'Vicentón', un vallisoletano al cuidado de Franco

Natural de Bolaños de Campos, Vicente Gil acompañó al Caudillo como médico hasta que un enfrentamiento con el marqués de Villaverde lo apartó en el momento más crítico

Vicente Gil con el Caudillo. /
Vicente Gil con el Caudillo.
ENRIQUE BERZAL

«Comienzo a escribir estas reflexiones en el momento más amargo de mi vida, cuando he sido separado de la asistencia médica al Caudillo. Después de treinta y siete años de servicio, sin un solo error profesional». Aunque habían pasado cinco años desde aquel abrupto episodio, con Franco a punto de entrar en la recta final de su vida, Vicente Gil García aún redactaba con la herida abierta, en carne viva. Médico personal del Jefe del Estado desde 1937, este vallisoletano de Bolaños de Campos había vivido en primera persona el declive imparable de su admirado Caudillo. Escribió sus memorias en plena enfermedad, herido aún en su orgullo por el estrepitoso final de su labor, un año antes de fallecer y como ejercicio de lealtad. El último de su vida. La editorial Planeta las publicó en 1981 con el título 'Cuarenta años junto a Franco'. La imagen que desprenden no es solo la de un hombre terco y tenaz en su autenticidad falangista, sincero hasta la temeridad, sino también la de un influyente asesor del Caudillo en momentos críticos. «Soy un hombre duro por haber nacido y crecido en dos tierras de gran reciedumbre: Bolaños de Campos en pleno corazón de Castilla y Asturias, la brava, la leal, la noble», confesaba. Hijo de Fernando Gil, médico burgalés «de gran espíritu militar», la amistad de Franco con su familia comenzó cuando éste estudiaba en la Academia Militar de Toledo.

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Vicente cursó Medicina en la Universidad de Valladolid y obtuvo por oposición una plaza en el Instituto Anatómico Forense, de la Beneficencia Municipal. Antes de eso, su familia se trasladó a la localidad asturiana de Posada de Llaneras. «De estudiante fui violento e impulsivo, y muy politizado». En efecto, afín a las doctrinas de José Antonio Primo de Rivera, siempre lució con orgullo su condición de «falangista de la vieja guardia». Combatió en la guerra civil dentro del bando sublevado y resultó herido en el Alto de los Leones. En 1937, reclamado por su amigo Franco, comenzó a servirle apegado a la sección de legionarios de su pequeña escolta. Enseguida sería nombrado su médico de cabecera.

Se trasladó al Palacio de El Pardo y se convirtió en una especie de sombra que acompañaba al Cadillo allá donde iba. «He conceptuado mi dedicación absoluta a la asistencia del Caudillo como un servicio a la Patria», confesaba.

Su dedicación diaria a la salud de Franco abarcaba desde la sesión de masaje y fisioterapia hasta la atención facultativa. Vigilaba su dieta alimenticia, le obligaba a pasear y a hacer deporte, le aconsejó pintar después de las comidas para evitar que reposara y engordara, y su presencia fue determinante en el primer accidente grave: el 24 de diciembre de 1961, Franco resultó herido en la mano izquierda mientras disparaba a unos pichones en la reserva de caza de El Pardo. Por decisión de Vicente Gil fue intervenido con éxito en el Hospital General del Aire. Los rumores de un posible atentado no se hicieron esperar.

Pero el papel del vallisoletano rebasaba con mucho la mera atención médica. Su lealtad a los principios fundacionales de Falange le llevaba a arremeter duramente contra los políticos que acompañaban al Jefe del Estado en los años 60 y 70, a los que no pocas veces conceptuaba como vividores y aprovechados. Las anécdotas en este sentido son antológicas. «Está usted rodeado de sinvergüenzas», le espetó un día de 1973 al Caudillo, a lo que este respondió como solía: «Cuidado que eres bruto, Vicente, cuidado que eres bruto».

Y tanto que lo era. Bruto y noble, se ganó con creces el apodo de 'Vicentón'. En diciembre de 1970, por ejemplo, se encaró con el ministro de Información, Alfredo Sánchez Bella, a quien llamó inepto y, agarrándole por las solapas, le recriminó: «Es posible que puedas ser tan falangista como yo, si tú lo dices, que lo dudo. ¿Pero sabes, en realidad, lo que eres? Eres un gallo 'capao'». Al día siguiente, Franco le recriminó que insultara continuamente a sus ministros. Porque Vicente, ya lo hemos dicho, era mucho más que el simple médico de cabecera del dictador; aparte de su amigo hacían quinielas juntos y Franco firmaba como «Francisco Cofrán»- se consideraba el guardián de las esencias franquistas, el único capaz de decirle al Caudillo las cuatro verdades que nadie se atrevía; de ahí los encontronazos constantes con personalidades relevantes del ejecutivo.

Ya lo decía él mismo: «No hubiera podido ser político. Porque para ser político hay que tragar muchos sapos y sonreír al adversario que nos desea lo peor (). Prefiero ese talante del castellano viejo que llama al pan pan y al vino vino». No hubiera podido ser político, en efecto, pero opinaba constantemente de política; y, según se desprende de sus memorias, esa opinión influía en la voluntad del Caudillo.

La crisis

Como cuando tras el atentado contra Luis Carrero Blanco, el 20 de diciembre de 1973, Franco se vio obligado a nombrar un nuevo presidente del Gobierno. Planteó a Vicente la posibilidad de escoger al almirante Pedro Nieto Antúnez, ministro de Marina hasta octubre de 1969, y el vallisoletano estalló: «¡La hecatombe para España! ¡Usted no puede nombrar a Nieto Antúnez (). Usted está totalmente engañado. Como persona leal le digo que esto no lo consentiré nunca, que este hombre es un negociante». Además de ser un anciano de 75 años y estar prácticamente sordo, Nieto Antúnez (o familiares directos suyos) estaba involucrado en un escándalo inmobiliario en la Costa del Sol, denominado caso Sofico. También vetó para el cargo a Torcuato Fernández Miranda y a García Rebull. Finalmente se constituyó una terna oficial formada por Carlos Arias Navarro, José Solís Ruiz y José García Hernández, y Franco, convenientemente presionado por su esposa y por Vicentón, se decantó por Arias, que entonces era ministro de la Gobernación. Al vallisoletano le tocó de lleno el inicio de la crisis de salud que acabaría con la vida del Jefe del Estado. Comenzó en julio de 1974, cuando se le detectó una flebotrombosis incipiente en la pierna derecha. Gil recomendó como internista a Ricardo Franco Manera y el día 9 acordó el ingreso hospitalario. Pero no en La Paz, donde Cristóbal Martínez-Bordiú, marqués de Villaverde y yerno del Caudillo, con quien mantenía unas relaciones más que tensas, era jefe del servicio de cirugía torácica, sino en la Ciudad Sanitaria Provincial Francisco Franco (actual Hospital Gregorio Marañón). Cuando el Caudillo le objetó que su hospitalización podría ser una «bomba política», Vicente le contestó: «Mi general, la bomba sería que Ud. la espichara».

Poco después de su ingreso en la habitación 609 se produjo el primer encontronazo con el marqués de Villaverde, dispuesto a que las cámaras de los periodistas certificasen la buena salud del enfermo. «Si pasa un periodista por esa puerta, disparáis contra él», ordenó Vicente al general Gavilán, encargado de los Servicios de Seguridad.

Lo peor ocurrió a partir del 20 de julio, cuando, en contra de la voluntad de Martínez-Bordiú, Vicente convino con Arias Navarro plantear a Franco que cediera los poderes al Príncipe Juan Carlos, asunto que urgía pues España tenía que firmar un tratado de declaración de principios con Estados Unidos. El vallisoletano apartó Cristóbal de un empellón y entró con Arias en la habitación. Franco accedió a firmar. A la salida, el marqués le espetó: «¡Vaya flaco servicio que has hecho a mi suegro! ¡Vaya buen servicio que has hecho a ese niñaco de Juanito!».

La tensión entre ambos fue en aumento. Como al día siguiente Cristóbal le recriminase su poca pericia en el masaje al Caudillo, Vicente se encaró con él en pleno pasillo. «A ti te voy a dar una lección porque al hijo político del Caudillo nadie le ha contestado como me has contestado tú», le amenazó el marqués. La respuesta no se hizo esperar: «De un codazo lo lancé contra la pared y en el trance me arrancó todos los botones del pijama. La lástima fue que fallara con la derecha. Pero al ir hacia él como un rayo, echó a correr para meterse dentro del grupo del general Iniesta (). Si eres hombre, le dije, baja conmigo al jardín. Aguardé un momento alerta para ver si quedaba un momento descubierto para machacarle». Otras fuentes aseguran que Gil, boxeador aficionado que había presidido las Federaciones española (1953-1968) y europea (1964-1971) de Boxeo, le propinó un par de guantazos.

«Yernos solo hay uno»

Aunque Vicente había ganado un nuevo combate, la victoria final caería del lado del marqués, quien no tardó en convencer a su suegra para apartarle definitivamente de la familia: «Médicos hay muchos, Vicente, y yernos solamente uno». El 29 de julio de 1974, nada más dar el alta a Franco, Cristóbal nombró un nuevo equipo médico; y al día siguiente Carmencita, hija del dictador, ordenó al vallisoletano marchar a casa para evitar más roces con su marido. «Me he ido con una enorme pena, con dolor en lo más profundo de mi corazón. Sé que éste es mi fin como médico del Caudillo (). No puedo creer que me hayan separado del ser que tanto quiero. Me necesita. El Caudillo no puede tener a nadie que no sea a mí. Son muchos años; es una vida entera», escribe desesperado. Cristóbal, cada día más poderoso, designó como nuevo médico de la familia a Vicente Pozuelo Escudero, jefe del departamento de Endocrinología de la Seguridad Social.

A partir de ese momento Vicentón se pasa las horas muertas en su casa, pegado al teléfono, en nerviosa espera de una llamada que lo reconcilie con el clan de El Pardo. Pero nunca llegó. Hasta que un día, a finales de 1974, sonó el teléfono. Era Carmen Polo, la mujer del Caudillo: «Vicente, sale Ágreda para entregarte un regalo que queremos hacerte Paco y yo y que tienes que aceptar». Era una televisión en color. «Mirad, hijos, una vida consagrada a un hombre; una vida de lealtad y de sacrificio se resume en un televisor», acertó a decir, derrotado en el sofá de su casa junto a su mujer, la conocida actriz María Jesús Valdés, y sus hijos.

Visitó en dos ocasiones al Caudillo, agonizante en La Paz, poco antes del desenlace definitivo. Estaba muy grave: «Permanecí unos instantes a la cabecera de la cama y lo que recuerdo es que pedía agua, con una voz apenas perceptible, mientras otra enfermera le pasaba un hisopo por los labios. La cabeza y el cuerpo del Caudillo se habían reducido de un modo inverosímil». Cuando finalmente, el 20 de noviembre de 1975, Franco falleció, Vicente se abotonó la camisa azul de viejo falangista y acudió al Palacio Real: «No me separé ni un momento de su proximidad». El vallisoletano le sobrevivió apenas cinco años, hasta el 18 de febrero de 1980.

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