran, dice, «los siete males», cuando comprueba que en Primaria se imponen los currículos, los contenidos, en niños que aún necesitan otras cosas. Como esas asambleas que tanto agradecen con cinco años y que, de pronto, desaparecen cuando ni siquiera han cumplido seis. «En Primaria ya te ves obligado a ceñirte a la asignatura. A mí me dan los siete males cuando llegan a Primaria y ya están en las mesas, con sus exámenes, y no hacen asambleas».

Los seis candidatos vallisoletanos tendrán competencia para ser designados los mejores en sus categorías. La organización se pone en contacto con todos ellos a fin de que envíen la documentación necesaria para poder ser sometidos a un baremo. Se tendrá en cuenta el número de proponentes, los comentarios que reciben, si tienen blog o web propia, su presencia en redes sociales e iniciativas educativas o de formación, su aprendizaje continuo... La plataforma Educa, «formada por profesores de diferentes etapas educativas que promueve la mejora de la educación -según se definen- publicará los diez finalistas con lo más destacado de su currículum pero sin sus puntuaciones obtenidas, desvelándose esta información el día 10 de enero».

«Estoy cansado de oír: 'Lo que aguantarás'. ¡Y lo que disfruto!»

Da la sensación de que la imagen que se hace uno de lo que significa una clase de Secundaria o Bachillerato es lo más parecido a las hordas de Atila. Y Rodrigo Martín se rebela contra eso con todas sus fuerzas. «Estoy un poco cansado de escuchar: 'Eres profesor, buf, lo que aguantarás'. ¡Y lo que disfrutas!», dice. Y a su lado, Ibán de la Horra, que está con los de Bachillerato, le da la razón. «El año pasado coincidí con unos alumnos a los que les proponías hacer cosas y nunca te decían que no y pudimos hacer una gran cantidad de actividades, aprender muchísimo», añade.

Les alegra comprobar que también hay noticias buenas en el ámbito educativo. Que no todo es espacio para una alarma que juzgan excesiva. «Para mí tiene cierto valor esta nominación para poder poner el foco en los alumnos. Las noticias relacionadas con la educación siempre son los casos malos. Parece que esto es una especie de trinchera. Y es verdad que los casos malos existen, pero el sesgo de la información muchas veces es muy negativo. Yo llevo once años y me he encontrado gente en un 99% extraordinaria», asevera Rodrigo, que se pone 'solemne', como dice: «Tengo esperanza en la Humanidad porque conozco a mis alumnos».

Se nota desde el primer minuto de conversación que la nominación les ha tocado. Porque viene de sus alumnos. «Siempre decimos que hay que motivar a los alumnos, pero ¿quién motiva al que tiene que motivar? Estas cosas son las que sirven un poco de respaldo», admite Ibán. Son esos pequeños triunfos que, otras veces, llegan de modo insospechado. Como cuando Rodrigo se encuentra con alumnos a los que dio clase hace más de diez años. «Y que se han casado, han acabado la carrera... ¡Y que me dan cien vueltas en todo!».

El imaginario colectivo puede guardar una imagen distorsionada de la labor docente. Esas vacaciones de verano que a los padres se les antojan interminables. Esos puentes. Lo que no se ve, sin embargo, es la realidad que se esconde cuando se cierran las puertas del cole o del instituto. «A mis amigos de Fasa o Michelin les digo: '¿A que tú no te llevas la rueda a casa? ¿A que todos los coches que haces son iguales?'. Pues yo me llevo las ruedas a casa y todos los coches son diferentes. A cada uno hay que tocarle de una manera», dice muy gráficamente Ibán. Él se dedica a formar a otros docentes y, al mismo tiempo, trata de reciclarse continuamente, de adaptarse a una realidad cambiante. «Te debes a los alumnos y si quieres que tengan los conocimientos, que sean buenas personas, tú tienes la responsabilidad de ser el mejor profesor posible, hasta donde puedas».

«Mi propia responsabilidad me exige formarme para ser mejor profesor», asiente Rodrigo. «Y no necesito que nadie me lo recuerde. Y no te digo nada cuando trabajaba en Cervera o Barco de Ávila... Con los alumnos eran 24 horas continuas».

Burocracia excesiva

Autocríticos y exigentes, se les pide que pongan un pero a este sistema educativo del que Castilla y León, líder en Pisa, presume. Y todos coinciden. La burocracia mata. «Desde que estoy en esto, cada vez hay más regulaciones, las cosas cambian, cada vez se empiezan a dirigir las cosas desde los despachos y es como el general que dirige la guerra desde el despacho y no desde la trinchera», señala Rodrigo.

Ibán lo explica con un ejemplo que hace sacar la calculadora para comprender la magnitud del desastre. «Si tú tienes que evaluar 25 estándares de las 7 competencias básicas de los 25 alumnos... ¿Tú vas a evaluar o a dar clase? Hay que ser coherente. Está muy bien que se trabajen los estándares, pero es imposible estar a principio del aula poniendo equis en 200 casillas».

La clave del éxito, concluyen, está quizá en eso que no se ve. «No fichamos. Nuestro horario de entrada es cuando llegamos al centro y el de salida, cuando nos vamos a la cama. Por eso a lo mejor salen los datos que salen».

El premio son un diploma y una estatuilla, además de mil euros para el ganador de cada categoría. La plataforma Educa ha recibido cerca de dos mil nominaciones, de las que 147 son de Educación Infantil; 683, de Primaria; 513, de Secundaria y Bachillerato; 150, de Formación Profesional, en las que Valladolid no tiene representación, y 356, en la Universidad, con cuatro docentes de Ciencias de la Salud nominados en la UVA, Alfredo Corell, Alicia Armentia, Diego Sánchez y Rocío Aller.

Tienen en común una vocación enfermiza. Lo demuestran las dos semanas de producción que ha costado poder reunirlos a todos para, finalmente, concertar la cita a las dos de la tarde en el CEIP León Felipe, de Valladolid. Rut sale corriendo porque tiene formación de 15:00 a 17:00; Ibán imparte un curso en Zamora a las 17:30; Rodrigo vuelve luego al instituto porque tiene reuniones con padres; el hijo de Ana espera en el vestíbulo y Matilde tiene que preparar material para mañana. Otro día en la oficina.

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