Así son las mujeres de la Guardia Civil en Segovia

Las guardias civiles Gema Aguilar, Rosa Martín, Celia Sánchez y Elena Antón, en el patio de la Comandancia de Segovia./ Antonio de Torre
Las guardias civiles Gema Aguilar, Rosa Martín, Celia Sánchez y Elena Antón, en el patio de la Comandancia de Segovia. / Antonio de Torre

En la Comandancia la presencia femenina supone alrededor de un 9% de la plantilla, formada por un total de 560 agentes

CLAUDIA CARRASCALSegovia

Más que un trabajo, es una forma de vida. Su presencia hoy en la calle, uniformadas de verde, forma parte de la cotidianidad, pero hace ahora tres décadas, su incorporación al Cuerpo tuvo su impacto entre una sociedad acostumbrada al bigote bajo el tricornio. Son las mujeres de la Guardia Civil, que cumplen 30 años desde su llegada al instituto armado. De los más de 560 agentes que prestan servicio en la Comandancia de Segovia, 50 son mujeres, que ejercen en diferentes unidades y con diversos rangos, desde guardias y cabos hasta sargentos. Este cargo lo ostenta Gema Aguilar, sargento en Turégano.

Licenciada en Filología Inglesa, Gema decidió entrar al cuerpo con 28 años y lo hizo por tradición familiar y por la pasión que le había transmitido su abuelo paterno hacia esta profesión. En su promoción, de los 4.000 nuevos guardias que entraron cerca de 400 eran mujeres. No obstante, la cifra fue notablemente inferior cuando unos años después ascendió a la categoría de suboficial y en el curso de formación tan solo había 10 mujeres y 240 hombres.

«Es el momento de romper las estadísticas y que las mujeres aspiren a puestos más altos»

«Es el momento de romper las estadísticas y que las mujeres aspiren a puestos más altos» Gema Aguilar Sargento comandante en Turégano

«Es cierto que hay muchas menos mujeres, sobre todo en altos cargos. Sin embargo, las oportunidades son las mismas», aclara. Además, cree que esta diferencia en los porcentajes puede deberse a que se trata de una profesión históricamente desempeñada por hombres y en la que la incorporación de la mujer es todavía relativamente reciente.

En su opinión, se trata de una cuestión de educación y considera que no será posible ganar esta batalla hasta que deje de verse como algo extraordinario el ascenso de una mujer o que sean ellas las que dirijan operativos por ostentar un rango mayor.

«La conciliación en esta profesión no es fácil», señala Gema. Su marido es también guardia civil y tienen dos hijos. Ella ha logrado el rango de sargento. «Es un proceso largo y duro, pero querer es poder, también para una mujer». Algo que se empeña en transmitir a sus hijos, quienes ven completamente normal que su madre tenga mayor cargo que su padre. Del mismo modo que no les parece extraño que su padre haya sido el encargado de cuidarlos durante los largos periodos de formación de su madre. Apostilla que es necesario acabar con los estereotipos y tener claro que «lo importante es la valía de una persona y no su sexo». Cree que hoy en día las mujeres están más estancadas profesionalmente debido a las responsabilidades familiares que, a su juicio, no son un impedimento para «romper las estadísticas». Por eso, anima a sus compañeras a perseguir sus sueños profesionales y aspirar a puestos más altos.

«Durante la lactancia tenía que salir a un bar a sacarme la leche»

«Durante la lactancia tenía que salir a un bar a sacarme la leche» Rosa Martín, Guardia civil en Armamento

Rosa Martín, guardia civil en Armamento, una de las mujeres más veteranas del cuerpo en Segovia. Ingresó en la tercera promoción, en 1990, un año en el que solo accedieron dos mujeres. La vocación fue lo que le impulsó a acercarse a esta profesión, aunque tampoco es un oficio extraño en su familia. Su primer destino fue el puesto de Sepúlveda, también ha pasado por Ávila y ya lleva más de diez años en Armamento en el puesto de Segovia.

La agente reconoce que en su dilatada experiencia nunca ha sufrido ningún tipo de discriminación, más bien al contrario. «Cuando ingresé, hace 28 años, mis compañeros me cuidaron y me trataron muy bien», afirma. Tampoco durante las patrullas tuvo problemas: «A la gente le hacía gracia ver a una mujer, resultaba extraño y les chocaba, pero en Sepúlveda nunca me despreciaron por ello».Sin embargo, reconoce que su peor época fue cuando tuvo a su primera hija. «No estaban acostumbrados y, por eso, hace 30 años no existía ningún tipo de consideración hacia la mujer». Hasta el punto de que durante la lactancia tenía que salir a un bar para sacarse la leche con el sacaleches, porque los «rígidos turnos, inflexibles incluso por este tipo de causas, le impedían dar de mamar a su hija». Una experiencia que entonces veían como «normal» y por la que no reclamaban, más bien al contrario. «Agradecíamos que nos dejasen salir media hora antes», relata.

Rosa considera que los cambios eran muy necesarios y que ahora «la situación no tiene nada que ver con la que existía hace treinta años». No obstante, defiende ante todo la honestidad y la honradez y cree que no beneficia para nada que haya mujeres «que vean cosas donde no las hay» y traten de «abusar o de conseguir ventaja por su condición de mujer».

«Mis primeras operaciones por los Monegros fueron con falda y tacones»

«Mis primeras operaciones por los Monegros fueron con falda y tacones» Elena Antón, Agente en la oficina del puesto de Segovia

Aunque comenzó a estudiar oposiciones vinculadas a la Justicia en 1994, Elena Antón dio giró a su carrera profesional y decidió presentarse a las oposiciones para Guardia Civil. Destinada primero en Huesca y posteriormente en Carbonero el Mayor, fue trasladada en 2009 al puesto de Segovia, donde ha realizado labores burocráticas y ha formado parte del equipo de Policía Judicial y del de Patrimonio. Reconoce que no ha aspirado a más ascensos porque desde el principio decidió dar prioridad a su vida personal frente a la laboral y entonces «la conciliación no existía». Si quería tener hijos, en puestos como el que ella desempeñaba en Carbonero el Mayor tenía que asumir que estaría ausente del núcleo familiar y que tendría que contratar a una persona que se hiciese cargo de los pequeños. «El sacrificio era nuestro y para que nuestros hijos no notasen nuestra ausencia llegábamos a hacer barbaridades, como salir de trabajar a las seis de la mañana, ducharnos y, sin dormir, seguir con la rutina de responsabilidades familiares durante el resto del día», comenta.

Los primeros años la situación para las mujeres no estaba regulada y no se tenían en cuenta las condiciones personales o familiares ni en los horarios ni en los destinos, pero tampoco en la indumentaria. «No sabían qué hacer con nosotras y mis primeras operaciones por los Monegros fueron con falda y tacones», unas condiciones impensables en la actualidad. Los pabellones no estaban preparados para acoger mujeres. No podían compartir estancia con los hombres y tampoco había habitaciones libres para que pudieran alojarse, por lo que tanto Elena como muchas de sus compañeras tuvieron que pagar un alquiler fuera de la academia durante meses. Esta etapa ya es agua pasada. Además, hoy en día las mujeres agentes realizan todo tipo de trabajos, igual que los hombres, desde la conducción de presos hasta entradas en domicilios, y cada vez es más frecuente ver patrullas formadas por dos mujeres, en lugar de mixtas o de dos hombres.

«Hay ciudadanos que se sienten ofendidos cuando una mujer les dice lo que tienen que hacer»

«Hay ciudadanos que se sienten ofendidos cuando una mujer les dice lo que tienen que hacer» Celia Sánchez, Cabo encargada de despacho en Segovia

La tradición familiar marcó el futuro de Celia Sánchez, quien decidió sacarse la carrera de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte antes de adentrarse en el mundo de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, como antes habían hecho su bisabuelo, tíos y primos. A los 23 años, en 2009, aprobó la oposición y desde entonces sus logros profesionales no han cesado. Su primer destino fue Toledo, luego paso a Rascafría, en la provincia de Madrid, y más tarde a Sangarcía, en Segovia, ya con el cargo de cabo. Desde septiembre de 2017 está destinada en Segovia como encargada de despacho y hace tan solo unos días aprobó la oposición para el ascenso a sargento, cargo para el que se formará en los próximos meses. Los inicios de Celia han sido muy diferentes a los de sus compañeras y, en su caso, nunca se ha sentido discriminada, ni ha presenciado distinciones. «En el Cuerpo siempre ha habido mucho respeto, todos somos iguales», sentencia. Sin embargo, lamenta que la situación en la calle no sea igual y que en muchos momentos tengan que enfrentarse a la indiferencia o a comentarios despectivos e insultos por el mero hecho de ser mujeres.

«Determinados colectivos, como la población musulmana y en algunos casos los rumanos, se sienten ofendidos porque una mujer les diga lo que tienen que hacer, va contra sus principios y no lo entienden», explica. Frases como «tú cállate y deja que hablen tus jefes», incluso estando ella al mando del operativo, las ha escuchado con frecuencia durante las patrullas de seguridad ciudadana.

Momentos incómodos a los que todavía hoy se tienen que enfrentar porque forman parte de su trabajo, pero que no hacen menos necesaria la presencia de la mujer en la Guardia Civil. Según la cabo, las mujeres son «imprescindibles» tanto por temas operativos de patrullas y registros, en los que es necesario que el cacheo lo realice una persona del mismo sexo, como para el contacto con mujeres y menores.

«Es una realidad, las mujeres y los niños tienden a abrirse más y a sentirse más cómodos cuando es una mujer la que trata con ellos en situaciones conflictivas o delicadas», sostiene. Algo que, a su juicio, puede deberse a la mayor sensibilidad y capacidad de escucha y empatía de las féminas.

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